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¿Cómo se busca oro en el río Genil?

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Los suizos Fernando García, Antonio Maveiro y Thomas Kunze han pasado dos semanas buscando oro en el río Genil (Granada). / Alfredo Aguilar

  • El bateo de oro en los ríos españoles ha pasado de loca aventura a 'hobby' para oficinistas estresados. No se saca para vivir

  • La única mina abierta en España extrae 1.900 kilos al año. En los ríos se siguen encontrando pepitas. Dos semanas metidos en el Genil han reportado a tres suizos 4,5 gramos, apenas 160 euros en el mercado

En la mañana de mayo, tres hombres trabajan en silencio en el cauce del río Genil, en Granada. Con las piernas enfundadas en botas de goma, sacan paladas de material de la ribera, lo meten en cubos y descartan las piedras más grandes; vuelcan la grava en la batea –una especie de bandeja profunda–, y la sacuden de arriba abajo, la agitan de lado a lado, la hacen vibrar, sin dejar de observar, casi hipnotizados, su fondo: ahí deben quedar las partículas más pesadas. Buscan oro, como mucho antes que ellos hicieron aquí mismo los romanos y los árabes, fascinados por este metal amarillo, brillante e inalterable. Y, en esencia, con la misma técnica que usaron los ‘forty-niners’ en California a mediados del siglo XIX y que siguen empleando los buscadores artesanales en todo el mundo: ‘garimpeiros’ en Brasil, ‘barranquilleros’ en el cono sur y ‘orpailleurs’ del África negra.

Protegidos por la vegetación, apenas se les ve desde el camino a Pinos Genil, conocido como la ‘ruta del colesterol’, por ser uno de los lugares favoritos de los granadinos para hacer ejercicio y mantener los michelines a raya. Pero en cuanto alguien les pregunta, están encantados de contar su historia: han venido desde Suiza a buscar el oro de Sierra Nevada. Y muestran, ufanos, su tesoro. Dos pequeños viales llenos a partes iguales de agua y de minúsculos trocitos de oro: en uno, pepitas, más redondeadas, y en otro, escamas, de forma plana. El resultado de dos semanas, 9 horas al día, doblando el espinazo: 4,5 gramos, que en el mercado tendrían un valor de 160 euros. Calderilla, sí, pero dorada.

¿Por qué trabajan en vacaciones? «La fiebre del oro», admiten. Fernando García, hijo de un emigrante español, Antonio Maveiro, de padres portugueses, y Thomas Kunze se conocieron en un foro de internet y son bateadores aficionados. El oro de Granada se unirá al resto de su colección, fruto de sus viajes por media Europa.

«En la oficina me paso ocho horas sentado delante del ordenador. Estar aquí en el río, trabajar con las manos, es relajante», confiesa Fernando, un informático de 35 años que sueña con hallar algún día una pepita gigante. «Pasa una vez cada cien años», aventura.

Thomas, ingeniero de 37, se queja de que el pantano de Canales, aguas arriba, impide que la fuerza de la corriente remueva las piedras grandes del fondo y aflore el metal precioso. «Hay que saber dónde buscar. El oro se queda en los recodos del cauce, en los puntos más profundos, donde hay pequeñas cataratas –aclara Antonio–. Esto es una ciencia. No basta con cavar; necesitas la teoría».

¿Cómo buscar oro en el Genil?

Por eso en su furgoneta llevan, junto a las botas, palas, picos, cubos, tamices y bateas, un ejemplar del libro del profesor de la Universidad de Barcelona Manuel Viladevall, un ‘tocho’ de 158 páginas que lo cuenta todo sobre los depósitos de oro en las gravas, arenas y lechos de los cauces fluviales. En Granada, Genil y Darro –cuyo nombre latino era Dauro, de ‘dat aurum’ (da oro)– son ríos auríferos, como otros muchos de la Península: el Tajo, el Duero, el Guadiana, el Guadalquivir, el Jalón o el Ebro. Las corrientes de agua rompen las montañas, les saca su oro en trozos más o menos grandes y arrastran estos a lo largo del cauce, a veces hasta el mar. El metal puede encontrarse en forma de pepitas gigantes –el récord lo tiene una de 235 kilos y 1,42 metros de altura encontrada en Australia en 1872– o reducido a polvo.

Viladevall recuerda que, aunque hoy en día el bateo en España es una actividad puramente lúdica, en el mundo un tercio de la producción de oro procede de la prospección fluvial, sobre todo en Sudáfrica, Rusia, Estados Unidos y Canadá. En Europa esta actividad empezó a declinar en el siglo XVI, cuando el metal trabajosamente arrancado a los ríos dejó de ser competitivo ante la masiva llegada del oro de América.

Ni para un cubata

El profesor, que organiza cursos de verano para enseñar la técnica en el Segre, afluente del Ebro, dice que sus alumnos se quejan de que, con lo que encuentran, un par de minúsculos trocitos dorados, «no les llega ni para un cubata». Duda de que en España alguien pueda vivir de ello. «Es verdad que la gente no cuenta lo que ha encontrado, y menos aún dónde. Como con las setas –ironiza–. Pero en Bolivia familias enteras trabajan todo el día por esa cantidad».

En nuestro país sacar oro del río de forma artesanal es legal y libre: a los tres suizos del Genil los miraron como a pirados en las cuatro administraciones a las que fueron a pedir permiso. Eso sí, no se pueden usar máquinas y se deben respetar los tramos de río protegidos como zonas de cría. Y hay que devolver a su sitio las piedras extraídas para no favorecer la erosión.

A orillas del Segre está el Centro de Interpretación del Oro de Balaguer (Lérida), que ofrece un recorrido por la historia aurífera del río y la posibilidad de practicar el bateo en una especie de lavaderos. «Por 3 euros facilitamos una bolsa con 100 gramos de arena que contiene partículas de oro. A la gente le encanta llevarse su tesoro a casa», explica Mireia Subirada, responsable del centro.

A 800 kilómetros se encuentra el Museo del Oro de Asturias, en Navelgas, pueblo que acoge cada año el Campeonato Nacional de Bateo. No es casualidad: esta es una de las zonas más ricas del país. No queda lejos la comarca leonesa de Las Médulas, a la que los romanos exprimieron siglo y medio para llevarse 5 toneladas. En el llamado ‘cinturón de oro’ del Río Narcea se ha concentrado en los últimos años el grueso de la minería de oro industrial. Varias empresas han hecho prospecciones, pero a día de hoy solo hay una mina en funcionamiento: la de El Valle-Boinás, cerrada en 2006 y explotada ahora por Orovalle, filial de la canadiense Orvana.

Según datos del Instituto Geológico y Minero, la extracción minera de oro en España alcanzó su máximo en 1991 (7.500 kilos), fue declinando y estuvo parada de 2007 a 2010. La mina asturiana, que da empleo directo a 500 trabajadores, reanudó en 2011 su actividad: el año pasado extrajo 1.880 kilos de oro, 5.800 de plata y 13.500 de cobre, con una facturación de 63 millones de euros. El oro, que durante décadas cotizó a 300 dólares la onza (28,70 gramos), está ahora en unos 1.200.

Para hacerse una idea de la enorme inversión en tiempo y dinero que hay detrás de estas cifras, el geólogo granadino Fernando de la Fuente trabajaba en la minera sudafricana que hizo las primeras prospecciones en Boinás allá por los años ochenta. «Solo la fase de investigación puede durar 10 años y costar millones de euros», recuerda. Algunos proyectos se han caído porque los sondeos –que consisten en extraer cilindros de mineral para analizar su contenido– auguraban una baja rentabilidad. En otros, como en Corcoesto (La Coruña) y Salave (Asturias) los vecinos se opusieron frontalmente, alegando daños medioambientales y paisajísticos –en el proceso de extracción se emplea cianuro–, y los gobiernos autonómicos terminaron denegando los permisos.

La crisis también se ha llevado minas por delante. Le ocurrió a Basti Resources, la empresa norteamericana para la que De la Fuente realizó prospecciones en la comarca del río Nacimiento, en Almería, hace unos años. Y es justo en esta provincia, asegura el geólogo, donde se encuentra «uno de los yacimientos de oro más importantes de Europa: unos 5 millones de onzas (150 toneladas)». La mina de Rodalquilar, abandonada desde 1990, es aún muy rica porque, a diferencia de lo ocurrido en otras zonas, los romanos ni la olieron. Pero el oro se encuentra en el subsuelo del Parque Natural del Cabo de Gata. Es un tesoro intocable.