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Miguel, preso de su enfermedad

GRANADA

Miguel, preso de su enfermedad

Incendió el coche de su vecino, su familia pidió al juez su internamiento... pero todo falló

06.11.13 - 00:23 -
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Miguel V. duerme en la prisión de Albolote desde hace dos semanas. Hace ese tiempo que quemó el vehículo de un vecino de su urbanización de la calle Compositor Ruiz Aznar, números 8, 10 y 12, y agredió al portero de la finca, tal y como confesó ante el juez. Y para rematar la faena, lanzó un cóctel molotov contra otro vecino suyo veinticuatro horas después. Este hombre es arquitecto de profesión y está diagnosticado de un trastorno paranoide desde hace seis años. Mientras ha tomado su medicación y ha atendido las visitas del psiquiatra no ha padecido ningún problema, ha llevado una vida normal con trabajo incluido.

Pero algo comenzó a fallar este verano. Sus hermanos lo veían venir y solicitaron en el Juzgado de Instrucción número 16 de Granada su internamiento. Acompañaron esta solicitud del informe de su psiquiatra, de las denuncias presentadas por los vecinos y de los antecedentes de Miguel, un hombre de 42 años. Las autoridades judiciales se personaron en su piso del bloque 12 de la calle Compositor Ruiz Aznar en tres ocasiones, pero Miguel nunca abría la puerta. Y así los días fueron pasando hasta que ocurrió lo peor. «Si la juez de instrucción 16 hubiera hecho su trabajo no hubiera ocurrido nada de esto. Cuando un enfermo mental con trastorno grave se descompensa porque deja de tomar su medicación hay que atenderlo de forma rápida, es como una hemorragia, cuanto antes se corte más posibilidades hay de evitar grandes problemas», explica su hermana Loreto del Valle.

No era la primera vez que Miguel montaba un pitote grande. En el año 2005, antes de ser diagnosticado de su trastorno paranoide, se metió en una sucursal de CajaGranada y comenzó a agredir a los clientes y trabajadores. De allí salió esposado. El juez lo mandó ante un psiquiatra forense que le diagnosticó su problema y no pisó la cárcel.

Este caso de Miguel ha desenterrado un problema demasiado invisible existente en esta sociedad: ¿Qué pasa con esos enfermos mentales con trastornos graves, que cuando se descompensan al desapegarse de sus tratamientos, infringen la ley pudiendo cometer algún tipo de delito? ¿Por qué en la sociedad no hay un recurso adecuado para evitar que acaben en una prisión cuando su problema deriva en un hecho delictivo, pero realmente es otro? Miguel está preso en Albolote, pero también lo es de su enfermedad.

El porcentaje de enfermos mentales con trastornos graves que delinquen es insignificante, menos del 0,5% del total de estos pacientes, en comparación con la tasa delictiva del resto de la sociedad que multiplica por veinte ese porcentaje. En segundo lugar, ni mucho menos esas personas que padecen un trastorno mental grave se ven abocadas a delinquir siempre, más bien casi nunca: dentro de esa minoría hay un pequeño reducto que resuelve sus fobias cometiendo delitos, que por lo general suelen ser muy molestos para el vecindario pero no suelen ser excesivamente graves. Sí hay un dato importante para tener en cuenta: «El 90% de los delitos cometidos por este colectivo se producen cuando estos enfermos se encuentran descompensados», es decir, cuando dejan de medicarse o de seguir el tratamiento para sobrellevar su patología. La afirmación está extraída de un documento del 13 de marzo de 2013 publicado en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría por el grupo de 'ética y legislación' en un comentario sobre la reforma del Código Penal.

«Es difícil objetivar en qué medida el delito es la consecuencia de la ineficacia de control del sistema asistencial del enfermo mental, es arriesgado opinar sobre la cuestión de una forma excesivamente simplificada, pues son muchos y variados los factores que pueden influir y temerario intentar generalizar al respecto. Pero, no obstante, sí creo que se puede afirmar que la mayoría de los enfermos mentales incluso los más graves son personas en las que la dependencia, discapacidad y minusvalía pesan mucho más que la peligrosidad», apunta Alfredo Máiquez, médico de la prisión de Albolote y coordinador del programa de salud mental. «No conviene dejar progresar sin actuar la desprotección, el aislamiento y la exclusión social sobre los pacientes conocidos más deteriorados o sin recursos. No conviene esperar a que los enfermos descompensados cometan un delito para actuar. Y si lo cometieron no conviene desaprovechar la oportunidad que supone su ingreso en prisión para mejorarle dentro y preparar su vuelta fuera. Independientemente de plantear si las cárceles son o no el sitio donde el enfermo mental grave que comete delitos tendría que estar, la realidad marca que esto hoy por hoy es así y, en tanto no seamos capaces de construir otras realidades mejores bien haríamos en ponernos todos juntos a trabajar, instituciones y profesionales de dentro y de fuera para tratar y rehabilitar al enfermo dentro lo mejor posible y, simultánea y coordinadamente, trabajar fuera analizando individualizadamente factores y causas y preparando la reintegración social en las mejores condiciones posibles». En la cárcel de Albolote hay en estos momentos cincuenta internos con un trastorno mental grave.

Las familias padecen estos problemas en silencio. «Faltan recursos, faltan plazas residenciales, equipos multidisciplinares, ayuda a domicilio para atender los casos más extremos. Son enfermos con trastornos graves y los que han cometido algún delito, que son una minoría no deben estar en la cárcel porque ese no es su sitio para una persona con estos problemas. Allí se les aparca, para sufrimiento del enfermo y de la familia, pero su sitio está en un recurso sociosanitario», explica Elena Ladrón de Guevara, trabajadora social de la asociación de familiares de enfermos mentales de Granada, Agrafem. Miguel sigue preso de su enfermedad en la cárcel de Albolote y quizá no sea el mejor sitio para recuperarle el pulso a la vida.

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