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De playa en playa: La Guardia-La Caleta, donde aún existen las chozas

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De playa en playa: La Guardia-La Caleta, donde aún existen las chozas

La Caleta y La Guardia son un lugar sorprendente de Salobreña, aún sin colonizar

02.08.13 - 00:36 -
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Entre el Peñón y la antigua fábrica de azúcar, Salobreña guarda uno de sus mayores encantos, las playas de La Caleta y La Guardia. Mil cien metros de oscura arena sin colonizar.

Desde un restaurante construido dentro de la gran roca hasta la antigua plaza del lavadero pasando por las archiconocidas 'chozas', cabañas hechas con cañaveras y poco más que hacen las veces de casa a pie de playa sin que el medio ambiente se resienta. Las playas más 'locales' de toda Salobreña reúnen a los vecinos de la Villa. «Aquí no hay aglomeraciones; es como si cada uno tuviera su espacio delimitado», cuenta una bañista que disfruta en un soleado día.

Los 25 metros de ancho con los que cuentan estas playas -que no tiene ninguna señalización que las separe entre ellas- les da un matiz de intimidad y familiaridad que no todas pueden ofrecer.

Pero todas estas peculiaridades y su estrechez no la eximen de contar con todos los servicios necesarios para la tranquilidad de sus usuarios; cuenta con señalización, servicio de Protección Civil y, como no podía ser de otra manera, con un puesto de alquiler de hidropedales, kayacs y cualquier tipo de recreo acuático. El aparcamiento tampoco supone un problema ya que hay solares habilitados para tal efecto y la mayoría de las chozas, además, cuenta con un espacio propio para guardar los vehículos.

Por un lado, unas fantásticas vistas de Taramay y el parque acuático de Almuñécar; en el otro costado, el Castillo Árabe vela por el bienestar de los habitantes de la Villa. Este rincón del litoral conjuga a la perfección el turismo de sol y playa con el verde de una Vega que limita por la espalda con la playa.

«Es como si el restaurante ya estuviera ahí cuando se formó el Peñón», asegura un asiduo a esta playa: «Vengo porque encuentras lo mismo que en otras pero con un toque especial». Los espetos comienzan a humear mientras los comensales se refrescan con una bebida echados en las tumbonas del chiringuito.

Dejando a la espalda el Peñón, coronado por la bandera de señalización del estado del mar, y siguiendo el camino con la arena gruesa rozando los pies, se llega a La Caleta donde otra masa rocosa, de inferiores dimensiones, descansa bajo una pequeña plaza construida a los pies de la fábrica. «Pues anda que no me he tirado yo veces de aquí con mis amigos, a escondidas de los padres claro porque les daba miedo el peligro», recuerda una joven mientras pasea por la zona.

Pero si hay algo que realmente caracteriza a las playas de La Guardia y La Caleta son las chozas. Desde hace 60 años existen estas pequeñas casas hechas con cañaveras y las que cada cual equipa a su gusto; desde las más básicas, con sillas, mesas y barbacoas, hasta algunas que incluyen cocina, servicio y un dormitorio. Una hamaca para tomar el fresco y una puerta directa hacia la playa completan estas casas naturales.

A pesar de todo ello, las chozas siempre han estado en la línea de la ilegalidad. Años atrás, algunas de ellas pertenecían al Ayuntamiento pero la concesión de los terrenos las dejaron en manos de los hoteleros. Muchas otras son de propiedad privada y pasan de generación en generación de las familias salobreñeras. A lo largo de todos estos años, la amenaza de acabar con ellas ha estado presente y, por ello, la gente que disfruta de las chozas vive con cierto temor a perderlas. «¿Por qué nos hacéis fotos?», pregunta una pareja de mujeres que sale de una de ellas. «¿No vais a publicar nada para que nos las quiten, verdad?».

El espíritu de las chozas, que en muchas ocasiones están conectadas entre sí por patios interiores, es íntegramente familiar. «Tengo muchos recuerdos de cuando era niña y veraneaba aquí. Nos juntábamos al menos cinco familias; los hombres hacían la barbacoa, las madres preparaban la comida y, mientras, los niños jugábamos. Teníamos una barca para pescar, neveras, tumbonas y un servicio que se limpiaba con cubos de agua cogidos del mar», rememora María, una joven motrileña que pasó un verano tras otro en la choza de una familia amiga durante toda su infancia.

«Al final del verano eras amiga de todos los vecinos. El recuerdo de aquella convivencia es imborrable». Las comodidades que ofrece una choza invita a pasar el día entero en la playa: «Algunos incluso se quedaban a dormir porque había un dormitorio», cuenta María. Durante la noche la vida continúa. «No estás al relente porque tienes techo y puedes cocinar lo que quieras, esto es un lujo», aseguran.

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De playa en playa: La Guardia-La Caleta, donde aún existen las chozas
Las playas de La Caleta y La Guardia, un lugar perfecto para perderse. :: JAVIER MARTÍN
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