El cambio de dirección en el Festival de Música y Danza es el momento idóneo para plantear un tema espinoso, pero demandado de forma intermitente por sectores de la ciudad: ampliar el certamen a ‘otras’ músicas, desprenderle de formalidad y darle un contenido más amplio y versátil. Que nadie se rasgue las lentejuelas, la pajarita, la corbata o el modelo de Versace. Hay sitio para todos y si al Festival se le quiere garantizar la conexión social con Granada, hay que abrirlo en materia artística. Una apertura de programa que no tiene porqué romper su tradición ni su seriedad. ¿O no encajaría en la plantilla alhambreña un Rufus Wainwright, por ejemplo? Su pop ecléctico, desinhibido y cabaretero ya pasó por aquí y dio que hablar. ¿Por que no subirlo a la colina nazarí?
Acudí el pasado sábado al Generalife para disfrutar de la apuesta moderna y arriesgada del Ballet de Birmingham. Osado, completó tres sets; dos de ellos rompedores y un tercero clásico. Como mandan los cánones. En el segundo, que olía a un ‘West side story’ entre cipreses, la formación se hizo acompañar de un grupo de jazz. En directo. Y aquello encajaba formidablemente en el entorno bucólico del auditorio. Jazz sí, pop o rock ¿no? ¿Están vetados por ser ‘populares’ o comerciales? ¿Por ser interclasistas? Escuchen a los finlandeses Apocalyptica.
¿Sorprendidos? No hablo de colocar sobre el escenario del Generalife a los Stones, Springsteen, Iggy Pop o AC/DC. Reconozco que, incluso, perdería su encanto (el del Generalife). Pero hay músicos, artistas, que si me apuran superan los géneros, los estilos y los clichés, que encajan en ese marco y que tienen una proyección extraordinaria para captar un ‘nuevo’ público que, además de tomar un cerveza, un vino o un canapé en el catering de turno, sepa apreciar la calidad... venga de donde venga. Otro ejemplo: Roger Hodgson, el ‘ex’ de Supertramp, que ahora gira en solitario acompañado exclusivamente de un saxofonista, como ya pudimos comprobar con deleite hace unos cuatro años en Atarfe.
No sean ustedes integristas. Liberen al Festival de sus cadenas, forjadas –con trabajo y profesionalidad, eso sí–, el siglo pasado. Apuesten por restar rigidez y, permítanme, sectarismo. Y al que le ofenda o sufra algún tipo de virus si escucha sobre el entarimado del Generalife sonidos heterodoxos que a su oído vulgarizan el mayor acontecimiento cultural anual de Granada, piense que la cultura es un espectro amplio, nada restrictivo –por pura definición– y que debe estar al alcance de todos y acorde al gusto de todos. Más si cabe cuando también lo pagamos entre todos.