
El director suizo Charles Dutoit y la Royal Philarmonic Orchestra ensamblaron anoche en el Carlos V la aquiescencia perfecta. :: ALFREDO AGUILAR
Existe otro campeonato en el que las naciones lo que muestran y demuestran es su calidad estética, su inspiración melódica, su juego con la vanguardia y la tradición. En él no hay perdedores ni eliminados. Es el campeonato que anoche tuvo su estadio en el Carlos V, su seleccionador fue un Festival con tradición y tino para escoger con acierto, y la ganadora una orquesta que en su segunda noche demostró ser de la auténtica merecedora de nuestro más encendido aplauso.
Francia, España e Italia estuvieron representadas por sus más esforzados creadores del primer tercio del siglo XX. Una orquesta inglesa y un director suizo ensamblaron la aquiescencia perfecta para una noche de campeonato europeo. Primero el francés Ravel, con su ‘Ma mère l’Oye’, donde el conjunto brilló de nuevo, meciéndose en los pasajes largos y suaves, que en nada quedaron manchados por los ruidos de cohetes que celebraban el otro campeonato, más allá de la Alhambra. Luego un juego sobre otro juego, el infantil como pretexto del compositor y el de contrapunto que nos ofreció la orquesta, con esa sobriedad que es paradigma de los conjuntos británicos. Bellísimos tonos con la cuerda en sordina, toques orientales sin folclorismo fácil y sonoridades cavernosas trufadas con gritos de las cuerdas que parecían gozar de júbilo ante tanta fiesta por doquier.
España estuvo representada por el siempre necesario Manuel de Falla y su ‘Sombrero de tres picos’. Especialidad de Dutoit que ha hecho del gaditano su pundonor más allá de nuestros estadios hispanos, una nueva y fresca forma de ver a don Manuel, despojado de cierta grasa y miedo a la gracia, con que se le interpreta aquende nuestra fronteras. Castañuelas de mano y no de raqueta, marcialidad con las trompas, juegos de danzas y empaste sonoro de la mejor estirpe, sin olvidar la gama de matices que por un momento se emborronó con un xilófono muy extrovertido y algún que otro fleco suelto en las entradas. Nada de particular. Un Falla equilibrado en ritmo y potencia, en brío español y técnica europea.
Y vuelta a Ravel para evocar la Viena de Sisí. El director sumamente expresivo, aunque sin caer en el histrionismo, danzarín, pero sin rozar el ridículo, categórico con su batuta mas sin resquicios de despotismo, locuaz con el braceado, pero sin orillar el aspaviento. En esta pieza abrió el dondiego de la noche, no solo para perfumarnos con ese vals desvaído, sino para demostrar con orgullo la categoría de Ravel como genial orquestador.
Final con Italia. La eterna, y esa noche en labios de todos. Las fuentes de Roma y los Pinos de Roma se evocaron con lindeza y enigma gracias a la música de Respighi. Clarinetes descriptivos, campanas a lo lejos, murmullos en las cuerdas perfectamente acordadas, ruido de la urbe, y con final un desfile de legiones romanas, engrandecido por la ubicación del metal en el piso alto de un palacio, como el de Carlos V, tan idóneo para el caso: tan ‘a la romana’.
Noche de gran campeonato, con juego entre piezas casi coetáneas, casi hermanas de la misma edad. Todas ansiosas de comerse el siglo XX, sin renunciar a la tradición tonal. Noche grande, en la que, gracias una orquesta campeona y un seleccionador como nuestro Festival, todos ganamos el importante campeonato de ese juego al que llamamos la buena música.