Solo quiso ser la mejor enfermera del mundo

Sor Josefina Castro Vizoso, fundadora de la primera Escuela de Enfermeras de Granada

VICTORIA FERNÁNDEZGRANADA
Sor Josefina, en el jardín de la residencia de las Hermanas de la Caridad en Regina Mundi. :: RAMÓN L. PÉREZ/
Sor Josefina, en el jardín de la residencia de las Hermanas de la Caridad en Regina Mundi. :: RAMÓN L. PÉREZ

Ha vivido lo suficiente, 85 años, para saber que la disciplina sin cariño ella prefiere la palabra amor se convierte en tiranía y que ambos conceptos juntos tienen la fuerza suficiente para sacar lo mejor de todo ser humano, tanto personal como profesionalmente. Lo dicen muchas de las cientos de enfermeras que formó durante décadas y que hoy no dudan en afirmar: «Nos hizo mujeres pero, sobre todo, grandes enfermeras y trabajadoras».

Sor Josefina Castro Vizoso (Córdoba, 1927) fundó en 1953 la primera Escuela de Enfermeras de Granada, adscrita al Hospital Clínico y a la Universidad de Granada, y la dirigió durante dos décadas con mano férrea y una profesionalidad que hizo mella. Las de la vieja escuela, las llaman. La última promoción (1969-1972) que estudió con ella, se ha reunido para recordar aquel gran día, de hace 40 años, en que les impusieron las insignias y el gorro con la cinta azul que, después de tres duros años de estudio y trabajo, testimoniaban que habían logrado su sueño: ser enfermeras.

Un sueño compartido por la que fue su preceptora que nunca puso límites a su voracidad de conocimientos, pese a ser mujer y monja en unos tiempos poco propicios para la emancipación física e intelectual femenina. A los 16 años, nada más acabar el bachillerato, quería ser médico pero en la España de los años 40 no estaba bien visto que una mujer estudiara y ejerciera la Medicina y sus padres la disuadieron. Un padre militar y una madre mucho más que ama de casa respecto a la educación de sus hijos, que alentaron a los cuatro hermanos a estudiar y aprender, aprender y seguir estudiando, y que la llevaron a matricularse en la Facultad de Ciencias Exactas de Madrid. Pero las matemáticas salvo las de administración cotidiana no eran su vocación, así que se hizo maestra, luego asistente social en la primera escuela que se creó en nuestro país y, por último, enfermera, con lo que cumplía su sueño de ayudar a sobrellevar el dolor y el sufrimiento de los demás.

Pionera donde las haya

Sor, como la llamaban y llaman sus alumnas, traza con sencillas pinceladas la que ha sido parte de su vida desde la residencia de las Hijas de la Caridad en Regina Mundi, y lo hace con tal sencillez que no advierte que quienes la escuchan piensan que tienen ante sí una mujer excepcional.

En 1950 se marchó a EE UU durante un año para aprender, junto a otras dos hermanas, cómo se dirigían los hospitales norteamericanos, cómo se formaban los profesionales de enfermería y hasta cocina dietética para enfermos (su primer libro) y aplicar en nuestro país las técnicas y enseñanzas que adquirió. Tenía 23 años. Sabía perfectamente lo que quería y empleó toda su vida en aprender, trabajar, perfeccionarse, revolucionar métodos y prácticas en beneficio de los enfermos y, lo más importante, transmitir su aprendizaje a quienes estuvieran dispuestos a dejarse enseñar.

Sabe inglés, alemán y francés; ha escrito dos obras sobre técnicas de enfermería, un estudio histórico sobre la profesión y tradujo por primera vez al español la obra más universal de Florence Nightingale (1820-1910) Notas sobre enfermería, con cuyo modelo y teorías se identificó, practicó en EE UU e implantó en la Escuela de Granada. De hecho, a sus alumnas se las llamaba las chicas Nightingale, todo un orgullo para ellas, como lo era también saber que el uniforme que llevaban lo diseñó Sor Josefina basándose en el que tenían las enfermeras de los hospitales de Nueva York que ella conoció.

¿No era esta mujer, esta religiosa, peligrosamente avanzada para su época? «Para los demás no sé», dice. «Yo solo quería ser la mejor enfermera del mundo. Mi única aspiración era ser yo misma, crecer y aprender con responsabilidad e ilusión. Ser enfermera sabiendo porqué y para qué».

Nacían los ATS

Sor Josefina era tan exigente consigo misma como con las normas de la Escuela y las alumnas que formó. Nada que ver con lo que había sido la profesión hasta los años 50 en que practicantes, enfermeras y matronas eran mundos distintos y cuyos títulos se podían obtener, en muchos casos, presentando un certificado de haber hecho prácticas en un hospital y pasando un examen ante un benévolo tribunal.

No. Las recién nacidas escuelas de ATS (Ayudante Técnicos Sanitarios «un desgraciado nombre que no tenía equivalente con el de enfermera en cualquier país del mundo» que unificaban estas tres ramas sanitarias en 1953, tenían que ser centros de conocimientos y profesionalidad. Se ponía fin a una larga tradición de enfermería religiosa y se daba paso a su secularización y plena formación.

Y aquí estaba Sor para llevarlo a la práctica. No importaba el número sino la calidad. De hecho, el primer año que se puso en marcha la Escuela se matricularon 18 alumnas y el curso terminó con 7. Pero no le importaba que fueran 7, 14 o 20 como, de hecho, fue el número de alumnos de los primeros años. «Ser enfermera es algo muy serio y, aunque no estaba recogido en la legislación, yo tenía que vigilar si la persona que accedía a ella servía o no para ejercer la profesión».

Y, por supuesto, que lo hacía. Tras superar el examen de ingreso, sor Josefina las sometía a un periodo de prueba de tres meses en el que las observaba de cerca para saber si tenían cualidades. El 1 de febrero, día de San Cecilio, les comunicaba quienes seguían y quienes no. «No me importaba el número, sino los cimientos de aquella magnífica Escuela y la formación de sus profesionales».

Una formación que no solo incluía la teoría sino, también, la práctica sanitaria y humana como, por ejemplo, hacer dos o tres rondas por la noche con una pequeña linterna en el bolsillo para ver si los enfermos descansaban, se quejaban o, silenciosamente, lloraban; si se le estaba acabando el suero antes de que llamaran al timbre; engrasar las bisagras de las puertas para que el ruido no les perturbara el descanso; darles masajes por la mañana y por la noche a quienes no podían moverse de la cama para estimularles la circulación; ver que los pacientes se tomaban delante de ellas las pastillas (las alumnas corrían el peligro de suspender y hasta repetir curso si no cumplían esta norma); vigilar su alimentación, saber si un enfermo comía o no, cuánto o porqué no lo hacía y notificárselo al médico, o cambiarlos frecuentemente de postura. En definitiva, hacer todo lo que fuera para su bienestar «fuera o no de su competencia. El enfermo estaba por encima de todo y de todos». Decir también que aquellas enfermeras aprendían hasta un completo protocolo para amortajar.

Erradicar la mala fama

Y es que Sor era mucha sor. Velaba por ellas desde un punto de vista integral, tanto, que desde que llegó a Granada se impuso erradicar la fama de ligerillas que socialmente tenían las enfermeras. Y lo consiguió. Por lo pronto, no permitió que hombres y mujeres compartieran residencia en el Clínico; las alumnas que tenían novio en el hospital, ya fuera médico, estudiante o administrativo, tenían terminantemente prohibido hablar con él en el recinto. Como si no se conocieran. Y los de fuera, que tuvieran mucho cuidado. Si no que se lo pregunten a los dueños de una cafetería próxima al hospital que una Navidad sacaron un calendario con imágenes y frases pícaras e insinuantes de enfermeras que sor Josefina consideró denigrantes y vejatorias para las mujeres, sus alumnas y para la profesión. Pero allí estaba ella para conseguir que no solo el calendario desapareciera de la circulación sino, además, que el establecimiento estuviera durante un tiempo cerrado.

¿Pantalones? Estéticamente a sor Josefina no le gustan mucho como atuendo femenino pero reconoce que en enfermería es una prenda muy útil. Y sobre si se arrepiente de la severidad y disciplina que implantó en sus alumnas, no muestra ningún sentimiento de culpa.

«En absoluto. Es mi orgullo porque formé enfermeras y mujeres de gran categoría».

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