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Intercambio de parejas en Granada: fieles al sexo

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Intercambio de parejas en Granada: fieles al sexo

Cientos de jóvenes se dan cita en los locales de intercambio de parejas de Granada. En pleno Centro hay un 'pub liberal' que abre sus puertas cada noche, ¿cómo funcionan?, ¿quiénes son sus clientes?

22.04.12 - 00:01 -
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Intercambio de parejas en Granada: fieles al sexo
«¿Tú y yo y él con ella?». Cuatro pronombres y ni un solo verbo para despertar la libido. Pese a la ristra de posibilidades que guarda la primera conjugación, las dos parejas mantienen un diálogo contenido, eligiendo sus palabras con mimo y delicadeza, sin excederse en las confianzas. «Se trata de encontrar gente con la que puedas congeniar sin parecer desquiciados sexuales», explican. La tenebrosa luz del local no dista mucho de cualquier pub del Centro de Granada. De hecho, un vistazo alrededor de la barra es suficiente para encontrar charlas, risas, brindis y vasos a medio camino de ser otra ronda. Pero las intenciones, aquí, son más explícitas. Más físicas.
El término correcto es ‘Pub Liberal’. A saber: un local de intercambio de parejas. O sea: entras y sales con la misma persona pero, dentro, se combinan pronombres y preposiciones bajo un ambiente de libertad sexual absoluto. Una idea que ha existido siempre pero que, ahora, sale de los bajos fondos para incrustarse como una opción de ocio de cientos de jóvenes –y no tan jóvenes– cada fin de semana en la provincia de Granada. La considerable afluencia a estos locales ha provocado la apertura de un pub liberal en pleno Centro de la ciudad, en el corazón de la marcha y la vida nocturna, rodeado de bares, shawarmas y botellones fraudulentos. En el cruce de dos de las principales arterias de la urbe, su pequeña puerta, camuflada al ingenuo, recibe miradas curiosas que, probablemente, no sospechan de lo que se esconde dentro.
¿Pasamos?
Es, a todas luces, un pub normal. Tras unas pequeñas escaleras, la pareja llega a una zona abierta, con mesas, taburetes y pequeños e íntimos rincones repartidos por la estancia, alumbrados por un puñado de lámparas de luces amarillas. Se acercan a la barra y acomodan sus codos, conscientes de que no saben qué hay que hacer. De fondo suenan ‘Sonia y Selena’. «Definitivamente, la gente no viene aquí por la música», opinan. Al momento, la camarera hace una señal a Carlos, el dueño del pub, para indicarle la presencia de una nueva pareja en la sala. Él, muy cortés, se acerca y les da la bienvenida.
Tras las presentaciones oportunas, Carlos les explica las normas del local: «Aquí se viene a disfrutar y a pasar un buen rato. Si no lo tienen claro, es mejor que se queden fuera y lo mediten con tranquilidad. En cualquier caso, ahora mismo estamos en el área común, que, como podrán observar, es un pub normal. A partir de las esculturas –señala dos figuras de piedra que emulan a Adán y Eva– entramos en el auténtico ‘espectáculo’ –subraya con una sonrisilla cómplice–».
Carlos reparte datos en su discurso. Al parecer, de lunes a jueves hay poca asistencia al pub. Los fines de semana, sin embargo, no cabe un alfiler. «La media de edad está entre los 30 y los 35 años y aquí puede entrar todo el que quiera que sea mayor de edad, pagando su entrada». La entrada es de 20 euros por pareja, con dos consumiciones, una para cada uno. «Pagando tienen derecho a utilizar todos los servicios del pub. Todos». Además, de viernes a domingo sólo pueden entrar parejas chico-chica o chicas solas o en grupo. «No es cuestión de machismo –aclara Carlos–, es cuestión de que es más difícil fiarse de un grupo de hombres que salen de fiesta. Suelen llevar una actitud más agresiva, que no es lo que queremos aquí».
Como si se tratara de un ritual solemne, Carlos se acerca al pasillo que da entrada a la zona exclusiva del pub. A la izquierda, una sala oscura, con espacio para bailar, se comunica con otro pasillo a través de unas rejas que bloquean el paso. «Aquí vendrían las parejas en una primera instancia, buscando algo más de intimidad para conocerse, lejos de la zona común. Es el principio de lo que vendrá después».
Después
Dos grandes salas continúan el pasillo con un eje central evidente: unas camas enormes donde, tumbados, entran doce personas. La pareja, al imaginarse la situación, pregunta a Carlos: ¿Y qué pasa si no quiero que alguien se nos acerque estando en la cama? «Las parejas, ante todo, deben tener claro qué es lo que no quieren hacer. Más que nada por respeto, ya que después se verán fuera y la vida sigue. Y, además, es muy importante ser abierto de mente, no tener prejuicios y no creer que esto puede hacerte daño. Aquí se disfruta del cuerpo, pero lo importante, lo excitante, son las mentes. Y aquí vienen mentes fascinantes. Me niego a creer que, en el sexo, todo está inventado. ¿Quién se lo cree?»
Avanza el pasillo y la pareja alcanza una puerta cerrada: «Otra norma –se interrumpe Carlos–. Si no hay puertas, se puede pasar. Si hay puertas, que se pueda o no pasar depende de las personas que estén dentro. Esta sala, por ejemplo, tiene un pestillo dentro para que los clientes decidan qué hacer». La sala en cuestión tiene grilletes en las paredes, una pequeña celda, un banco y un columpio acolchado.
Quizás, una de las zonas más llamativas sea el jacuzzi que, por supuesto, cuenta con sus propias normas. «Aquí somos muy estrictos: hay que entrar desnudo, la ropa se deja en las taquillas de la entrada, y está prohibido tener relaciones sexuales de cualquier tipo». La zona acuática, con fuentes y cataratas artificiales, al igual que el resto del pub, está muy limpia y cuidada. Una vez más, pasado el jacuzzi, otra sala con pestillo con una enorme cama redonda y un espejo en el techo, para no perderse la jugada.
Presentaciones
Carlos deja a la pareja en la zona común y sigue atendiendo a otros clientes. Pero no sin antes asegurarse de que sus taburetes están cerca de otra pareja, también principiantes en el intercambio de parejas. «Aquí no hay vergüenzas de ningún tipo –detalla–. Y, de haberlas, para eso estamos nosotros. Yo y las camareras, que nos encargamos de pasar mensajes, notas, montar juegos en grupo... Como digo, nadie se va a aburrir».
Para Julia y Roberto también es la primera vez. «Venimos por curiosidad, nos habían hablado del sitio y nos entró el gusanillo», cuenta ella. «Mi mayor miedo era encontrarme a alguien que conociera aquí, ¿os imagináis ver a un compañero de trabajo o un vecino? ¡Me muero!», confiesa él. Mientras la conversación fluye con naturalidad, el local se llena de más y más parejas que, casi por goteo, sobrepasan la línea imaginaria dibujada por Adán y Eva.
La camarera, que sigue con atención a ambas parejas, enciende la chispa: «¡Gente, aquí se viene con la mente abierta! ¿Por qué no pasáis dentro y a ver qué surge?» Julia, un tanto ausente, mira a la pareja y pregunta al aire: «¿Tú y yo y él con ella?»... Una risa contagiosa silencia el diálogo de las parejas que termina con una profunda exhalación de rubores y caídas de ojos. «Si es que mañana trabajamos. Hoy solo veníamos a ver, otro día si eso», sugiere Roberto. «Sí, otro día. Si eso».
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