Cien años después de su muerte, el doctor Federico Olóriz Aguilera (Granada, 1855-Madrid, 1912) retorna a casa. Los restos del eminente médico serán exhumados el próximo jueves en el madrileño cementerio de La Almudena y, después de ser incinerados, regresarán a su tierra natal en una urna funeraria que estrenará el Panteón de Granadinos Ilustres del cementerio de San José, un espacio que está disponible desde 2010 pero que aún permanecía vacío. El Ayuntamiento de la capital y la Universidad de Granada –que quiere honrar al que fuera uno de sus alumnos más destacados ahora que se cumple un siglo de su fallecimiento– han colaborado estrechamente para traer al sabio de vuelta a su ciudad, donde nació –en la calle San Juan de Letrán–, se licenció y llegó a dirigir el Hospital de San Juan de Dios.
El jueves, en La Almudena, estarán dos docentes universitarios muy vinculados al genio: el profesor de Anatomía Miguel Guirao Piñeyro –coautor junto a su padre, Miguel Guirao Pérez, ya fallecido, de ‘Federico Olóriz. Biografía íntima del profesor’– y el antropólogo Miguel Botella, que, aunque no conocieron al maestro, son dos de sus ‘discípulos’ más aventajados.
Lo que enseña un cráneo
El otorrinolaringólogo Julio Olóriz, bisnieto del insigne galeno, admitía ayer la «carga emotiva» que para la familia conlleva el regreso al terruño del erudito, con cuyo nombre se bautizó la avenida más ‘medicalizada’ de la capital, la que separa o une –según el criterio de cada cual– los dos grandes hospitales que existen en la capital: el Virgen de las Nieves y el Clínico.
Julio, que no conoció a su bisabuelo, coincide con los Guirao en que el doctor Olóriz fue un niño prodigio. Su temprano ingreso en la Facultad de Medicina, entró a los 16 años, su inmensa curiosidad y sus descubrimientos avalan que era dueño de un súper talento, de un coeficiente intelectual elevadísimo.
Según recuerda Julio –y también recogía la ‘Biografía íntima’ del doctor–, su bisabuelo llevaba un diario codificado, ‘encriptado’, es decir, un relato de su propia vida en el que combinaciones de números y letras sustituían a las palabras... O sea, que sólo él podía entender lo que escribía. Conclusión: aunque estuviera a la vista de todos, seguía siendo secreto.
Federico Olóriz también se pasó buena parte de su vida midiendo cráneos –incluidos los de sus propios hijos–, una actividad que le permitía establecer, por ejemplo, si una persona tenía más o menos ‘papeletas’ para convertirse en un delincuente violento.
Pero, quizá, su creación más conocida sea el sistema de identificación dactilar. «Por mi consulta suelen pasar miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado y me suelen preguntar si soy familiar del Olóriz de las huellas dactilares», explica el bisnieto del reputado galeno granadino.
Ganar a un ‘Nobel’
Federico Olóriz mantuvo una estrecha amistad con otro genio de la medicina española, el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal. Además de en el tablero de ajedrez, ambos competían para ver quien obtenía tal o cual cátedra –el granadino logró la de Anatomía de la Universidad de Madrid–, tal o cual mérito académico, y Olóriz tenía la costumbre de ganar.
El célebre médico granadino murió a los 57 años a consecuencia de un cáncer de colón y fue enterrado en el madrileño cementerio de La Almudena.
El jueves, un siglo después de su fallecimiento, emprenderá el definitivo regreso a casa. Le aguarda el todavía no estrenado Panteón de Granadinos Ilustres, una pequeña sala del cementerio de San José en la que noventa columbarios esperan para albergar las cenizas de ‘glorias locales’. El mausoleo se construyó con piedra de Sierra Elvira, cristal y cobre.