Un psiquiatra hace de payaso en una obra teatral en la que los actores son personas con discapacidad y problemas de conducta. No es el guión de la última película de Woody Allen, sino la realidad que se vive en el centro granadino ‘Doctor Juan Segura’, llamado así en honor al médico de los pobres.
El especialista en la mente humana se subió a las tablas con los internados en esta casa familiar de acogida – donde viven 30 personas con discapacidad psíquica que no pueden hacer una vida normal por sus trastornos de personalidad– hace dos años en la obra ‘El circo por una ilusión’. Ahora, en los tiempos de escasez presupuestaria que corren, el nuevo reto de los trabajadores y los usuarios de este lugar es mover por los escenarios andaluces el estreno escenográfico que tienen entre manos, ‘El museo de los pk2’. Para ello solo piden un mínimo de apoyo técnico. Con actividades como esta –apoyada en múltiples terapias–, se logra que individuos «con conductas agresivas o que intentaban dominar en su ámbito cercano» estabilicen su comportamiento y convivan con otros compañeros con autonomía y normalidad.
Pero no todo va como la seda en este magnífico centro creado desde cero hace ya doce años por tres Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca, que aún pagan 8.000 euros mensuales de hipoteca por la gran reforma que realizaron en el año 2008 para que los usuarios disfrutaran de espacios como piscina, gimnasio, cafetería o sala de informática.
En una de sus múltiples salas un grupo ve ahora una película. Son personas con graves cuadros clínicos de autismo, de síndrome de Asperger o de trastornos obsesivos compulsivos –que no pueden trabajar con punzones, seguetas u otros objetos peligrosos–. Día a día mejoran aquí su higiene, su orden, su control... «Por el momento, no pueden estar insertados en la sociedad, pero se reeducan con la pretensión de volver a ser reinsertados socialmente o en un centro de régimen más abierto», narra el hermano José, que no pierde la sonrisa.
Él insiste en que los chicos –la mayoría llega a través de la Ley de Dependencia y tiene plaza concertadas con la Junta de Andalucía– «no pueden pasarse la vida haciendo carpetas». Por eso organizan salidas para montar a caballo, para aprender a orientarse en las calles o para usar el dinero en los comercios. Los educadores Susana Romero y José Manuel Valero – dos de los 41 trabajadores del centro– han desarrollado su personal apuesta creando la Asociación Teatral Ilusiones (grupoilusiones@hotmail.com), responsable de la mencionada obra ‘El museo de los pk2’, apta para todos los públicos.
Frente a ellos, uniformados de blanco, se halla vestido de calle José María, un joven de 33 años, de mirada penetrante y seria, con inteligencia límite y un trastorno de conducta, a quien le gustaría convertirse «en Peter Pan». Por lo pronto, se tiene que conformar con ser el protagonista masculino de la nueva pieza teatral del centro. Para ello incluso ha memorizado algunos diálogos, aunque su fuerte es bailar en el papel de ‘Vigilante’. Eso que para el común de los mortales sería sencillo, para él es todo un reto. Su ‘partenaire’ en escena es Lucía, de 21 años, con el mismo diagnóstico que José María y con la misma ilusión y nervios cuando de subirse a un escenario se trata. «Me gusta la experiencia», apostilla ella. «Mis clases favoritas son las de Ciencias Naturales», remata él.
Más del 50% de los chicos que viven aquí tienen entre 20 y 30 años. Rodeados de símbolos religiosos, de los tres hermanos de la Cruz Blanca y del afecto que les proporcionan los trabajadores y los 56 voluntarios del centro «terminan funcionando muy bien si están tratados», insiste el franciscano José. Llegar a esta meta es un orgullo. Pero quedan cosas por hacer. El lema del pasado día de la Discapacidad –el 3 de diciembre– fue ‘No a los recortes’, porque aún existen grandes carencias públicas y privadas en cuanto a la atención a psicodeficientes. Esta gran casa goza de 3.600 metros cuadrados, de los que los residentes pueden entrar y salir en función de su conducta. Pero esto ha sido posible, afortunadamente, porque personas anónimas han ayudado como podían, en carpintería, en lavandería... Pero la dignidad de estos jóvenes es una cuestión de derechos, no de caridad.