En 1884 se producen en Madrid los llamados crímenes del Canal: dos niños aparecieron degollados de la misma manera, con una herida desde la oreja a la garganta, y sus cabezas estaban casi separadas del cuerpo. El rumor se extendió, una leyenda en la que se culpaba del horrible crimen al mismísimo Alfonso XII, un monarca tuberculoso sediento de sangre joven, el único remedio, según las creencias de aquel entonces, a tan vergonzosa enfermedad. Este es un episodio más de ‘Vampirismo ibérico. Bebedores de sangre, sacamantecas y curanderos’ (Ed. Melusina), un libro de Salvador García Jiménez, en el que se analizan las creencias y casos españoles relacionados con estos seres de la oscuridad eterna. Las víctimas siempre eran los más débiles y el afán por obtener sangre demasiado urgente para atender a razones divinas o humanas. Nada podía interponerse entre su deseo y la presa, y cualquier método resultaba lícito. Algunos acabaron juzgados y ejecutados, pero de otros, nada se sabe; se salieron con la suya y, quizás, la sangre conseguida alargó sus vidas y les permitió continuar con sus tropelías con una absoluta impunidad.
La fascinación por la sangre y sus supuestas propiedades vivíficas es el móvil de estos vampiros, personajes sin escrúpulo alguno que incluyen a todas las capas de la población: desde los analfabetos hasta las clases más adineradas.
Bebederos
A finales del siglo XIX se extendió la costumbre de beber sangre de animales como fuente de vitalidad. Buena muestra de esta afición es el lienzo ‘Los bebedores de sangre’, de Joseph-Ferdinand Gueldry, en él se contempla retratado a un grupo de personas, seguramente se trata de tísicos, en el interior de un hediondo matadero. En primer término, sus encargados, como extraños camareros, ofrecen una copa de sangre fresca a una mujer que se agacha para cogerla. El tema de la pintura respondía a una teoría médica de la época, cuya tesis era que la anemia, especialmente la anemia femenina, una auténtica plaga en la clase media de la época, se podía curar bebiendo la sangre fresca de los animales.
Esta sangrienta afición se extendió a Madrid a comienzos del siglo XX, siendo el desbazadero de la plaza de Las Ventas uno de los espacios más frecuentados para degustar sangre fresca de toro como antídoto contra la tuberculosis. Salvador García destaca, en este apartado de su crónica vampírica, un reportaje periodístico publicado en 1912 sobre las visiones de la sangre en el matadero de Madrid. «Se le dedicaba un pequeño apartado a los tísicos que acudían a sus naves para beber sangre de las reses sacrificadas. Un matarife les abría a las vacas un boquete con su cuchillo frente al corazón, y unas latas cuadradas se iba recogiendo la sangre, que brotaba como de una fuente; la sangre, cálida, al caer con ímpetu en la lata, burbujeaba», relata el escritor.
Esta tradición incluso se extendió más allá de la Guerra Civil: «A los niños escuchimizados nos sacaban adelante a fuer de beber sangre de res», rememoraba el periodista Martín Prieto.
Un grado más en esta pasión por la roja líquida es el de aquellos que se lanzaban a beber la sangre de los ajusticiados. La costumbre no tuvo mucho éxito en España debido a la escasa efusión de sangre que manaba del cuello de un reo agarrotado sobre la sucia madera de un patíbulo; pero otra muy distinta suerte habría sido de usarse el hacha o la guillotina. Según los tratados de la medicinales utilizados desde la antigüedad la apilepsia se curaba al ingerir la sangre de los ajusticiados. En Suecia, en 1851, una crónica periodística describe como una multitud provista de cacerolas, tazas y jarros se lanzó sobre el patíbulo para recoger la sangre de dos decapitados.
Chupasangres
En la fauna de chupadores de sangre, más de una treintena de casos reales de vampirismo documentados. Salvador García Jiménez destaca la existencia de un murciélago humano en Cartagena, hecho datado en 1924. La víctima fue un niño llamado José García García, Pepito, que vivía en una cueva en el barrio de Santa Lucía, con heridas en su pierna derecha y diversos cortes y mordiscos. Un señorito le había chupado la sangre. Más suerte tuvo este niño que Pedro Boluda, de tres años, que en 1899 cayó en manos, en la ciudad de Murcia, de una bestia feroz, a quien los ciudadanos no dudaron en llamar ‘El tío del Saín’. El cuerpo de Pedro Boluda, desangrado, con la garganta abierta de un tajo, apareció en una de las márgenes del río Segura.
Aunque el caso más atroz y ‘clásico’ de los mantequeros fue el que ocurrió en Gádor, en la provincia de Almería, en 1910. Un suceso verdaderamente truculento en el que una pareja de curanderos proponen a un enfermo, El Moruno, beberse la sangre caliente de un niño y cubrirse el pecho con sus mantecas calientes. La víctima fue Bernardo González Parra, de siete años. No falta de nada: secuestro con saco, piedras enormes sobre la cabeza del pequeño, herida del esternón al pubis, vaciado de entrañas, bebedores de sangre, abandono del cadáver, traiciones y pena de muerte.
La localidad jienense de Jódar fue en 1933 el escenario de otros de estos crímenes protagonizado por un tísico sediento de sangre, quien encargó la muerte de un niño para poder beber su sangre y así sanar su enfermedad. El asesino, que era apodado ‘El Idiota’, Antonio Expósito, se encargó de asesinar e introducir en dos botellas la sangre de la víctima para que fuera consumida por los enfermos, que eran los padres de quienes encargaron el remedio criminal a un precio de cincuenta céntimos.
Las historias sobre los famosos mantequeros llegaron incluso a La Alpujarra descrita por el antropólogo Gerald Brenan en ‘Al Sur de Granada’. «La práctica de la transfusión de sangre ha llegado a la creencia de otro tipo de mantequeros, que es una persona como las demás. Se trata de un hombre inmensamente viejo, inmensamente rico, un vicioso marqués que roba a los bebés para que le inyecten su sangre y así rejuvenecer y poder cometer nuevas villanías», escribió el británico.
La creencia en este tipo de personajes llevó a los lugareños de Yegen a confundir al gran novelista Dick Strachey con un ‘mantequero’. Tras ser llevado ante el alcalde de Yátor, los raptores fueron detenidos y el escritor liberado. Las paradojas vampíricas.