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Un negocio en metálico

REPORTaje

Un negocio en metálico

Los chatarreros, que tienen un oficio donde siempre se paga al contado, apenas imaginan que la ganancia del día se fija en la Bolsa de Londres

18.03.10 - 13:46 -
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«¡Ahí viene un carro!». En el callejón que discurre paralelo entre la Gran Vía y la calle Santa Paula se eleva la tensión tres grados y medio. El ruido del carrillo metálico –que se aproxima a la bocana donde mora la chatarrería más antigua y ya única de Granada, rebota contra el fondo del callejón con un eco metálico. Esperan su aparición Pepe Mármol, el dueño del negocio, y tres chatarreros. Solo ellos descifran ese peculiar chirriar que anuncia que pronto verán a un colega que empuja a pulso el carro. No saben si viene o deja de venir cargado. Si aluminio perfil o peroles;si cobre o vigas. El oficio de la chatarra es como un día de pesca: nadie sabe si picarán los peces, si se ganará para comer. El chatarrero depende de muchos dependes. Y hoy en día, cada vez más.
La City londinense, a la misma hora del mismo día, bulle de actividad. El centro financiero y bursátil se dispone a poner precio a lo que los chatarreros, repartidos por cualquier recoveco de Granada, lleven en su lento chirriar hasta la que existe en Granada y llaman ‘la chatarrería de Pepe Mármol’. Lo que marque de buena mañana el London Metal Exchange es uno de los ‘dependes’ que más influye en estas gentes. Si el chatarrero que está a punto de entrar por la escueta calle Portal de Santa Paula ha encontrado cobre y el London Metal Exchange ha fijado un precio alto, 4,5 euros, ‘El Miguel’, que así se llama, se irá con la bolsa llena para calmar la panza. Si lo ha bajado a 3,5 euros el kilo de hilo de cobre, ganará pero menos, lo que en cantidades que caben en un carrito supone una jornada ruinosa.
«Cierras una operación de cobre a las once de la mañana y cambia el precio por la tarde». Arantxa Cenarro Montoro representa la tercera generación de ‘Hierros Cenarro’, en la A-92. Esta ‘Dama del Hierro’ de abuelo vizcaíno «que se trajo al Sur la cultura del metal» es licenciada en la Universidad de Granada y adora su trabajo: «Yo nací chatarrera».
La empresa es un siguiente escalón en el gremio. El solar es inmenso. Tiene grúas gigantescas con imanes y quince trabajadores. Se nutren del punto limpio del Florío gracias a un acuerdo con el Ayuntamiento de Granada, de los desguaces y restos de fabricación de las industrias «y también tenemos las puertas abiertas para que venga cualquiera con sus chatarras». Es donde más se va notando el cambio. «Primero porque antes estábamos por Armilla y los carrillos llegaban con facilidad. Ahora, en la A-92, no vienen, por la dificultad.
Tienen que dejar la chatarra en un punto intermedio». Ese ‘punto intermedio’ es la chatarrería de Pepe Mármol. «Todos los días llevo un camión a la chatarrería que es como el ‘Hipercor’ de grande». Se refiere a Goros, como le llaman a ‘Hermanos Fernández’, en Peligros. Pepe paga en su negocio diez céntimos por kilo de chatarra y en ‘Hierros Cenarro’ pagan a doce. Ahí va el margen de unos y otros en estos tres primeros estadios del ciclo de la chatarra que empieza en la Portería de Santa Paula de Granada.
La competencia
El carrillo pasa de largo. ‘El Miguel’ lo sigue empujando y ni mira bocana adentro. Está vacío. Anda en esa edad madura fronteriza con la juventud y es vecino del centro de la ciudad. Zarrapastroso «ya me dirás qué te pones para ir a buscar chatarra»–, acompasa el carro de forma parsimoniosa. «¿Ves?» –dice uno de los chatarreros–, «no ha pillado nada». La crisis está dando con fuerza, chapa y metal a estos buscavidas metálicos, imanes con cierta pátina melancólica. Tres son los frentes que tienen abiertos. «Por un lado, con la crisis, los propios talleres llevan sus restos a las plantas de la periferia, que les pagan más. Luego, los constructores, que antes te llamaban para que fueras a limpiar y llevarte todo lo que encontrabas, mandan ahora a los peones para sacar aunque sea cincuenta euros al día, de lo mal que están las cosas».
Hasta aquí, parece que hablan del adversario como con respeto. En crisis, ellos lo saben, cada uno se busca la vida como puede. Pero hay ciertas reglas. Por eso hablan mal de los rumanos. «Yo no soy racista, dice un chatarrero de origen suramericano, pero los rumanos no juegan limpio». Ysaca entonces la libreta de los agravios:«Arrasan con todo, te amenazan e incluso te pegan si es necesario. Guardan todo en descampados protegidos por la familia y así no hay quien pueda. No pagan impuestos ni tienen papeles. No nos parece mal que trabajen, faltaría. Pero queremos que lo hagan en igualdad de condiciones para todos».
Es la ‘guerra del cobre’. Es el metal más codiciado. Su precio ronda los 4,5 euros el kilo, una cifra que explica el aumento de robos para conseguirlo, no solo en Granada, sino en todo el país. La Policía efectúa controles periódicos para detectar el material robado aunque los profesionales del sector también toman sus medidas. «Para cualquier venta tienen que presentar el DNI. La Policía también suele pedir un listado con todas las compras». Por ejemplo, explica Arantxa Cenarro, si tú mismo vienes aquí a venderme una sola sartén como chatarra, te hago un papel con tu DNI para saber siempre la procedencia de todo». Además, no aceptan materiales quemados. El cobre lleva un número de serie para identificar la procedencia. Quienes lo roban lo funden para robar el rastro. «Ytambién porque el cobre ‘pelao’ se paga mejor que el que está todavía sin pelar». Por eso, «no lo admitimos», termina Arantxa Cenarro.
Pago al contado
Pepe Mármol, otra vez tras la Gran Vía, continúa:«‘El Miguel’ ha estado hace una hora y hemos despachado». Es el origen de todo. Independientemente de la cantidad de chatarra y de la calidad del metal que traiga cualquiera, el pago se hace al contado. Desde siempre. El carrillo llega y se descarga en la báscula, centenaria y cuarteada. Madera que pesa el hierro que también pesa.
Ocurre así, en la trasera de la Gran Vía, entre dos hoteles de cinco estrellas y las dos delegaciones del Gobierno, el andaluz y el español, y desde hace al menos un buen siglo. «Mi padre, José Mármol, entró a trabajar con 8 años y ayer cumplió 74. Ya te digo la de tiempo que lleva el negocio aquí». No solo ocurre en esta chatarrería. Sucede de nuevo cuando Pepe Mármol llega a la planta chatarrera con el camión. Le vuelven a pesar y le vuelven a pagar.
Y volverá a pasar cuando el porte final llegue a la fundición:se pesará y se pagará, en una cadena continua que empieza sobre las ocho de la mañana con el reparto de carritos en la Portería de Santa Paula, prosigue en las plantas chatarreras del Área Metropolitana y termina en las fundiciones de Algeciras, Sevilla, Madrid o incluso las del Norte. El quinto actor del proceso, como ya sabemos, vive en Londres y marca los precios.
Ajeno a tanta industria, «‘El Miguel’ me ha despachado cuarenta kilos de chatarra». Esos cuarenta kilos de chatarra, a diez céntimos el kilo «son cuatro euros que le he pagado. Al contado». Es el resultado de un negocio en metálico.
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Pepe Mármol, segunda generación de chatarreros. /A. A.
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