Nació en la tierra del Santo Rostro, en el Jaén al que Miguel Hernández escribió: «Andaluces de Jaén/aceituneros altivos/ decidme en el alma: ¿quién/ quién levantó esos olivos?...». David Aguilar abrió los ojos años después de que se compusiera esta obra, fue allá por 1952 y, aunque su vida ha estado y está marcada por la Medicina, en la parte científica y docente, la poesía está muy presente en su día a día. Cuando las creaciones de García Lorca y Miguel Hernández no se podían comprar en Jaén ni Granada como ahora, llegaban a las manos de David a través de su entonces amiga, después novia y esposa, y otros amigos. Los años han pasado, pero no su gusto por la lectura. Su ahora mujer, Alicia, le acompaña en esa afición. Le recomienda los libros tras leerlos ella. En su nuevo puesto, se encargará de dar forma al Milenio, deberá leer más, aunque no tanta poesía. Por como es David no se apurará ya que es un apasionado del estudio. Disfruta estudiando.
Es un hombre tranquilo, maestro en las formas y en los hechos y muy familiar. Disfruta delante del miscroscopio, como pocos, y le brillan los ojos cuando habla de sus hijos, padres y mujer. Por su padre tenía pasión. Sólo hay que escucharlo hablar. Mariano, así es como se llamaba, estaba obsesionado con la educación y, por eso, trabajó para que todos sus hijos estudiaran una carrera. David fue el primero y lo matricularon en los Maristas, en el centro que creían era el mejor de Jaén, y después se vino a Granada, la que siente como su casa y ciudad. A partir de entonces no paró de estudiar, durante su mandato como rector de la UGR (2000/2007), dejó el laboratorio y las clases, pero aprendió de otro modo.
De familia numerosa -siete hermanos- y con una gran cercanía y querencia a su tierra, David Aguilar va todos los veranos a Jaén y Los Villares, el pueblecito del que eran sus abuelos y donde tuvo su primer pandilla. Allí recuerda ahora con con alguna cana y muchas horas de trabajo a la espalda aquellos años. Una de aquellas niñas que jugaba y corría por las tranquilas calles de Los Villares, Carmen Anguita, ahora es la alcaldesa. Con ella y su marido, Luis Parras, anterior rector de la Universidad de Jaén guardan buena amistad.
Los Villares no es el único pueblo jienense al que el encargado de organizar el Milenio en Granada le unen lazos familiares. Segura de la Sierra era el pueblo de su padre, municipio por el que sentía además una gran pasión. David ha heredado ese sentimiento por las cosas y las gentes. También es un apasionado de la lectura, música -toca la guitarra y tuvo un grupo-, teatro, la vida universitaria y es seguidor de la actualidad. La lectura, primero los tebeos y después llegó el primer "libro gordo", "El Conde de Montecristo", siempre ha estado presente en su vida. Esas primeras obras las leyó en el barrio de Las Protegidas donde vivió su familia antes de trasladarse al de Peñamefécit.
En alguna ocasión dijo Aguilar que si Díos no hubiera existido se lo habría inventado. Su padre era cristiano y él no ha renunciado a lo que le inculcaron desde pequeño. Hizo siempre caso a los consejos de su padre, bueno, no estudió ingeniería que era lo que don Mariano, un empleado de banca, quería. Después también le dio algún disgusto al abandonar el hospital Puerta de Hierro para trasladarse de nuevo a Granada como becario. No obstante, no se lo pensó mucho y tras dejar a sus amigos en Madrid, se volvió a la ciudad de la Alhambra y en pocos meses se casó con Alicia, su novia desde el bachiller. Los hijos llegaron pronto y muy seguidos. Eso no impidió que continuara su carrera científica y docente en la Universidad a buen ritmo. Con estancia incluida en Denver (Colorado) durante 1983 y 1984. Entonces ya trabajaba e investigaba con células madre. Eran los primeros pasos sobre estas investigaciones. Su faceta científica se ha centrado en la oncología básica y experimental -células madre tumorales-, la neuropatología tumoral, el envejecimiento renal y la multirresistencia a fármacos. Siempre con notas brillantes y siendo el número uno. En 1993 consiguió la plaza de catedrático en el departamento de Anatomía Patológica de la UGR.
Este hombre de apariencia tranquila, aunque muy extenso en sus discursos, siempre ha repartido su tiempo entre su familia y su otra gran pasión, que es la política y actividad universitaria. Desde que en 1977 viniera a Granada llamado por su maestro Lucio Díaz no ha dejado de escalar puestos en el ámbito universitaria. En 2000 fue elegido rector de la UGR, un gran placer para él. Dice en ocasiones, que aunque sólo hubiera sido para ver lo contento que estaba su padre, por aquel entonces ya muy enfermo, mereció la pena. No obstante, la mereció por muchas cosas más. En su mandato se hicieron muchas cosas, pero una que siempre se destaca es la del impulso al Parque Tecnológico de la Salud.
Tras ser tentado desde muy joven para ostentar algún cargo político siempre dijo que no. En su etapa de estudiante organizó seminarios en su piso -antes estuvo cuatro años en el colegio mayor Albayzín- y constituyó una cooperativa para hacer apuntes y repartirlos en clase. Quería hacer carrera en la Universidad. Aunque ahora sí ha aceptado un cargo externo a la UGR. Lo llamó Gaspar Zarrías, consejero de la Junta, para ser el encargado de organizar y dar forma a las celebraciones del Milenio. Confiesa que está inquieto porque es una gran responsabilidad, pero ya tiene ganas de trabajar. Espera para hablar, en este caso la prudencia le puede una vez más, hasta ser nombrado. No obstante, tiene muchas ideas. Siempre con el consenso por delante.
Con mentalidad universitaria y esquemática apunta ya que es necesario organizar acontecimientos efímeros, desarrollar las obras que están en proyecto y poner en marcha infraestructuras nuevas.
Su trayectoria daría para escribir varios periódicos. Muchos premios, viajes, estudios, libros... y amigos. Es gran amigo de su amigo, por eso, ha confesado más de una vez que los fracasos que más le duelen son los que están relacionados con el afecto. Un maestro y un universitario incansable al que le gusta hablar.