La maestría a la hora de componer haikus le ha servido a Nicolás Palma (Albaicín, 1950) para componer una breve pero intensísima historia. Precisamente a la cabeza del relato, dedicado a su madre, y antes de un clarificador prólogo realizado por Francisco Gil Cravioto, incluye una de esas tradicionales composiciones japonesas: «Hielo y me quema / Fuego blanco es la vida / Fuego y me hiela». En ella, el autor compara la vida con la nieve con la intención de predisponer el ánimo a una lectura ambientada en una de las épocas más frías de nuestra historia: los tiempos de posguerra. Esta narración, junto a las ya publicadas 'La placeta', 'La tumba de nieve'.) y a otras por venir formarán parte de la colección titulada 'Cuentos del Albaicín', con la que pretende «describir el alma y el ser del barrio granadino de los años 1934 a 1957». La obra se presenta mañana en el Paraninfo de la Facultad de Derecho, a las 20.00 h.
En estos relatos, Palma rememora un tiempo en el que los niños conocían el sabor, el olor y el tacto de la tierra. Época llena de hambre y necesidades, pese a lo cual las puertas permanecían abiertas, de retretes comunes, de gatos asados, de algarrobas, boniatos y sabañones en las orejas . y de sueños, «porque entonces había sueños. y los niños en los bolsillos remendados capturaban los rayos de sol y la piel de viento».
El autor afirma que partiendo del lugar al que llegaron sus maestros (Essenin, Basho, Pozzi, Ungaratti...) reemprende la tarea de contarnos el mundo a través de la historia de su «aldea» para de esta forma -al estilo de León Trosky- describir el mundo. Por su escasas 90 páginas desfilan un amplio espectro de personajes, todos conocidos por sus apodos ('La Mamona', 'La Sansona', 'El Completo', 'La Tetas', 'Don Bonico', 'La Chiflera' .) que permiten al lector hace una aproximación a este microcosmos granadino.
Surrealista
Palma reconoce que «hoy nos puede parecer surrealista aquel tiempo, pero visto desde entonces, qué nos parecerían las clínicas de adelgazamiento, el móvil, Internet, el botox. y los cuarenta mil niños que siguen muriendo cada día de hambre en el mundo». Por su parte, Gil Craviotto califica esta obra como «todo un retrato del odio hacia la cultura de aquel régimen corrupto y nefasto. El relato es poético, denunciador y hace meditar». Asimismo, en el epílogo, Emilio Atienza escribe que «línea a línea, párrafo a párrafo, se percibe nítido su Albaicín mismo como paisaje humano» con el que pretende homenajear a sus paisanos y paisajes de su infancia y adolescencia.
Las ilustraciones en blanco y negro de Felipe Romero ponen cara a los personajes principales de este «retrato disparatado de una pequeña comunidad en los fríos años de la posguerra, surrealista y muy dolorosa, que se agrava por transcurrir la acción precisamente en vísperas de la Navidad cristiana». Pese a la crudeza de los hechos relatados también se incluyen momentos que provocarán sonrisas, como en la enumeración de «seres vivientes del mar» por parte del maestro de triste figura, o en el episodio en el que chiflaba 'La Chiflera'.