La 'rebelión de los pepinos' que esta semana ha dejado más de 25 millones de kilos de producto tirados en la playa o junto a los invernaderos surge del profundo sentimiento de impotencia de los agricultores de la Costa granadina, hartos de vender por debajo de los costes de producción una hortaliza que luego multiplica su precio en las estanterías de los supermercados.
Ya no aguantan más. Prefieren tirar los pepinos que son su pan a que les sigan «engañando». «No van a traficar más con nuestro sudor», advierten los agricultores, que cultivan, junto a Almería, el 70% del pepino holandés que se consume en toda Europa.
Si a los productores cada vez les pagan menos ¿cómo es posible que los pepinos cada vez estén más caros en el supermercado? «El abuso de la gran distribución cada vez más concentrada en menos empresas está imponiendo a los agricultores precios por debajo de sus costes de producción mientras que a los consumidores les obligan a pagar precios excesivos por el mismo producto», explica Miguel Monferrer, secretario provincial de COAG.
A la especulación de los intermediarios, la clave principal de la diferencia de precios, se le suma el aumento de los costes de producción que han hecho caer en picado la rentabilidad de las explotaciones. Por ejemplo, en el último año los fertilizantes han subido hasta un 181%. Los agricultores tienen que asumir además nuevos costes derivados de las certificaciones de calidad, la seguridad en el trabajo o la protección medioambiental.
Producir una hectárea de pepinos -la superficie media de una explotación- durante una campaña cuesta un total de 37.825 euros, según los cálculos actualizados de COAG. Cada hectárea genera unos 100.000 kilos de pepinos, por lo que a un agricultor le sale a 0,40 euros su kilo de pepino. Y sin embargo estas últimas semanas las empresas de comercialización a las que los agricultores de la Costa tienen que vender su producción les han pagado solo ocho céntimos por kilo de pepino, lo que encendió la mecha de las protestas.
Quién se lleva el beneficio
El segundo eslabón de la cadena tras el agricultor es el transporte y el manipulado, que le suma otros 0,40 céntimos al coste final del kilo de pepino. Pero el que realmente le da el subidón al precio final es el tercer escalón: los intermediarios.
Las plataformas de distribución que sirven a los supermercados están muy concentradas, lo que les da el poder de presionar a sus clientes -los almacenes comercializadores- para que reduzcan constante mente los precios en origen, lo que pagan al agricultor, de manera que se amplíen sus márgenes de beneficio.
Y así un pepino que se ha pagado a 8 céntimos a un agricultor acaba en el supermercado a 1,50 céntimos. El diferencial de la mata al híper es de 1.800%. O sea, que un consumidor paga por un kilo de pepino 18 veces más de lo que percibe el agricultor que lo produce. Por tanto el gran beneficio final de los pepinos se queda en las manos que los mueven, en lugar de en las manos que lo trabajan en el invernadero. «Para mantener sus márgenes comerciales las grandes cadenas de distribución están ejerciendo una presión constante contra el eslabón más débil de la cadena: el de la producción. Los agricultores y ganaderos estamos financiando la engañosa guerra de precios de hipermercados y supermercados. Sería más realista llamarla guerra de beneficios», denuncia Monferrer.
La historia de un pepino de los que ahora mismo están en los supermercados -la campaña durará hasta febrero, en función del clima- comienza en el mes de julio. «Cuando la gente está en la playa, nosotros estamos debajo del plástico del invernadero, a 40 grados, levantando arena, preparando la tierra, echando estiércol y desinfectado», relata Miguel Fernández, que tiene un invernadero en Castell. Un trabajo de una dureza extrema. «¡Lo peor no son los 40 grados, es no poder quitarte las moscas de la cara cuando llevas el carrillo de mano!», apunta con humor José María, otro de los agricultores que sufre esta crisis y que con el boicot a los almacenes lleva toda la semana tirando los pepinos que tenían que darle de comer a su familia hasta enero.
Estos agricultores comienzan a trabajar con un crédito de campaña que les deja empeñados hasta las cejas y que, tal y como se está dando la cosa este año, tendrán muy difícil poder devolver. Los beneficios no llegan hasta que los pepinos, sembrados en septiembre, van creciendo, pero eso sí, desde el primer día hay que contratar a jornaleros, que cobran entre 36 y 40 euros por día. «Yo tengo cuatro hectáreas y media que no me están dando ni para pagar los suministros de abono y los jornales. Cada semana me cuestan 1.500 euros las seis personas que trabajan conmigo en el invernadero y para ahorrar también trabajamos a destajo mi mujer, mi hija y yo», comenta Miguel Fernández.
¿Y qué piensa un agricultor como Miguel cuando va a una conocida gran superficie de Motril y se encuentra el pepino a 1,45 euros? «Pues sientes directamente que te están robando». «Impotencia es la palabra», añade José María, que también lo lamenta por el consumidor. «Es una pena lo barato que yo vendo y lo caro que compra la gente».
El 11% de comisión
Los agricultores coinciden en sus volcar sus iras contra los intermediarios, empezando por los almacenes comercializadores de la propia Costa, «que ya se llevan su 11% de comisión y encima se ponen de acuerdo para pagarnos los precios a la baja».
«Te plastifican los pepinos y lo que a nosotros nos han pagado a ocho céntimos ellos ya lo venden a 30. Después de Madrid para arriba le suben 30 céntimos más y así hasta que llega al supermercado a más de un euro». El joven Antonio Miguel Urbano, de 28 años, relata así el recorrido de sus pepinos y concluye que el verdadero drama es «que un pepino mío pasa por diez manos y todas se ganan más que yo». Gracias a las ayudas de incorporación de jóvenes al campo pudo invertir en un invernadero hace ocho años. Tiene 300.000 euros de préstamo y vive con sus padres «porque todo lo que gano lo tengo que dedicar a pagar los costes del invernadero, a este paso no podré tener una vivienda propia ni una familia».
Y a pesar de la difícil situación, Antonio es el primero que se apuntó a tirar los pepinos: «Ya estamos hartos, si no comemos nosotros, que no coma nadie». Otra de las que ha estado al pie del cañón en esta semana de protesta-«estamos más unidos que nunca»- es Isabel Hernández, agricultora de Castell que ha tenido que trabajar «desde que se ve, hasta que se ve» durante meses para luego acabar tirando los pepinos a las cunetas. Su campaña también arrancó con un préstamo de 12.000 euros que no sabe cómo va a devolver. «Mis peones cobran más que yo. Estamos tirando los pepinos pero hay que seguir cogiendo la planta», lamenta Isabel.
Su compañera Ana María Manzano, aún está más hundida moralmente. «Te sientes como basura porque después de tanto trabajar sientes que se han reído de ti y que todos ganan con nuestro sudor». Aún así, va a luchar con uñas y dientes: «Estos pepinos pagan los estudios de mis hijos y quiero que ellos tengan una carrera para que no sufran como yo».