Los sentimientos hacia un equipo se pueden entender de muy distintas maneras. Cada cual adopta una forma de defender sus colores, ni mejor ni peor que las otras. Ánimos constantes desde la grada, respaldo en los momentos malos, adquisición del carnet más caro para ayudar a las arcas. Los caminos son variados. Pero hay unos pocos que muestran una fidelidad extrema. Capaces de acompañar a los suyos a los lugares más inaccesibles. Viajar a Melilla tiene su aquel porque comporta un desplazamiento aéreo, o someterse a la interminable travesía en barco desde Málaga. Ayer fueron nueve granadinos los que respaldaron a sus jugadores, repartidos por la grada, sin camuflaje alguno, ya que ninguno se cortó en lucir la indumentaria del Granada, ya fuera la primera, segunda o tercera equipación, que de todo hubo. A todos les une un amor extremo a su escuadra, pero sus circunstancias viajeras distaron mucho.
La aventura más llamativa fue la de Manu Orihuela y sus amigos. Este joven posee el título de piloto y animó a sus compañeros a contratar una avioneta privada para acudir a Melilla días antes de la cita. «Nos ha salido bastante bien de precio y encima llegamos y salimos a la hora que nosotros decidimos», relata Manu, al que han seguido Pedro, Antonio y Carlos, con una travesía bastante tranquila, cruzando el Mediterráneo. «Ha sido muy divertido. Hasta hemos grabado un vídeo en el que simulábamos secuestrar el avión», comentó uno de ellos. Para atestiguar su estancia en tierras norteafricanas, procedieron a fotografiarse con el aparato y las enseñas rojiblancas. Al llegar al campo, bajaron hasta el césped en los prolegómenos para inmortalizar el momento junto a los suplentes. Álvarez Tomé les reconoció su mérito, charlando con ellos antes del comienzo. Al final, continuaron con sus felicitaciones a los jugadores, especialmente a Martín Ortega, al que más se acercaron antes del arranque del choque y al que, paradójicamente, bendijeron.
Más habitual, pese a la lejanía, es ver en los puntos más insospechados a Fernando Ruiz de Adana Belbel. Posiblemente, el más constante de todos los granadinistas. Pocos partidos se ha perdido este señor en los últimos tiempos y cumple también en su seguimiento en los desplazamientos del Granada a Ceuta y Melilla, pese a la necesidad del ferry en el primero y el avión en el segundo. Tímido como es, se sentó con discreción entre el público, sin algarabías, conversando con educación con cualquier aficionado al fútbol que se presente. Lucía un chaleco verde y camisa larga de cuadros, que le harían poco soportable la alta temperatura local pero que aguantó con estoicismo.
Fernando llegó el sábado. Manu y sus amigos lo hicieron el mismo día del encuentro, pero Jesús Mariano y los suyos adelantaron la llegada al viernes. Él, junto a Francisco Javier, Rafael y Juan dedicaron todo el fin de semana a visitar la ciudad autónoma, velando armas para el partido de ayer. Otro ejemplo más de máxima entrega. Sin dejarse llevar por la pasión, seguro que sufrieron por la mala disposición de los suyos en la primera parte. Circunstancia que se alivió en el segundo tiempo más enchufado y resolutivo de los de Tomé.
Pero todavía quedaba una pareja granadina entre el público, aunque ayer no estaban para animar al conjunto rojiblanco. Su ojito derecho era Carlos Ruiz. Eran sus padres. El bastetano cuajó una fenomenal faena y contó con el respaldo de sus progenitores.
«Estamos haciendo una gran temporada y me están saliendo bien las cosas por aquí», declaró el bastetano ex rojiblanco, entre los destacados entre los suyos, mientras dialogaba con Manolo Lucena a la conclusión, uno de sus grandes amigos en su antiguo club, del que fue compañero cuando eran más jóvenes, en la cantera del Imperio.