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'Fiebre minera' en Motril

COSTA

'Fiebre minera' en Motril

Los motrileños acuden en masa a descubrir su nuevo museo geominero, que bate récords de visitas cada fin de semana


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Apenas lleva una semana abierto y ya ha desatado una auténtica 'fiebre minera' en Motril. El recién estrenado museo geominero del Cerro del Toro está batiendo récords de visitas y atrae a familias enteras ávidas de volver a la mina que marcó la juventud de toda una generación de motrileños. Más de 500 visitantes el primer fin de semana, que se han superado con creces en este, dan fe del vínculo tan especial que los motrileños tienen con su recién estrenado museo. Muchos chavales tienen ahora la oportunidad de descubrir por si mismos lo que sus padres les contaban sobre aquel paraje de galerías y hasta lagunas interiores que sirvió como escenario a tantas escapadas furtivas en las largas tardes de verano, escaladas y peligrosas exploraciones.
A mediados de los años Setenta del pasado siglo, la única zona minera de toda la Costa quedó abandonada... Se abrió entonces una posibilidad de ocio increíble para cientos de motrileños -casi todos ellos de la zona norte- que no sabían de más entretenimiento que perderse tardes enteras por aquellos parajes. Y entonces nació, para todos ellos, un recuerdo y una pasión por el 'Cerro del Toro' que siempre ha formado parte de las conversaciones familiares. Ahora, los hijos de todos aquellos cientos de aventureros, han descubierto que sus padres les contaban la verdad. En Motril también se puede acceder al 'centro de la tierra'.
Un gentío increíble -y que ha pillado de sorpresa hasta al propio Ayuntamiento- tuvo que hacer cola tanto el sábado como ayer para visitar el recién inaugurado complejo o centro geominero de Motril, en pleno corazón del picacho y riscos del cono invertido conocido como Cerro del Toro. La gente caminaba en grupos por la carretera para acceder al museo y las zonas de aparcamiento se colapsaron por la gran afluencia.
Y donde hay mogollón, hay fallos y críticas. Los visitantes tuvieron que guardar cola y algunos se quejaron de la organización, además de lamentar que vieran recortada su visita tras la supresión el último vídeo del recorrido, el de la historia geológica.
«Éxito absoluto»
A pesar de los fallos de rodaje iniciales, el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Motril, Nicolás Navarro, no duda en calificar de «éxito absoluto» la inauguración y apertura del centro. Un paraje al que se accede desde la antigua carretera de Granada y que quedará enmarcado en el corazón del futuro parque periurbano. Navarro es claro: «Esto ha sido una auténtica revolución de la vida cultural de Motril y pronto será una parte del tridente compuesto por el museo preindustrial de la caña, el propio geominero y el histórico». Pero hay más. La parte abierta al público de las minas (no lo está la fabulosa galería que desemboca en la cara sur del cerro del Toro, con increíbles vistas sobre Motril) solo alcanza los 300 metros. «Si bien puedo decir que se irá ampliando progresivamente una vez tengamos las subvenciones que ya están en curso». El concejal recomienda una visita que dura unos 35 minutos, pero que revela a los motrileños y visitantes un auténtico tesoro natural, cultural y -por supuesto- emocional.
Aquellos murciélagos
En tan solo una semana de existencia -tras años de obras y retrasos- el museo ha vuelto a conquistar el corazón de los motrileños, a los que atrae como un imán. Tal vez porque aquí se conjuga el atractivo del territorio 'casi' prohibido con el recuerdo de todos aquellos que, alguna vez, se atrevieron a tocar aquellas aguas subterráneas «o a meternos hasta lo más profundo ¡y solo llevábamos antorchas hechas con esparto!». Recordaba ayer en voz alta Carlos Ortega, un motrileño que ronda la cincuentena y que se mostraba emocionado al regresar al lugar de sus andanzas juveniles. «Es que era nuestro lugar de entretenimiento, era nuestra vida. Había miles de murciélagos», señala Carlos mirando de lado a lado.
Las jornadas iniciales son gratuitas, hasta que se establezca un precio de visita, y este fin de semana el museo ha estado desbordado. Los más pequeños acuden con sus padres y sus ojos expresan más sobrecogimiento que expectación, pues la oquedad que da acceso a la galería 'Pepita 2', ubicada a 157 metros de profundidad, da la sensación de ser una boca enorme dispuesta a tragarse al público.
Pero nada de esto. Una vez se traspasa el umbral, una exclamación se escapa a todo el que se adentra tras los pasos del guía David Bourden Gómez. «Un compañero mío cogió aquí un búho real», recuerda Javier Ortega, hermano de Carlos. Es inevitable el sentimiento de que Motril recupera algo importante y lo luce ya como un atractivo cultural y turístico de primer orden. Pero impera el silencio, el olor húmedo y los resplandores espectrales de las luces blancas, azules y rojas que colorean las paredes y las convierte en una gruta maravillosa.
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Decenas de visitantes, ayer, esperando para entrar en la puerta del museo geominero. /JAVIER MARTÍN
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