Probablemente era la primera vez en sus tres años de vida que le ataban a una sillita de seguridad para viajar por carretera y el pequeño Samuel se asustó tanto ayer con el dispositivo -y porque había perdido de vista por unos minutos a mamá- que rompió a llorar desconsoladamente. Paradojas de la vida, si se tiene en cuenta que, apenas dos días antes, el niño llegó a Motril tras hacer la travesía en patera desde las costas africanas sin un triste chaleco salvavidas ni más protección que los brazos de su madre.
Pero por fortuna, Samuel ya goza de la seguridad, el cuidado y los privilegios que debería tener cualquier niño. Ayer fue trasladado con su madre desde el centro de internamiento del Puerto de Motril, donde permanecía desde que fue rescatado de la patera el pasado viernes, hacia uno de los centros de acogida de Cruz Roja en Puente Genil (Córdoba).
El infierno de las pateras ha tenido esta vez un final feliz para esta madre, su pequeño y las dos chicas que llegaron embarazadas a Motril, que por el momento van a permanecer en España por motivos humanitarios.
Pero la burocracia es la burocracia y hasta que el pequeño Samuel y su madre fueron trasladados al centro de acogida de Cruz Roja -donde ayer ya se encontraban perfectamente instalados- han tenido que esperar dos días en el centro para inmigrantes del Puerto de Motril, un recinto ideado para que los extranjeros indocumentados permanezcan mientras se tramitan sus papeles de repatriación pero nada apropiado para un menor.
Y es que este centro, al que el Gobierno llamó 'centro temporal de acogida' y que vino a solucionar los problemas de la Costa para dar cobijo a los inmigrantes que llegaban en patera, no es un albergue sino un centro de internamiento en toda regla.
En el recinto los inmigrantes indocumentados permanecen vigilados por la Policía Nacional en condición de detenidos -los abogados de oficio les leen allí mismo sus derechos- por más que los agentes que les custodian sepan perfectamente que las personas que tienen allí a su cargo no son delincuentes. Pero sí que están privadas de libertad en un centro de internamiento que, como tal, tiene barrotes, cámaras de vigilancia y fuertes medidas de seguridad. Por ejemplo no hay camas, solo bancos en los dos habitáculos -uno para mujeres y otro mayor para los hombres- donde permanecen todavía hoy 84 de las personas llegadas en dos pateras este fin de semana. Estos días sí que les han puesto colchonetas para que las mujeres y el niño pudieran descansar. «Hacemos lo que podemos», comentaba ayer uno de los agentes que se preocupaba, junto a los voluntarios de Cruz Roja, porque todos los inmigrantes tuvieran a tiempo su desayuno.
Pero al fin y al cabo, para ellos son detenidos y su misión es vigilar la seguridad en un recinto en el que ya ha habido varios intentos de fuga.
Los demás se van hoy
El pequeño Samuel llegó con fiebre, aunque sonriendo, tras la travesía en patera y pronto se metió en el bolsillo a todos los voluntarios de Motril, que se han desvivido estos días dándole sus medicinas, preparándole biberones y procurando que no le faltaran juguetes en ese centro con barrotes por el que ningún niño debería pasar, por más que, por desgracia, haya sufrido otras experiencias, como la patera, infinitamente peores.
Los demás adultos que llegaron en las dos pateras de este fin de semana saldrán entre hoy y mañana a distintos centros de internamiento, según la Comisaría de Motril. Allí se quedarán un máximo de 40 días hasta que el Gobierno solucione la repatriación con sus países de origen.