El fútbol es un juego curioso donde a veces quitar una pieza de la caja hace que encaje todo el rompecabezas. Hay ejemplos irrefutables. Fabio Capello, en su última etapa, llegó al Madrid desde Italia y mandó para su país a Ronaldo, antaño el mejor delantero del mundo. De aquella, un gordito simpático. Resultado: el equipo blanco acabó campeón de Liga. Lo de Pep Guardiola tuvo más mérito. Debutaba con la pizarra pidiendo que le echaran a tres de las máximas referencias del Barcelona. Se pulió a dos -Eto'o le duró otro año- pero desterró malos hábitos, insufló oxígeno y empujó hacia al protagonismo a Xavi, Iniesta y Messi, tan figuras o más que las exportadas, con el valor añadido de su grado de implicación. Un triplete memorable y un fútbol preciosista avalan la drástica decisión. En la élite, ya lo ven, más importante que entrenar bien es diagnosticar los males. Extirpar el cáncer, más que reinventar el deporte. En un equipo con la exigencia del Granada y con tanto 'abrigo' de Segunda en el armario, tan crucial como escoger adecuadamente es saber a quién le ha afectado más la devaluación. Hallar lo que sobra, aunque pareciera lustroso de origen.
En esas está Álvarez Tomé, retocando aquí y allá. Se traduce en continuos cambios de alineación, a veces confusos, otros justificados. Para ahondar en la matriz del problema no le bastará con el mero análisis de los males. Después le viene la tarea más dura. Comunicarle al jefe que este o aquel futbolista, que el propio mandamás trajo tras sobrada observación y convenciendo al jugador a base de euros de que bajar a Segunda B no era un mal negocio, no sirve para el proyecto ascensor rojiblanco de esta temporada. Sencillamente, porque no suma.
No se ha inventado el sistema ni la táctica infalibles. Si bastara con echar el equipo hacia adelante o acumular delanteros sobre el campo, hasta el más tarugo valdría para el puesto de entrenador. En el fondo, tampoco hay que ser un sabio en esas lides. Basta con la coherencia como regla básica para hacerse respetar. Todos los estilos, hasta el más rácano, han conquistado títulos alguna vez en la historia. El que consiga triunfar en el Granada dejará cadáveres en el camino. No se puede contentar a veintitantos chicos, la mayoría con pasado en nivel superior.
A Tomé le toca arriesgar para salvar el cuello, o afanarse en reconducir a un grupo achicado, en una Liga donde deberían cabalgar con porte alegre y por la que muchos trotan a ritmo pachón. Si no, resultará que la avería no estará en las piezas, sino en el que monta el puzzle.