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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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14.09.09 - 10:38 -
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De Segura a Trafalgar
Vicente Ruiz es un jovencísimo historiador y profesor ubetense enamorado de los mares y de las extraordinarias naves que los surcaban. Confiesa que tal pasión procede de la lectura precoz de la ‘Isla del Tesoro’ de Stevenson. Su amor por las sierras de Jaén y su pasión por las artes marineras ha encontrado fértil acomodo y maridaje en una obra de altura, que ha estado preparando durante años: ‘De Segura a Trafalgar’ (el Olivo, Úbeda 2009), donde conjuga erudición histórica, educación marinera y lirismo serrano.
El libro resultará imprescindible para todo aquel que quiera comprender por qué un territorio tan aislado e interior como el de la Sierra de Segura fue proclamado Provincia Marítima en el Siglo de las Luces. Vicente Ruiz reivindica el valor, patriotismo e ingenio de quienes resucitaron o conservaron, en el tiempo de los Borbones, el poderío naval de España, a veces «contra viento y marea», y a pesar de la penuria y escasez de recursos (particularmente humanos) de nuestro país: una España en la que todavía, y a pesar de la decadencia económica, «no se ponía el sol». El poderío naval de España resultaba imprescindible si quería conservar sus colonias y provincias de ultramar, de cuyo comercio tanto dependía, en un mundo que tenía que repartirse –muchas veces a abordaje corsario y a cañonazo sucio– con Inglaterra y Francia, las otras dos grandes potencias navales e imperios coloniales de la época, pues «quien domina el mar domina el mundo».
Hay en las páginas de este libro respeto al oponente y a la verdad histórica, pero también reconocimiento del mérito de hombres como José Patiño, «el primero de los grandes ministros reformistas» y «fundador de la Armada española del siglo XVIII», o del Marqués de la Ensenada (el riojano Zenón de Somodevilla y Bengoechea), a quien el autor considera «uno de los mayores estadistas de la historia de España».
Con amenidad, el historiador nos cuenta las grandes batallas, los grandes desastres, la incompetencia militar de unos (como el almirante francés Villeneuve en Trafalgar) y el valor y talento de otros: Gravina, Churruca, Alcalá Galiano...;el juego de fuerzas, ambiciones y temores, que lleva a la firma de los grandes tratados (Utrecht, Pactos de familia, Convenio del Pardo, etc.), así como sus consecuencias.
Pero sobre el fondo de la política internacional, la situación de las ciudades y de su población, y los intereses económicos y dinásticos, descritos con ecuanimidad y rigor, se imponen en primer plano los contraluces de la épica humana: del esfuerzo extraordinario de aquellos hombres –y de aquellas bestias– para chasquear, cortar y transportar los codiciados pinos laricios o salgareños, desde las altas y abruptas cumbres de la Sierra de Segura hasta los astilleros de La Carraca en Cádiz, o de Cartagena en Murcia, salvando un montón de obstáculos y al albur de las crecidas y los estiajes, por el Guadalquivir o por el Segura. Sin el descubrimiento y explotación (bastante sensata, pues preveía su reposición y conservación, su sostenibilidad, como decimos ahora) de los inmensos recursos forestales de nuestra inmensa sierra nororiental, la reconstrucción y continuidad de la Armada Española, hasta Trafalgar, hubiese resultado imposible.
Como siempre, el enemigo de España está tan dentro como fuera. Ni el despotismo de los borbones pudo solventar la incapacidad endémica de las instituciones para ponerse de acuerdo y usar con justicia y utilidad los recursos comunes. Tal fue el caso –que Vicente describe con detalle– del enfrentamiento entre el Real Negociado de Maderas de Segura y la Real Armada, o entre los intereses generales (la razón de Estado) y los intereses de los particulares de estas sierras de Segura, tan olvidados de todos, como haciendo siempre el peor esfuerzo y llevando siempre la peor parte.
La obra está bien ilustrada, con descripciones didácticas de la increíble estructura viva de aquellas fortalezas flotantes, con bellos cromos a color; está adobada con anécdotas castizas y sabrosas, como la historia de nuestra bandera; enriquecida con líricas descripciones de la belleza de «aquellos navíos en el horizonte, con todas sus velas desplegadas henchidas por el viento, con el sonido de las olas mezclándose con las órdenes de la marinería y el crujir de las cuadernas…»; y con algún rasgo de socarronería y buen humor: «Jugamos como nunca y perdimos como siempre».
En fin, una obra dignísima, literariamente correcta y científicamente imprescindible, muy refrescante para nutrir la imaginación y cultivar la memoria en el verano, y a la que sólo le falta un glosario de términos náuticos y una relación de nombres, que facilitaría su estudio o consulta. Eso debemos aprenderlo todavía de los anglosajones, aunque no nos devuelvan Gibraltar.
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