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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Cultura

Cultura-Granada

El canadiense emociona en un concierto histórico en Atarfe, donde repasó todos sus éxitos

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Varios miles de personas acompañaron anoche, a pesar de los altos precios (probablemente el concierto suyo haya sido el más caro dado en Granada) en el Coliseo de Atarfe, vestido de teatro para la ocasión. Fue uno de los últimos conciertos de la decena con que este año ha 'regalado' a nuestro país (termina el 21 de septiembre en el Palau Sant Jordi) gracias al ¿buen? hacer de Kelley Lynch, su contable y ocasional amante, de la que se cuenta le despistó cinco millones de dólares (aunque hay, en cambio, quien habla de inversiones fallidas). El hecho es que el año pasado, con 74 años, tuvo que volver al oficio y parece que le ha cogido gusto, porque desde entonces no ha parado. Aquí, desde su histórica visita privada de 1986, siempre fue una asignatura pendiente, repetidamente especulada, varias veces anunciada pero sólo confirmada para anoche.
Ambiente de gala (y lujo: zona Vips con cava y todo) y tanto de reunión generacional como de celebración de la comunión, con algunas excepciones: a mi lado un veinteañero retransmitía el concierto por teléfono a sus padres: «Ellos ya lo vieron hace años, y esta vez , por el precio, han preferido que yo viniese»). En torno a cinco mil personas acudieron al Coliseo para escuchar al que en su momento fue señalado como «el depresivo más potente del mundo que no se vende en farmacia». Quizás lo avanzado de su edad y las mermadas (pero más que suficientes) facultades fueron las que sugirieron la necesidad imperiosa de 'estar allí', vaya que sea (con toda probabilidad) la primera y única oportunidad de escuchar al autor de 'Suzanne' y tantas otras canciones dedicadas, por amor o desamor, a las muchas mujeres que han pasado por su vida, ya que, como él, casi nadie ha intervenido con tanta precisión en la dinámica (no química) del deseo.
En el abultado grupo (nueve miembros) de acompañamiento que salió para hacer sonar el repertorio, destaca la estancia del guitarrista maño Javier Más, habitual de María del Mar Bonet y arreglista de uno de los discos de homenaje que se dedicaron al canadiense en su momento. Su 'solo' en 'Everybody knows' puso de rodillas al maestro la primera vez en señal de admiración, luego repetiría; también su presencia se nota en la fragancia mediterránea de otros pasajes del repertorio, como en 'Who by fire' o 'Dance me to the end of love' orillados hacia el levante. El blanco y el negro (con toda la escala, también anímica, de grises intermedia) fueron los colores de la noche, en trajes, gorras y sombreros con los que tan elegante como austeramente estaba uniformado todo el equipo, y que en el caso del maestro parece inspirado en el lienzo de Úrculo, que ilustra el legendario disco 'Poetas en Nueva York'.
Fervor casi religioso
Un escenario gigante de 250 metros cuadrados, 100.000 vatios para amplificar su garganta ronca y otros casi 200.000 de luz fueron el enorme soporte técnico de este concierto al que todos llegamos con experiencias personales mucho más íntimas. Y es que Cohen para nosotros siempre se ha movido en medidas infinitamente más reducidas, por no decir mínimas: vamos, en la adolescencia de mi promoción era el de las 'lentas' con más garantías de roce de los guateques; luego vendría ya la lírica y la mística. Con todo, el gran espectáculo no merma su capacidad de comunicación, porque a Cohen se acude con un fervor casi religioso, habida cuenta de su potencia introspectiva: pocos conciertos ha habido en esta ciudad con un silencio tan receptivo por parte de la audiencia. No en vano el canadiense es conocido por Jikan (el silencioso) en su círculo de iniciados Zen. Supongo que los sentados en los laterales no estarán muy de acuerdo con esto: allí el sonido era infame y el trasiego de gente a las barras impedía la concentración en el concierto.
Se cuenta que preguntado hace diez años si volvería a actuar dijo que no, aunque aseguró que nunca rechazaría un buen vino, y así el año pasado arrancó en España sin decir palabra pero con una copa de Rioja en la mano. Donde dijo Diego era digo, y ya puestos, repartamos un poco de felicidad alrededor del mundo con la excusa de la pensión de jubilación: su concierto está pensado para gustar, suena a despedida integral, adiós con el que algunas noches de esta gira juega: «Nadie sabe cuándo esto sucederá de nuevo», dijo abriendo un concierto reciente, y alentando de paso la sensación de excepcionalidad que abre aún más las puertas de la percepción y agudiza la atención: juro haber visto a personas en estado de concentración absoluta con la palma de las manos haciendo caja de resonancia en las orejas.
Así en la primera parte de su programa, tras 'Dance me to the end of love' revisa sus piezas relativamente más recientes: 'The future', 'Everybody Knows', 'Who by fire', o 'In my secret life' entre varias más (incluido parte del valorable 'Ten new songs y olvidando justamente el anodino 'Dear Heather'), para luego, tras una pausa de quince minutos (que el hombre tiene la edad que tiene), interpretar todas las canciones que cualquier seguidor de Leonard Cohen ha querido escuchar siempre juntas. No hubo sorpresas: acúdase al disco 'Live in London', grabado en 2008, si se desea rememorar al milímetro el concierto de Atarfe.
Un tipo relajado
Con una musicalidad impecable, más rica y sugerente que muchas de las originales (veamos, algunas canciones son de hace más de cuarenta años) fueron cayendo una tras otra en las manos abiertas del oyente: 'Tower of song', 'Suzanne', 'Sisters of mercy', 'The Partisan' (extremadamente aplaudida), 'Hallelujah', 'I'm your man'... las piezas que hicieron de su voz áspera, de dolido barítono susurrante con unos graves retumbantes, un estilo en sí mismo.
Cohen canta relajado, gusta de una gestualidad elegantemente clásica, complacido por los que escucha a su alrededor agradece algunas intervenciones de sus compañeros descubriéndose; canta sin tensión ni dramatismo, al menos externo, con los ojos cerrados y jugando con el susurro bajo y cavernoso que reverbera en su pecho, y entre col y col sonríe beatíficamente a la línea del infinito por encima del público con una expresión tranquila, sabia, y un perfil de tortuga anciana que ya sabe de qué va esto de vivir y no tiene ninguna prisa.
El público le recibió de pie y se levantó en varios momentos del concierto, pero «de rodillas teníamos que ponernos ante las tablas de la ley», decía un conocido cantautor de formación bíblica, obviamente muy emocionado.
Esa ráfaga de piezas estelares sólo se interrumpió para dar voz a su compañera Sharon Robinson (en 'Boogie Street'), como también cedió espacio a las hermanas Charley y Hattie Webb con arpa celta y guitarra para su lucimiento, aunque para ello nada mejor que sus volteretas de gimnasia acrobática.
Y llegó Lorca
Como no podía ser de otra manera en la Granada a la que llegó siguiendo la estela del Lorca que le había iluminado como escritor, el final oficial del concierto no podía ser otro que 'Take this waltz' (El pequeño vals vienés).
En el momento de abandonar el Coliseo para escribir estas líneas 'So long Marianne' abría entre ovaciones los primeros bises, que en algunas ciudades han sido tantos que sus conciertos han terminado superando las tres horas de duración.
En buena lógica luego sonaría también 'First we take Manhattan' en este tramo final caracterizado por su elasticidad, ya que ha habido ciudades en las que ha hecho hasta una decena de canciones. No sabemos si volverá o no Leonard Cohen por aquí, pero en Atarfe se vació en un concierto histórico, para algunos el de su vida (la llevaban toda esperando).
¡Que Dios bendiga a Kelley Lynch!
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