Fueron los triunfadores de la noche del viernes. El concierto inaugural de la segunda edición del Festimed tuvo, por aclamación popular, un nombre: La Banda del Pepo. La formación valenciano-murciana con su desparpajo y ganas se llevó al público de calle (en este caso de playa) y terminaron todos bailando y palmeando las canciones 'del Pepo'.
El Festival de la Mediterranía, como se denomina este programa, es el de mayor proyección futura de los tres que componen la Red de Festivales de la Diputación. Además posee justificaciones culturales obvias, como demuestra el interés por los puestos de artesanía y gastronomía saharaui y palestina instalados. Pero si el año pasado el municipio receptor inventó el concepto de actuación 'con barra', innovación que consiste en una barandilla de metal cerrando el escenario que impedía visión y comunicación, este año lo ha desplazado hasta el extremo del pueblo, a 500 metros de la primera vivienda, en un lugar completamente inapropiado para un programa vocacionalmente popular y participativo, lo que lastró considerablemente la afluencia de público reduciéndola a un corto millar de personas, mucho menos de la mitad de la primera edición. Y es que un festival de estas características no tiene nada que ver con una verbena sardinera de chiringuito.
Abrió la noche El Sombrero del alquimista, formación de cámara que propuso un viaje exquisito y refinado por las culturas del Mediterráneo norte. Pasaron por nuestras costas, por las griegas, turcas y armenias, en un desplazamiento delicado y sugerente, con timbres originales y desarrollos propios, perfectamente introducido por su líder, Ignacio Béjar, que explicó gentilmente cada golpe de remo sonoro que iba a dar, facilitando la comprensión y el disfrute de escucharlo. Tras su intervención, sugerente e intimista, La Banda del Pepo volteó la noche con sus intenciones mas explícitas. Este grupo en realidad parece dos: 'la banda del' por un lado y 'Pepo' por la otra; un cantautor de voz arrastrada y arenosa, letras comprometidas y con estribillos quedones, junto a una potente formación instrumental en la que cuerda y percusiones sobrepasan holgadamente el notable alto (incomparable el percusionista panameño Jorge Oswaldo). «¡Oye, 'salao' fírmame un disco!», le decía al final una espectadora a su cantante, y es que la capacidad de entrega y el esfuerzo sincero por comunicar y llegar a la gente es el contagioso valor añadido de este grupo que, con un golpe de viento a favor, puede convertirse en mayoritario en cualquier momento.