Hace tres semanas, el suelo desapareció bajo los pies de Susan y John. Viven en la calle Polvorín de Cuevas del Campo y junto a la entrada de su casa la tierra se tragó un trozo de la carretera dejando un enorme socavón en el que fácilmente cabe una furgoneta. Ese asfalto se hundió de noche, enterrando parte de una cueva del antiguo barrio. Afortunadamente, tampoco había nadie en la vivienda en ese momento.
Ese tremendo agujero, de más de dos metros de profundidad, es el enésimo destrozo que provoca el agua, que parece empeñada en desmoronar poco a poco la localidad. Y es que las abundantes lluvias que han caído a lo largo de este invierno y las deficiencias en la red de abastecimiento han llenado de problemas esta localidad de la zona norte de la provincia.
Las grietas en las viviendas empezaron hace ya tres años, como explica Ramón Martínez, que hasta hace un par de meses vivía con su familia en el número 33 de la calle San Isidro de Cuevas del Campo. «Hubo una avería en la red de abastecimiento y lo fueron dejando, mientras nosotros denunciábamos que cada vez había más grietas en la casa», explica Ramón. Aquel problema se arregló tarde, según denuncia este vecino, y los daños en la casa fueron aumentando hasta que acabó recibiendo el informe de ruina.
«Ya nos han dicho que hay que demolerla, pero ni siquiera han decidido cómo», explica el hombre. Ha visitado su casa de nuevo, después de algunas semanas viviendo en una casa de alquiler que costea el Ayuntamiento, y los daños le dejan estupefacto. Las paredes se han roto como si fueran de papel y se ve la calle a través de esas rajas. El techo del salón ha empezado a caerse a trozos y la terraza ya está separada de la casa varios centímetros.
«Toda nuestra vida está aquí, todo el trabajo lo hemos invertido en esta casa, a la que ya no podremos volver». Ramón y su mujer, Mª Josefa entran con miedo en la casa para acabar la mudanza, tristes porque nunca volverán a vivir allí, porque han visto cómo se van derrumbando sus años de esfuerzo.
Tuberías antiguas
En esta misma calle San Isidro vive el alcalde, Ramón Mancebo, aunque su casa no tiene desperfectos. Le encontramos en la calle charlando con una vecina que sí está afectada. «Se han detectado hasta siete averías en la calle San Isidro y todas las han provocado fugas de agua. La compañía que lleva el servicio de abastecimiento quiere quedarse fuera, pero ellos tienen responsabilidades». El primer edil explica a sus contertulios que la red de tuberías tiene más de cincuenta años y hay que renovarla completamente. «Eso costará por lo menos diez millones de euros. De momento hemos logrado 700.000 euros de fondos estatales y de la Diputación», apunta el alcalde.
Una de las personas que lo oyen, en la puerta de su casa, es María Corral, que lleva dos décadas trabajando en Suiza para poder construirse su propia casa. Una vivienda que también está cruzada de grietas por todas partes. «Sería triste tener que irme de nuevo, tan lejos, para pagar la casa que está llena de grietas». A María se le cambia la cara sólo de pensarlo.
Las filtraciones de agua llegan también hasta su casa, en el número 57 de la calle San Isidro y ya han empezado a tirar baldosas del baño y a pintar de grietas techos y paredes. Sólo en esa calle, el alcalde calcula que hay 18 vecinos afectados.
Pero no es la única zona. En el Polvorín, un barrio lleno de cuevas con más de medio siglo de vida, el socavón de la carretera ha enterrado parte de la cueva de la familia de Juan Pérez Quesada. Sus ocupantes habituales también son emigrantes que se buscan el pan en Girona, en Tossa de Mar, por lo que tampoco estaban en casa en ese momento.
Juan nos abre la puerta de la cueva, de la que sólo han quedado bien la cocina y el baño. En las siguientes dos habitaciones , la puerta ha quedado tapiada por toneladas de tierra que salen como grandes lenguas. «Han quedado sepultadas cinco habitaciones. Es una cueva grande en la que se juntaban los cuatro hermanos en verano», apunta el hombre. Él mismo había reforzado el techo de alguna de las estancias, pero no ha servido de nada.
«Ha llovido mucho», justifica este hombre. Es lo mismo que dice Matilde, una de las pocas vecinas que quedan en el barrio, junto a Susan y John, que se mudaron hace tres años desde Inglaterra. Matilde guarda en la memoria el derrumbe de otra cueva, hace ya años, y el hundimiento de la carretera en la entrada de su casa. Ahora, el enorme socavón no le ha pillado tan cerca.
En estos dos meses de derrumbes y grietas, el Ayuntamiento ha tratado de recabar apoyos para poner una solución a los desperfectos. Diputación ya ha realizado un informe técnico, y el consistorio ha recabado algunos fondos. Pero de momento no ha habido una medida ejecutiva. No se ha arreglado la carretera, ni se ha demolida la peligrosa vivienda en ruinas y las tuberías no se cambiarán hasta marzo.