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TRIBUNA

09.02.09 -

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La burocracia
MI abuelo, José Guevara, que no se anduvo por las ramas a la hora de llamar cada cosa por su nombre, pronunciaba la palabra burocracia con erre de burro, 'burrocracia'. Por algo sería. Yo, en esta ocasión, me limitaré a escribir el vocablo burocracia tal y como viene impreso en el Diccionario de uso del español, de María Moliner, (que prefiero, dicho sea de paso, al de la Real Academia), donde aparece, como primera acepción; «Influencia excesiva de los empleados públicos en el gobierno», como segunda «Clase social de los funcionarios públicos» y tercera «Actividad de los funcionarios y oficinas públicas». Para que nos vayamos entendiendo. Todo ello derivado del francés 'bureau', despacho.
La burocracia, en el conjunto de sus tres acepciones, según la Moliner, y con el sentido peyorativo que yo le añado, se ha convertido, para este país llamado por el momento España, en un monstruoso tumor cancerígeno, cuya metástasis se extiende por todos los confines del Estado, a través de su tejido social, hasta límites inverosímiles. La burocracia prolifera multiplicándose exponencialmente y con tendencia al infinito. Por lo pronto, aquí, en España, como suma de las 17 Comunidades Autónomas que la configuran, más las ciudades de Ceuta y Melilla como propina, ya podemos presumir de haber superado los tres millones de empleados públicos, con la cifra de 3.029.500 funcionarios, de los cuales el 56% pertenece a la Administración autonómica, el 18% a la Central, y el resto a los ayuntamientos. Curiosamente, podríamos señalar que a principios de este año, 2009, los tres millones de funcionarios coinciden con los tres millones de parados, con tendencia, en ambos casos, al crecimiento. Para más detalle digamos que durante el pasado año 2008 este sector laboral del empleo público creció en 116.200 personas, de las cuales 88.300 pertenecen a las autonomías, mientras al mismo tiempo el sector privado se reducía en 684.600 trabajadores, que fueron al paro. La burocracia española, pues, goza de muy buena salud y continua creciendo y engordando de tal manera que, por lo menos hasta el momento, la crisis no sólo no le afecta negativamente sino que, por el contrario, la nutre y hermosea.
No tengo datos sobre las cifras referentes a los organismos burocráticos de países similares al nuestro; por lo tanto ignoro la cantidad de funcionarios públicos costeados por los franceses, los alemanes o los noruegos, pero no creo que nos igualen, ni mucho menos nos superen. El porcentaje que soportamos los españoles parece excesivo, dada su rentabilidad. Digamos, para facilitarles un dato que les permita reflexionar sobre este asunto, que aquí, en Andalucía, residen 537.000 empleados del conjunto de las administraciones públicas.
Naturalmente, y me parece obvio considerarlo, a la hora de referirnos a una burocracia funcionarial pública hay que distinguir, inexcusablemente, entre los diversos sectores profesionales que la componen y totalizan. Hay que diferenciar los funcionarios necesarios e imprescindibles de los burócratas de relleno, más o menos parásitos, cargos de confianza, señalados a dedo, y beneficiados del nepotismo y enchufismo políticos. Conste, pues, que cuando nos referimos a la burocracia del Estado no aludimos, ni remotamente, a los funcionarios que integran sectores tan importantes y necesarios como son la educación, la sanidad, las fuerzas de seguridad, el aparato judicial, entre otros. Por el contrario, siempre estaremos a favor de incrementar el personal que atienda tales servicios, vitales para el buen gobierno y progreso de un país. Lo que sí nos parece cuestionable, y hasta nefasto, es la proliferación de los cargos públicos generada por los aparatos de los partidos políticos, y no digamos si ocupan el poder, para beneficio de su propia militancia, familiares y allegados. El enchufismo de toda la vida, pero absolutamente despendolado ahora, de manera intolerable.
Tengamos en cuenta que ahora mismo, aquí en España, disfrutamos de 17 autonomías, aparte del Gobierno central y las dos ciudades de Ceuta y Melilla, por añadidura. Tenemos, pues, prácticamente 18 gobiernos diferentes, con sus respectivos presidentes, ministros o consejeros, directores generales, jefes de gabinete, delegados, inspectores, asesores, escoltas, conductores, asistentes, personal subalterno, funcionarios adjuntos, y advenedizos en general. Sumen a la Administración central del Estado, y a las 17 autonomías, el personal de los ayuntamientos y el de las diputaciones. Échenle un vistazo a las oficinas oficiales. Observen su funcionamiento. El papeleo. Los trámites. Las idas y venidas. Las colas ante la ventanilla, que luego resulta ser otra. El sello que falta aquí. La copia que sobra allí. Los registros. Los plazos prescritos. La firma del jefe del negociado. Los silencios administrativos. El expediente que no aparece. El vuelva usted pasado mañana. Esta multiplicidad de instancias, de competencias, de jurisdicciones, de apelaciones y reincidencias. Esta casuística kafkiana en la que se ve atrapado el ciudadano cuando necesita acudir a un organismo oficial (nacional, autonómico, provincial, municipal) para resolver sus problemas administrativos, constituye el alimento del monstruo llamado burocracia,. Lo que mi abuelo, ya en sus tiempos, llamaba "burrocracia", con erre de burro.
Yo no sé si este país se puede permitir el lujo de costear semejante monstruosidad. Lo que sí me parece incuestionable es que allí donde aparece alguien a quien, por lo que sea, un partido político, con algún mínimo poder, tiene que premiar, o recompensar, inmediatamente surge un nuevo e inusitado empleo burocrático. Así que no sería raro si en alguna Diputación, por ejemplo, se haya montado una oficina, más o menos fantasmagórica, para colocar a un individuo que por sus intrigas, y por sus faenas desestabilizadoras, había que cerrarle la boca y frenar sus ambiciones con un sueldo apañado por estarse quieto y callado. Un burócrata más. Suma y sigue. A este tipo de burocracia, inútil pero onerosa, nos referimos.
Y para que ustedes se hagan una ligera idea de cómo puede funcionar el artefacto, ahora que estamos en plena recesión económica, perdidos en el bosque, como Pulgarcito, les volveré a citar el caso del insigne presidente de la Junta de Galicia, el compañero Touriño, que además de pasearse por aquellos andurriales a bordo de un cochazo mejor, más caro y más bonito que el del presidente Obama, ahora resulta que el buen hombre ha decidido que sus altos cargos aposenten sus posaderas en unos sillones de diseño, modelo "Oxford", que valen 2.269 euros por pieza, aparte del ventanal que se ha instalado en la sala de juntas, sistema "inteligente", por un valor de 170.212 euros. Menuda cristalera. Los gastos suntuarios, improductivos y superfluos de 17 Autonomías, más un Gobierno central, mas dos ciudades sueltas de postre, no los aguanta ni el Tesoro de los Estados Unidos de Norteamérica. Al tiempo. Mientras tanto hay que arrimar el hombro. Y suprimirle las pamplinas al canario flauta.
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