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29.12.08 -

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CREO no equivocarme si digo que, probablemente, Bolonia no hará sino profundizar en el modelo educativo ya existente. Es decir, velará por que se cumpla el siguiente cálculo: número de horas por parcelas de conocimiento, igual a "saber". Habrá seguramente nuevas reglas combinatorias en aplicación de estos principios, y nos atendremos a ellas férreamente porque garantizarán determinado saber universitario. No habrá, como no hay ahora, educación universitaria que dé menos; ni tampoco nadie se planteará dar más. Porque la paradoja será, como lo es hoy, que quien quiera exceder esos principios correrá el riesgo de no ser universitario por exceso. La máquina de homologar que están diseñando preguntará cuánto Galdós y cuánto Shakespeare; y, si decimos quince y espera diez, muy probablemente dirá que nuestro saber no es universitario, porque no los conocemos como ella los conoce. Es por eso que, acostumbrados a un planteamiento tan tasado, tener noticia de un pequeño grupo de colleges en los Estados Unidos, como St. John's, Thomas Aquinas, o St. Thomas More, se asemeja a paladear, tras una rígida dieta, un buen vino añejo enriquecido por tiempo incontable: suscita una mezcla de placidez ("¡es bueno que exista!") y melancolía ("¡lástima no haberlo conocido antes!"). Y en todo caso, a juzgar por la lucidez que provoca, uno tiene la certeza de estar al fin sobrio.
La razón de ser de estas instituciones no es otra que la de enfrentar a sus alumnos, durante cuatro años, con la lectura directa en orden cronológico de la mayoría de los clásicos del pensamiento filosófico, literario y científico. Los parámetros son sencillos: leer comprensivamente, ponderar y exponer lo leído, aportando las posibles contribuciones propias al hilo de aquéllas. Ni que decir tiene que entender a los grandes en sus textos, y hacerse entender, son objetivos lo suficientemente sólidos como para no sentir la necesidad de plantearse procedimiento pedagógico alguno, con el mortecino rango de "metodología". Más allá de lo dicho, toda su estrategia se resume en elaborar un calendario detallado para las sesiones de seminario, y en una pauta pedagógica tan llena de sentido como poco refinada desde el punto de vista sistemático-formal: "close reading", es decir, lectura atenta. Llama la atención que no hay en sus programas de estudio epígrafes del tipo "el concepto de F según X", y que su lugar lo ocupa un listado de fechas plazo para llevar leída determinada parte de, pongamos, la Odisea, la República, la Biblia, la Divina Comedia, Hamlet, El origen de las especies, El Capital, Ser y Tiempo, etc.; es decir, los textos donde encontrar a "F" y a "X". El profesor tiene la responsabilidad de conocer los comentarios que ayuden a dilucidar el texto para conducir bien la clase. El alumno, por su parte, tiene el privilegio de zambullirse en la corriente intravenosa de lo que estudia: leer a Platón "leyendo" a Parménides, a Aristóteles interpretando a Sófocles, o a Heidegger entendiendo a Husserl (y casi todos a Homero; pero ésa es otra cuestión).
Dejemos al margen el hecho de que digerir obras de ese calibre, es tarea de varias vidas que tuviéramos. A estas universidades se les ha reprochado (entre otras cosas) que las listas sean demasiado exhaustivas como para asimilar adecuadamente tanto ladrillo en el tiempo previsto. Visto desde fuera, parecen llevar razón los críticos, si bien resulta sospechoso que algunos colleges lleven treinta años con este tipo de educación. Pero un ideal ahorrativo del tiempo no puede elevarse a rango de categoría del saber, no puede juzgar el saber humanístico. Un texto constreñido por el tiempo que no tenemos para estudiar lo que deseamos conocer: eso es exactamente un manual, un atajo de tiempo. De horas tasadas a la baja están hechos los módulos, los créditos, etcétera, que acaban siendo la justificación de un saber expresado en un título. Entretanto, serán los textos primarios (¡y sus lectores!) los que juzgarán la veracidad, y por tanto la utilidad, de los manuales; pero nunca al revés. Quizá lo más grave es que la reducción del saber a paquetes de horas de materia especializada, falsea la realidad histórica del objeto de estudio de las humanidades. A juzgar por los protagonistas de la historia de la filosofía, ésta no es más filosófica por incluir solo autores filosóficos, y lo mismo ocurre con la literatura o las artes plásticas. No encontrarán a los trágicos griegos en el programa futuro de filosofía, pero Nietzsche los tenía muy presente. Lo mismo podría decirse del Quijote y Unamuno, o del Maestro Eckhart y Hegel. En la práctica, la asociación de autores literarios y filosóficos seguramente impedirá que un planteamiento así pueda ser "troncal". Dicho de otro modo: por mucho que con aquel sistema no se haga sino leer detenidamente y discutir los textos de Aristóteles, Kant o Dante, la Administración no puede reconocer su cualidad de saber universitario.
Bolonia afina sus herramientas de tasación. Ratificará con exactitud que cuarto y mitad de horas equivale a otros tantos créditos de saber al gramo. Sin duda habrá saberes para los que esto sea adecuado. Pero para las humanidades siempre ofrecerá el aspecto de un laberinto de antesalas desde las que contemplar a otros dialogando con los maestros.
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