NO hay que minusvalorar la importancia de los procesos de reforma y de las transformaciones a las que la sociedad española se enfrenta en estos momentos en el ámbito de la educación superior. Muy probablemente nos estamos jugando el futuro de las próximas generaciones en nuestro país. Sin embargo, los movimientos de contestación estudiantil de las últimas semanas y los numerosos artículos con opiniones muy diversas aparecidos en la prensa demuestran que 'algo no funciona' en el cómo se están haciendo las cosas.
Y es que está faltando información en nuestra sociedad. No hay más que observar y sacar conclusiones de lo que ocurre en la calle y en nuestros campus universitarios para constatar esta afirmación: los estudiantes proponen «parones informativos» (dicen ellos, «contra Bolonia») y los profesores se declaran abiertamente «escépticos», cuando no desconocedores o «contrarios» a la reforma sin saber muy bien en qué consiste dicha reforma. O lo que es peor, por razones que no tienen nada que ver con lo que de verdad en ella se propone.
Es importante, por pura 'higiene mental' no mezclar los conceptos y no atribuir al 'proceso de Bolonia' decisiones, o interpretaciones que por ser de índole doméstica, no son extrapolables al ámbito europeo, ni son 'mandatos' derivados del tantas veces citado 'proceso'. Suele interpretarse el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) más como «un horizonte de cambio en las metodologías docentes, dirigido a mejorar la calidad del sistema educativo, que como un problema de adaptación a una nueva unidad de cuenta de la dimensión de las enseñanzas siendo evidente, por otro lado, que la generalidad de los países europeos no se han planteado la cuestión en esa dirección».
El 'proceso de Bolonia', al que España se adhirió en 1999, implica el cumplimiento de una serie de compromisos, muy concretos en su enunciado.
Su puesta en práctica -es decir, converger con Europa- puede, en cambio, ser todo lo 'sencilla' (o 'complicada') como las autoridades académicas de cada país decidan, en uso de su autonomía. Porque Bolonia dice qué hay que hacer, pero no cómo hay que hacerlo. El 'plan Bolonia' apuesta básicamente por la existencia de un espacio europeo, en el que, existirá un formato común en los sistemas de educación superior, 'transparente', fácilmente reconocible y aceptado por todos. Este formato estará basado en el uso de un sistema de estudios con tres ciclos (Grado/Máster/Doctorado) y de un «sistema europeo de transferencia y acumulación de créditos» (ECTS). Es decir, un sistema que otorga 'créditos' a las enseñanzas superadas, pero en el que, a diferencia de lo que ahora existe, tendrán en cuenta lo que ha supuesto al alumno en términos de su tiempo de trabajo. Será también una novedad, en los futuros planes de estudios, la descripción explícita de lo que la superación de las distintas materias supondrá, en términos de competencias y habilidades adquiridas. No es que, como se suele afirmar erróneamente, con los nuevos planes de estudios se van a adquirir 'competencias y destrezas' que antes no se adquirían. Es que, ahora, éstas han de indicarse explícitamente al hacer la propuesta del plan de estudios, lo que supone una novedad. Y que tiene un objetivo tan razonable como que los que van a dar empleo a los titulados, sepan «qué saben estos, qué es lo que comprenden y son capaces de hacer». El concepto 'crédito europeo' o 'crédito ECTS' se ha utilizado con demasiada ligereza en nuestro país durante los últimos años. De tal forma que muchos de los malentendidos existentes en el público en general y en los estudiantes y profesores en particular, provienen de tal falta de rigor. Se dice que «ahora habrá que ir a clase obligatoriamente», que habrá que «dar/recibir clases a grupos reducidos de alumnos» y «trabajar por cuenta propia en las tareas que los profesores encomienden». Nada más lejos de la realidad: el sistema ECTS no supone, ni implica nada que tenga que ver con eso. En todo caso, a los efectos de describir la 'carga de trabajo' del estudiante en el sistema ECTS, se habrá de tener en cuenta que ésta consiste «en el tiempo invertido en asistencia a clases, seminarios, estudio personal, preparación y realización de exámenes, etc.». Lo lógico. Por otra parte, no existen, en mi opinión, «metodologías docentes adaptadas al Espacio Europeo», salvo en la intención de quien las quiso introducir en el sistema universitario español (los llamados Planes Piloto). No existe, hasta donde conozco, ningún documento emanado de las instituciones europeas, que diga o recomiende a los Estados miembros cómo deben enseñar. La educación, y la forma de gestionarla, es algo privativo de cada país y forma parte de su ámbito de decisión y del modelo que quieran asumir.
Junto a los compromisos derivados de nuestra pertenencia al 'grupo de Bolonia', las oportunidades que esta reforma necesaria nos ofrece son, con toda seguridad, la parte más atractiva de todo este 'embrollo'. España siempre ha sabido sacar partido de las circunstancias en los momentos decisivos. Lo demostró, en el ámbito universitario, cuando en el año 1983 apostó por la modernidad a través de la Ley de Reforma Universitaria (LRU). Es seguro que «pues ya que» tenemos que reformar nuestras estructuras universitarias, respondiendo así al proceso de Bolonia -que a su vez responde a los retos de un mundo globalizado- España afrontará la modernización que corresponde al siglo XXI. Tendremos que adoptar nuevas actitudes (también, sin duda, la necesaria reforma metodológica), pero también responder a los desafíos derivados de las nuevas necesidades. Como se afirma en el 'Comunicado de Londres', hemos de asumir «la tarea de convertir el año 2010 en una oportunidad para reajustar nuestros sistemas de educación superior en una dirección que mire por encima de los temas inmediatos y que los capacite para afrontar los desafíos que definirán nuestro futuro».
Y eso requiere el concurso de todos. Y en eso estamos.