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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Provincia

municipios con el índice más alto de desempleo

Zagra y Pedro Martínez, en el Poniente y los Montes Orientales de Granada, aplican la economía de subsistencia para seguir adelante con el 70% de la población sin trabajo: el índice más alto de Europa

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EL penoso trayecto por carretera que lleva al municipio de Pedro Martínez termina en sorpresa. Junto al cartel que delimita la entrada a este pueblo de los Montes Orientales granadinos luce un enorme reclamo de la Junta de Andalucía que avisa: «Taller de Empleo». Una contradicción que golpea la vista al visitante si se tiene en cuenta que el pueblo ha abandonado recientemente su anonimato para saltar a la fama como el municipio con mayor índice de paro de Europa.

Un sello que la ingrata estadística le ha puesto junto a otra localidad, Zagra, ubicada en el otro extremo de la provincia, en la región del Poniente. En uno y otro, el porcentaje de población que oficialmente se encuentra desempleada supera el 70%. La vida de un pueblo con esta idiosincrasia es diferente, con normas propias y ritmos peculiares. Pero no se para. Se vive. Con poco, pero se sobrevive. Y algunos dicen que bien.

El forastero que llega a Pedro Martínez tiene la sensación de haber llegado a un plató de película abandonado. Los coches de todo color y condición pueblan mudos unas calles semidesérticas, flanqueadas a cada lado por filas de casas que, eso sí, nada tienen que envidiar a la capital en pulcritud. Lucen cerradas en calles estrechas en hileras que a penas se ven salpicadas por bares y alguna que otra tienda. Es difícil encontrar a alguien realizando alguna actividad por la calle. Alguna que otra obra de albañilería y algún que otro tractor avanzando perezoso por las cuestas. Pero poco más.

¿Dónde está la gente? ¿Qué hacen en el pueblo con mayor índice de paro de Europa? La respuesta la da una emigrante retornada al pueblo: «Siempre ha sido así. Esto es un pueblo a la antigua usanza. La gente está en sus casas. Pero no quiere decir que esté muerto», vindica. La vida fluye, pero de puertas a dentro.

La eterna espera

Entre los centros vitales del lugar, como no puede ser de otro modo, se encuentran los bares. En Pedro Martínez, con una población censada de 1.300 habitantes, hay siete. En uno de ellos, a mediodía de un miércoles, la periodista se encuentra con dos hombres y una mujer que charlan animadamente entre bromas sobre la cantidad de solteros que hay en el pueblo. Tras romper el hielo con la forastera, cambian de conversación y confiesan que la búsqueda de un empleo en el pueblo es harto compleja. ¿Qué posibilidades de buscar un trabajo hay aquí? El tejido empresarial es prácticamente nulo. Y el campo parece ser la única alternativa.

Belén Vílchez es una de esas personas que viven al límite. Cuenta que está desempleada, separada y con cinco hijos a los que dar de comer. Hace cinco años que llegó a Pedro Martínez. «Aquí no hay trabajo y menos posibilidades. Yo hago cosillas aquí y de allá. Estoy esperando para que me llamen para limpiar en la escuela y algún jornal echo en el campo. Pero con mi situación, con los niños, buscar un empleo que se adapte a mis circunstancias es mucho más difícil», asume.

Tiene una titulación como auxiliar de clínica y espera poder encontrar un hueco en la residencia de ancianos de la localidad. Es su única esperanza cierta de verse con una nómina.

Este geriátrico, tal y como explicó el alcalde de la localidad, Julián Lozano, es una de las dos empresas que tiene Pedro Martínez. Da trabajo a unas 40 personas. «Pero se necesita una cualificación», advierte como uno de los problemas del pueblo: la escasa formación. Por otro lado, existe una pequeña empresa constituida por tres mujeres en cooperativa de ayuda a domicilio y que emplea a nueve personas, entre las que se cuentan las tres fundadoras. Y nada más.

El resto de personas que no lleva el sello del desempleo son autónomos. Los dueños de los siete bares, los dos supermercados, la ferretería, la mercería y el próspero criadero de cerdos que regenta un marroquí desde hace unos cinco años. ¿Cuál es la alternativa del resto entonces? La agricultura. «El 60% de la población son temporeros y esto hace crecer la estadística del paro», advierte Lozano.

Estos últimos viven a un ritmo marcado por la temporada de la aceituna y de la uva. Trabajan entre dos y cuatro meses al año y, después, cobran la ayuda por desempleo.

Antonio Plantón Cortés y su familia -su mujer y sus cuatro hijos- viven todo el año de los jornales que cobran en el campo durante cuatro meses. «Dentro de poco nos vamos toda la familia a un cortijo cerca de Jaén a la temporada de la aceituna. Nos hospedamos en el cortijo del dueño de las tierras y allí estamos durante dos meses. Antes trabajaba en la construcción, pero está muy floja la cosa. Así que como ya nos conocen, nos llaman para echar jornales y así sobrevivimos el resto del año», explica Plantón. Por un jornal se pagan entre 40 y 50 euros.

Salvo casos contados, la mayoría de la gente tira para adelante gracias al subsidio y el salario social. Una renta que no supera los cuatrocientos euros al mes. Y así viven.

Sin miserias

A un ritmo animado por una vieja práctica aún viva en las pequeñas tiendas de barrio: la de fiar. Cuando llega final de mes y se cobra, se paga lo comprado en las pequeñas tiendas. Sin lujos, pero sin miseria. Algo que se nota en gestos como no querer cobrar la comida en el bar a la periodista que llega sin avisar a preguntarle por sus vidas. Quizá sea esto lo que defina la vida en Pedro Martínez: Hay necesidades, pero no miseria.

En el Ayuntamiento, la teniente de alcalde, Sonia García recibe a la extraña con una amplia sonrisa para dar su visión sincera del problema del pueblo. «Yo creo que lo que falta aquí es iniciativa», advierte. Y ella es el vivo ejemplo. Hace dos años estaba en casa cuidando de sus cinco hijos y 'echaba horas' como limpiadora.

Hasta que asistió a unos cursos de formación para Ayuda a Domicilio impartidos por el Ayuntamiento con ayuda de la Diputación de Granada. Un año más tarde, en abril de 2007, se había constituido junto a otras dos mujeres -Teresa Guillén y Encarnación Grande- en cooperativa para poner en marcha una empresa en este campo llamada, como no podía ser de otro modo, 'Grantesón S. A.'Ahora atienden a 40 usuarios. «Nos da para ganarnos el sueldo, sin más. Pero tenemos empleadas a seis mujeres. Y con la ley de dependencia, esperamos poder emplear a tres personas al haber 14 casos más que atender», calcula.

La iniciativa

La de Sonia García -al margen de la residencia de ancianos- es la empresa paradigma del único camino que puede encontrar el que quiera subsistir. O emprendes o emigras. Y a la hora de buscar posibilidades, la teniente de alcalde sueña con rapidez.

«Si contásemos con una carretera buena, se podría haber montado una cantera aquí, que hay posibilidades. Pero las empresas huyen al ver las comunicaciones del pueblo. También se podría montar algún negocio turístico, de rutas de senderismo. Hay vistas impresionantes y parajes encantadores. Al hilo de esto, podría nacer un hostal. No hay donde hospedarse aquí, por ejemplo. Y, sobre todo, se podría explotar los vientos que soplan en esta parte para realizar vuelo libre. Ya nos hemos puesto en contacto con varias empresas para que exploten esta posibilidad». Pero las ideas novedosas y las ganas, por desgracia, no son la norma.

Ante este reto se encuentran ahora los habitantes que han participado en el taller de empleo cuyo cartel luce resplandeciente a la entrada del pueblo. 18 personas han trabajado durante once meses, con un sueldo de 1.000 euros, en la rehabilitación de un antiguo almacén para convertirlo en centro de día para mayores. En diciembre echan el último jornal.

-¿Qué haréis a partir de ahora?

-Pues quién sabe A ver qué sale.

Ésta respuesta es de la mayoría. Pero entre la mayoría siempre hay una excepción. Un ejemplo que, de cundir, serviría de revulsivo al pueblo. Y esta actitud la tienen dos mujeres. Dolores Fernández y Dolores Fernández, a las que une algo más que el nombre y el apellido.

Se han formado como electricistas gracias al taller de empleo. Y piensan en su futuro inmediato de la siguiente forma: «Ahora, cuando acabe esto, estamos pensando en montar una empresa. Y prestar servicio también en los pueblos del alrededor. Aquí no hay nada parecido. Pero ya veremos, tenemos que pensarlo, informarnos y hacer cuentas», afirman con ese brillo en los ojos tan necesario en cualquier proyecto.

Sin este tipo de posturas, «el pueblo desaparecerá con el tiempo por la emigración», advierte la teniente de alcalde. La población ya se ha visto mermada en los últimos años. Y en el colegio -sólo de Primaria- quedan unos cien niños.

En el otro extremo de la geografía de la provincia se encuentra el pueblo de Zagra, con sus 1.150 habitantes, de casitas blancas encaramadas en una cuesta interminable al pie de un castillo.

El resultado de la citada estadística los ha llevado en los últimos días a protagonizar páginas de periódicos y reportajes de televisión. Algo con lo que, por qué no decirlo, no están demasiado satisfechos. «Algunos han dado una imagen de pueblo miserable donde se pasa hambre. Y no es así. No podemos negar los datos del paro, vale. Pero este pueblo tiene ganas de luchar y de salir adelante», advierte con ímpetu Antonia Cordero desde Zagra Textil S. A., una de las dos textiles que, ahora mismo emplea a entre ocho y nueve personas. Su hija, Silvia Ruiz, recuerda que hay más de 80 diplomados y licenciados, gente joven que está estudiando fuera. «Y podrán hacer algo por su pueblo en el futuro ¿Por qué no?», apostilla Cordero.

Más ayudas

Esta empresaria habla para defender al pueblo. Pero no todo el mundo tiene la misma disposición. La reciente fama y su motivo no ha sentado muy bien. En un supermercado, por ejemplo, no quiere ni ver a ningún periodista. «Ya dije lo que tenía que decir y no hablo más», zanja la conversación la dueña de uno de los Covirán de Zagra.

En el despacho de la alcaldía también se notan los estragos del estudio. José León interrumpe sus cálculos sobre el empleo en el pueblo para ofrecerlo a la visitante. «Tenemos 47 personas en activo. Trabajadores que, la mayoría son autónomos», informa León.

Con un cálculo rápido con lápiz y un folio de papel es capaz de decir cuánta gente es población activa en el pueblo. Algo que dice mucho de la situación. «Mucha gente vive del subsidio, que son 400 euros más o menos», advierte mientras reclama más ayudas para talleres de empleo, con el fin formar y poner las bases de futuros negocios.

Eso sí, en Zagra, la mayoría de los habitantes tienen tierras, minifundios a los que se le saca 'algo' de partido. La cooperativa agrícola tiene 600 socios y muele unos 14.000 kilos de aceituna. «Este año, para más inri, será la mitad porque la cosecha ha sido muy mala», apunta el alcalde. Más leña al fuego de la crisis.

Pepe Trasierras es albañil y no ejerce como tal desde «hace unos cuantos años porque no hay trabajo». «Yo también dependo mucho de la aceituna», advierte y de los 400 euros de ayuda al mes.

Junto a su vecino, Manuel Quintana, explican en el bar -la mayoría están llenos- que en su caso, su familia vive de la ayuda del Estado. Él y su mujer llevan años de baja y su hijo ha perdido recientemente el trabajo. «Y no me importa reconocer que tengo que tirar de sobras del día anterior para comer», dice.

De cualquier modo, Zagra, con sus cuatro bancos y cajas de ahorro, sus tres gestorías, sus comercios, su clínica dental y su bonito complejo de casas rurales a las afueras no se parece en nada a un pueblo deprimido.

Ni en un sentido ni en otro.

rociomendoza@ideal.es
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