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16.11.08 -

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HACE unos días compartía una Jornada en Madrid -entre otras personas- con D.ª Ana María Campo (Presidenta de Stop Accidentes) y D.ª María del Mar Cogollos Paja (Presidenta de AESLEME),comentando la importancia de conseguir que se forme una profunda conciencia social de que el hecho de tráfico del que se derivan consecuencias adversas para la integridad física, o la vida de las personas, siendo accidente, ni es accidental, ni es inevitable.

Por un serie de causas interconectadas -una consecuencia nunca procede de una sola causa-, la accidentalidad ha disminuido, pero solo si trascendemos la atención -insuficiente pero necesaria- prestada en este día de recuerdo, transformando un hecho puntual en una actitud diaria como usuarios de las vías circulatorias -conductores o peatones- conseguiremos sacudir lo suficiente nuestro interior, y rechazar que puesto que circulamos, es socialmente aceptable y aceptado que ello causará, cause, 'bajas' en nuestros semejantes o en nosotros mismos en porcentajes superiores a cualquier epidemia, o iguales a un conflicto bélico.

La pregunta sobre la mesa creo que es: ¿hoy también debo aceptar impasible que el uso de vehículos acabe con mi vida o la de mis semejantes? ¿Que circulemos debe imponer a los demás en mi ciudad, en sus carreteras el mismo riesgo que unas balas perdidas, o el fuego amigo, en una guerra?

No planteo que al preparar y aprobar el examen para el carnet de conducir, estemos firmando sin saberlo -que no- una cláusula de aceptación del riesgo, propio y ajeno, de infligir o sufrir daño, sino que por abandonar el abrigo de nuestra casa, sin ser conscientes, estamos aceptando ese riesgo.

Si la respuesta es negativa, no cabe la candidez de aquel slogan de los 60 ('que se pare el mundo que me apeo') sino la acción positiva de todos, no hoy, cada día incorporándola a nuestra actitud vital, solo así, creo, conseguiremos un cambio real, perceptible.

La Organización Mundial de la Salud, Bruselas, los Gobiernos reflejan en su actuar que, cada vez más hay un compromiso nacional y supranacional, de corregir, reducir el número de víctimas del fenómeno circulatorio, pero en esta materia especialmente, el objetivo sólo puede lograrse si con independencia de la acción de nuestros políticos, del poder legislativo, del poder judicial, nosotros, los ciudadanos tomamos conciencia intima de nuestra capacidad de provocar el cambio tras la reflexión que antes planteaba.

Educación y respeto, entendidos -buscados cual objetivos- como valores íntimos de cada uno de nosotros, y trasladados al ámbito viario, junto con la autotutela, el autocontrol, mirar a los demás -por los demás- al hombre, como fin no como medio, pueden ser positivos.

Cuando se analizan las causas mas frecuentes en el accidente de entre ellas resalta desgraciadamente el factor humano; tomemos como ejemplo el tema central del reciente Focus Group VII, Jornada organizada por Attitudes, en él -resumiendo mucho, para ser gráfico- ante el interrogante sobre la salud vial, por encima de los demás planteamientos se concluía que efectivamente el conductor necesita terapia. Me explico, es preciso que antes que los demás, la persona que se dispone a conducir, consciente o inconscientemente se 'autochequee' y conozca si está en condiciones de desarrollar una conducción segura, por razones de salud (medicamentos), porque se halle desconcentrado, por que la crisis, -en su familia, la hipoteca, el desempleo, el divorcio....- restan, merman peligrosamente su atención convirtiéndolo en un riesgo potencial para si y para los demás, que no debería imponerse, y que no debería imponernos.

Si antes de circular, nos sometemos a un auto-examen, y -con rigor- nos cabe duda, no debemos de conducir. Sí, advertidas de la importancia, como una actitud vial, rechazamos, cada uno, poner en marcha la máquina -que es un objeto sólido al que imprimimos inercias desmesuradas- conscientes de que vamos a generar un peligro más allá de lo socialmente aceptable, no tendrá que acudir desde el ámbito externo a nosotros ningún agente de la autoridad a cuestionar nuestra capacidad, o ningún accidente a demostrarnos que nos habíamos equivocado.

Conducimos como vivimos y debemos vivir conscientes del riesgo, dejar de asumirlo, y sólo así -si yo lo cumplo- podemos exigirlo de los demás, esto es, el cambio empieza en uno mismo. En efecto, estamos en el camino (la siniestralidad desciende), pero debemos ascender un escalón, y llegar al compromiso personal, a la actitud vial positiva, recordar que conducir es un acto consciente que, si no es seguro, debo evitar. Solo así cuando en el 2009 celebremos nuevamente este día el número de víctimas de la violencia vial habrá descendido.
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