
El viaje hasta allí es a bordo de un Chevrolet del 54 que su propietario llama 'la ONU', porque el alternador es de un tractor, el carburador y las bujías de un Rochester americano, los pistones de un Volga soviético y la caja de cambios de un Mitsubishi . El caso es que anda y da de comer a un matrimonio con tres hijos. Cuando el taxista detiene el vehículo, después de una carrera de 40 minutos, todo apunta a que ha equivocado la dirección. Es un descampado cubierto de polvo y restos de papel y basura, con un bosque al fondo al que se accede cruzando una puerta hecha de un somier desvencijado.
Entonces aparece el tanque, un depósito de aguas que emerge de la espesura como un periscopio roñoso. Un camino de tierra se adentra entre los árboles y al cabo de cinco minutos aparece una mujer en un recodo sentada a una mesa repleta de billetes y cambios. Los habaneros entran primero y pagan cinco pesos cubanos por pasar de ahí, menos de medio euro; el de fuera, cuatro veces más, y en divisa. Es el peaje por franquear la entrada a un yuma, un extranjero, que además viene con cámara y despierta de inmediato el recelo de todos. La valla de gallos es un espectáculo clandestino. Lo es porque el régimen prohíbe las apuestas, aunque en Cuba eso sea como ponerle puertas al campo.
Atendidos «como niños»
El espectáculo comienza antes incluso de asomarse al coso donde se desarrollan los combates, brutales, sanguinarios. Mientras los propietarios 'empatan' a sus campeones, se suceden las apuestas de dados, los juegos de cartas, el tráfico de puros, la venta de comida... Hasta un peluquero aprovecha el intervalo entre peleas para trasquilar a aquellos que no han salido desplumados de las apuestas.
La tormenta comienza a descargar con furia sobre el campamento, lo que no impide que el ambiente se caldee conforme se acerca la hora de que los gallos salten al coso. Sus dueños inician entonces un ritual que se remonta a las haciendas de esclavos. Las aves son ante todo una inversión y por ello son objeto de todos los cuidados imaginables. Don José supera los 70 años pero le delata el brillo de los ojos. Es un 'tiburón', un hombre de negocios que comenzó de crupier en el casino del Nacional y ahora vive en El Vedado, el barrio de las embajadas. Es criador y recorre el país en busca de pollos, desde las plantaciones de Pinar del Río hasta el último rincón de Baracoa. Asegura que parte de su fortuna la ha hecho con las vallas: «Algunos de mis gallos han aguantado hasta diez peleas -dice con orgullo- y eso son muchos pesos». Escuchándole uno pensaría que siente por sus aves la misma pasión que por los hijos. «Hay que cuidarlos como si fueran niños. Darles su picadillo de carne con huevo, que tengan su propio harén. No regatear esfuerzos para que cuando salten a la arena tengan ganas de bronca».
La mejor época del año para que peleen es enero, aunque aquí la necesidad empuja a los propietarios a participar en vallas todo el año. Buena prueba de ello es que el recinto está a reventar. Los criadores pesan a sus campeones ante la atenta mirada de sus rivales; les pelan y luego limpian con alcohol sus muslos poderosos, resortes sin un atisbo de grasa y perfectamente engrasados para saltar al ataque; les colocan los espolones, unas cuchillas que adhieren con resina y que una vez sujetas a sus patas se convierten en armas letales. Les abrazan protectores, susurran al oído, simulan gorjeos como si compartieran un secreto, el plan de ataque que les hará invencibles.
En la valla, entretanto, el ambiente se dispara. La tensión se palpa en el aire porque cambian de manos muchos miles de pesos. Y eso, en un país donde el sueldo medio apenas alcanza los 14 euros al mes, es un asunto de vital importancia. Apostamos por mediación de un viejito que se sienta a nuestro lado y que tiene todo el aspecto de ser un académico de las vallas de gallos. Entre el 'tuerto' y el 'colorao', aconseja apostar por este último, aunque no distingamos un pollo de otro. La apuesta no es pareja: 100 a 80. Significa que ganar se pagará con 80 pesos, mientras que perder costará 100.
Código
Los combates se atienen a un estricto código que contempla desde qué hacer en caso de apagón hasta las medidas a adoptar cuando un gallo rehúye la pelea. Claro que se supone que un combate no debe durar más de 20 minutos y éste se prolonga nada menos que una hora. El espectáculo es indescriptible, no tanto por los gallos que se baten en el albero con fiereza y a velocidad de vértigo, como por la batalla campal que se ha desatado en el graderío y en el propio coso, donde media docena de 'gorilas' reparten empujones y puñetazos entre el público que se echa encima para no perder detalle y que amenaza con alterar el curso de la pelea.
Contra todo pronóstico, el 'tuerto' demuestra tener más vista que su rival y aquello se convierte en un volcán, porque la pelea enconada ha durado prácticamente hasta el final. Vuelvo la vista a mi consejero con un gesto de reproche y le descubro mirando más allá de los contendientes, a una mulata de apenas 17 años que se yergue toda digna en el graderío acompañada de la que, al parecer, es su madre. «De tanto madurar -dice el viejo con un suspiro- se va a pudrir en la matita». Si es que no se puede estar a todo.








