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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Granada

GRANADA

La Alpujarra concentra el mayor número de personas enterradas en fosas comunes durante la Guerra Civil. Testigos o depositarios de aquellos hechos aún mantienen vivo el recuerdo
07.09.08 -

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La memoria contra el olvido
JULIO de 1936. Un grupo armado recorre Torvizcón y, de casa en casa, arrancan a veinte vecinos. Nunca más los volvieron a ver. De allí los llevaron al barranco de El Carrizal, en Órgiva -hasta donde se desplazaban vecinos de Motril 'a matar' a cambio de una botella de anís-, les tiraron un tiro y los cubrieron con cal. Años más tarde, en unas obras de ensanche de la carretera, quedó al descubierto la fosa donde fueron enterrados y, según el testimonio oral que recogió el historiador Juan González Blasco del que fuera guardián de El Carrizal (ya fallecido), los huesos los trasladaron al paraje de Fuente de Mariano, a la entrada de Órgiva, junto a la primera y más antigua gasolinera de la Alpujarra.

Agosto de 1936. La guerra vive su mes más despiadado y sangriento. También el de mayor descontrol. En esta misma localidad detienen a Manuel Rueda, su hijo y otros tres hombres de nombre desconocido. El mismo procedimiento. Idéntica saña. Los llevan a un barranco -en esta ocasión al de Alcázar, también conocido por Ácula- cavan una fosa, los matan y sus cuerpos los cubren con tierra. Nada más se supo de ellos.

El destino sí propició que se tuvieran noticias certeras sobre las últimas horas que vivieron otras 25 personas de Torvizcón que el 14 de agosto fueron detenidas y, al día siguiente, transportadas, fusiladas y anónimamente enterradas en los Llanos de Contra, en el Valle de Lecrín. Aniceto Góngora Montero era uno de ellos. Tenía 20 años y, al igual que su familia y la mayoría de jóvenes de la localidad, leales republicanos. Una sobrina, Pilar Góngora Nocete, de 55 años, ha custodiado la memoria de su historia a través del recuerdo que le transmitió su padre, José Agustín, que murió en 2004 a los 80 años de edad.

Aquel 14 de agosto

La historia comienza -que no termina hasta que desentierren sus restos y el de sus compañeros y los depositen en el cementerio de su localidad natal- aquel 14 de agosto de 1936 cuando en la casa de José María y Francisca se presentó la Guardia Civil preguntando por Aniceto, uno de sus cinco hijos. Estaba en el campo recogiendo carbón y, con la ingenuidad de quienes tienen la conciencia limpia y creen que los demás también la tienen, mandaron a Agustín a buscarlo. Pero nada más llegar a la casa fue detenido. Ninguna explicación. Ninguna respuesta. «Mi padre tuvo siempre la pena de que él fue quien lo buscó», dice Pilar, aunque piensa que la muerte de su tío quizás no pudo evitarse. Iban a por su familia y otros cuantos más. Todos en una lista. Con nombres y apellidos. El abuelo de Pilar también estaba en ella pero tuvo más suerte. Huyó al campo, se escondió en un zarzal y oculto permaneció durante una semana hasta que el pueblo estuvo bajo control del ejército republicano. Fue entonces cuando la huida la emprendieron los instigadores de las 52 detenciones y ejecuciones de personas de izquierdas que hubo en Torvizcón, entre ellas, un médico llamado don Manuel y un pequeño grupo de adeptos a la sublevación franquista.

Sí. Huyeron, pero con ellos se llevaron a aquel grupo de 25 personas entre las que se encontraba Aniceto. Lo hicieron en el camión de un vecino de la localidad al que obligaron dirigirse al Valle de Lecrín. Allí, esperando, estaba la casualidad, ese no se sabe qué, que para unos se presenta como un haz esclarecedor y, para otros, como una guadaña.

Los han matado

Fabián conducía la carreta que transportaba a la abuela de Aniceto desde Granada hasta Torvizcón. Al salir de Lecrín, en los Llanos de Contra, se encontraron con un hombre al que rápidamente reconocieron: era un vecino del pueblo al que vieron llorando junto al camino. Preguntas y respuestas. Había salido despavorido al ver que quienes habían utilizado su camión eran verdugos que llevaban a sus víctimas «como borregos al matadero», afirma Pilar. Fabián se acercó a ver lo que pasaba. En un bancal estaba abierta una fosa. Los colocaron en fila y, uno a uno, fueron cayendo en aquella lejana tierra donde quedó sepultada su vida y, con ella, la del olvido colectivo.

No venganza. Sí justicia

A Pilar Góngora le es difícil olvidar las atrocidades de aquella guerra que su padres y abuelos les contaban a ella y a sus otros cinco hermanos. Recordar, por ejemplo, cuando su madre Ana -que en la contienda tenía unos 10 años- rememoraba el día que estaba guardando cabras en el barranco Verdevique (Cástaras), cerca del paraje Los Morenos, se escondió atemorizada al ver unos guardias civiles que comenzaron a matar a un grupo de unas diez personas, entre ellas, un niño de 14 años. Pero lo peor no fue lo que vio sino lo que oyó. Y oyó las palabras que aquel niño le dirigió a uno de sus verdugos:

-¿Me vas a matar que soy tu hijo?

Ana cerró los ojos y escuchó el disparo. En verdad era su hijo. Todo el mundo de la zona lo sabía. Se trataba de un hijo ilegítimo.

«Quienes perdimos algún familiar republicano en la guerra y no sabemos que pasó con ellos ni donde están enterrados, no buscamos venganza -¿de quién nos vámos a vengar?, se pregunta Pilar-. Lo único que reclamamos es que se reconozca que los mataron y que no murieron en su cama. Porque lo más sorprendente es que en el caso de mi tío Aniceto, como en el de otros muchos, nos hemos encontrado con que su partida de defunción existe pero, en ella, se especifica que la causa de su fallecimiento fue por muerte natural».

Alfonso Morón Carrión, de 79 años, es otro vecino de Torvizcón que era sólo un niño cuando estalló la guerra. Sus recuerdos son vagos excepto los que les tocó vivir a su familia cuando su padre fue víctima de una estafa -compró en Cádiar 20 ovejas y 20 borregos que habían sido robados- y pasó los tres años de la contienda en la cárcel de Baza, recogiendo esparto por las mañanas y haciendo enseres por la tarde en el patio de la prisión.

Poco más. No habla de fusilados, desaparecidos ni de fosas comunes. Al menos, no quiere hablar. Sí lo hace de muchas mujeres que vivían en cortijadas de Torvizcón y de otros pueblos cercanos a quienes, tras finalizar la guerra, les rapaban la cabeza para señalarlas como 'rojas' aunque en muchos casos lo que se escondía era una venganza de tipo amoroso no satisfecho.

Pilar también lo rememora porque en su familia se vivió de cerca este caso. «Una noche se presentaron en casa de mi tía Dolores -hermana de mi padre y de Aniceto- unos individuos para pelarla. En la vivienda sólo se encontraban ella, la abuela y tres hermanos. La abuela se opuso a que la puerta se abriera pero Dolores respondió:

-¿Cómo que no! Ahora mismo la abro. Tú coge la hoz --les dijo a sus hermanos- tú el rastrillo y tú el azadón, que yo cogeré el hacha».

Dolores abrió la puerta. Ninguno de aquellos espontáneos barberos se atrevió a traspasar el umbral.

Cárcel y represión

Y es que el coraje de muchas mujeres durante y después de la Guerra Civil aún la recuerdan muchos alpujarreños. A José Manuel Jiménez Antequera, de 54 años, se lo contaba su abuelo Antonio cuando él era un niño. Historias que le impactaban porque su generación era otra y le costaba trabajo comprender que a muchas mujeres las apresaran, desraizaran de sus casas y familias y se las llevaran a un cortijo de la zona -hoy habitado por extranjeros que readaptaron como prisión- donde, de vez en cuando, las sacaban en grupo para ser fusiladas.

-¿Ves el hueco que hay en ese montículo?, le decía Antonio a su nieto cada vez que pasaban por el camino que une la Contraviesa con Cádiar, donde acudían al mercado a vender animales, productos de la tierra o moler el trigo.

-Pues ahí, hay decenas de personas enterradas de los dos bandos, le comentaba.

Allí, en Los Cipreses

Antonio estaba en el bando nacional -como muchos lo siguen llamando- al igual que Manuel Galdeano Ortega, de 86 años, a quien cuando le preguntamos sobre la gran fosa común en el paraje donde José Manuel nos condujo, exclamó con los brazos en alto:

-¿Cómo no voy a conocerla si esa finca se llama Los Cipreses y era de mi padre!.

Manuel Galdeano ha regentado la Venta del Tarugo, que su padre compró en 1909, y que los republicanos utilizaron durante casi un año como cárcel de unos 70 presos «de derechas» que construyeron la carretera que va desde la Venta del Mediodía al Haza del Lino. Con una memoria privilegiada aún evoca aquella partida de quince vecinos de Albondón que fueron fusilados y enterrados en la zona. «Los llevaban atados de dos en dos con una cuerda en las muñecas. A Los Cipreces trajeron a siete, entre ellos un niño de 14 años que era el mozo del alcalde de Albondón y otro al que llamábamos 'Vida larga' porque logró cortar la cuerda, saltar del camión y huir a Málaga. Pero, ¿sabe? -dice Manuel-. Lo del mozo fue muy cruel. Cuando el alcalde entregó la lista de quienes había que fusilar, alguien le comentó:

-¿A éste también?

-A éste el primero, respondió la primera autoridad. Puede que sea el cordel de nuestra garganta el día de mañana.

Quienes murieron en Los Cipreses ni tan siquiera llegaron a ser sepultados. Fueron tres lugareños -Frasquito 'el del Pescaero', Francisco 'el Colorín' y Eulogio del cortijo Los Cósares- los que se encargaron de cubrirlos con tierra pues los animales estaban devorando sus cuerpos.

Y es que sus verdugos tenían prisa. Prisa por llevar a los restantes detenidos hasta el cortijo de El Castillejo, en Cástaras, para rematar su cometido. Allí, los colocaron en lo alto del muro de un puente y les fueron pegando un tiro para que directamente cayeran al vacío. A todos, menos a uno que aprovechando la confusión se tiró él mismo, se hizo el muerto y logró huir. Para los demás, nada de fosas y sepulturas. En este caso, el odio encontró de compañeros de viaje el desprecio por la vida y el olvido.

mvfernandez@ideal.es
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