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03.09.08 -

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Sr. Director de IDEAL: Tras leer en el periódico de su dirección, hoy 1 de Septiembre, la información procedente de distintas fuentes, entre las que se incluyen las opiniones de la sra. Delegada de Educación, me permito ofrecer otro punto de vista con el fin de completar la visión que sobre los profesores que rechazamos la llamada Orden de Incentivos puedan tener los lectores de su periódico.

Dejemos a un lado el tema de los datos que posee un determinado sindicato sobre la aceptación y el rechazo de los claustros al Plan de Calidad. No es ésta la cuestión principal; lo que duele es la falta total de sensibilidad a unos argumentos que por distintos medios se han intentado hacer llegar a la Consejería de Educación y a la opinión pública, y la reiteración de torcidas interpretaciones sobre los motivos del no.

Miren ustedes, señores de Comisiones Obreras, señora Pérez y señora Delegada: no es el miedo al trabajo en equipo ni a la innovación, no es la falta de experiencia en el trabajo coordinado, no es que no queramos «el dinero que pone el empresario encima de la mesa». Es algo más serio y más sutil que todo eso. Es nuestra dignidad como profesores y como funcionarios públicos lo que motiva nuestra negativa a su Plan de Calidad y Mejora.

Decía Marx en La Cuestión Judía que «el dinero humilla a todos los dioses del hombre y los convierte en una mercancía». Aquí es donde radica la semilla de la discordia que ha traído esta disposición administrativa:

Algunos entendemos que, en nuestra actividad, en nuestro trabajo docente, hay determinados aspectos que no son objetivables en un precio y que no es posible ni, si lo fuera, deseable sustituir la conciencia profesional por un incentivo económico: ni los buenos docentes lo son por mera cuestión económica, ni cobrando más serán mejores ni más comprometidos docentes quienes tengan una conciencia más laxa. Acogemos con ansiedad apremiante todas las fórmulas que posibiliten, no mejorar los resultados como primer objetivo, sino la formación de nuestros jóvenes. Lo que no nos parece bien, lo que pervierte, entre otras cosas, el anterior propósito, es precisamente el incentivo económico.

Dada la mala situación de Andalucía en materia educativa, no debe existir alternativa al compromiso colectivo con la mejora de la práctica docente. No tiene sentido que, a partir de la citada Orden, pueda haber profesores y claustros 'comprometidos' y profesores y claustros indiferentes. Ni es socialmente admisible el no compromiso del profesorado con la mejora de su práctica, ni es justa para los alumnos la posibilidad de que su centro y sus profesores sean de los que no se comprometen con mejorar día a día la calidad de la enseñanza. A la autoridad corresponde, a partir de los correspondientes análisis de la realidad, marcar unas directrices que deben ser seguidas por todos, aumentar el gasto en educación y asignar más recursos a los centros que más lo necesiten, independientemente de que sus claustros decidan sumarse o no a determinados proyectos.

Se nos ha llegado a tachar a quienes hemos dicho no al Programa de Calidad y Mejora de impedir al resto del profesorado poder desarrollar una labor de cambio y de trabajo en equipo. Pero, me pregunto, ¿no estamos ya obligados a ese tipo de actuaciones?, ¿para qué estaban y están los proyectos curriculares, los planes anuales y sus evaluaciones, los claustros de profesores, los departamentos didácticos, los equipos docentes y la nueva autonomía organizativa de los centros? ¿Hacen faltas más inventos? O acaso ¿es otro el problema?

Atentamente,
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