Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 30 agosto 2014

Más Actualidad

ALASOMBRADELPANJIL

09.08.08 -

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
LO habíamos decidido de mutuo acuerdo, como lo hacemos entre abogados. Aprovecharíamos la generosa oferta de mi socio del Despacho, y Puri y yo nos iríamos a pasar una semanita a 'tutti plan' al piso que Daniel tiene en la costa tropical. Dejaríamos el niño con mi mamá política y así nos olvidaríamos de tanto expediente de crisis como estábamos tramitando en los últimos meses. Junto al mar intentaríamos retomar el pulso de la vida, apartados de tanto lagrimeo bursátil y tanta frustración hipotecaria. ¿Tengo que decir que la situación financiera de nuestros mejores clientes nos tenía seriamente afectados tanto en los aspectos laborales como en los que atañían a nuestras relaciones matrimoniales? Unos días apartados de todo papel que oliera a debacle financiera no nos vendría nada mal.

Cuando vi la montaña de cajas de zapatos que Puri se disponía a cargar en el coche sentí la primera duda sobre el éxito del viaje, duda que se acrecentó cuando, instantes después, la sorprendí frente a su armario lamentándose de que no tenía nada adecuado para la playa, mientras decenas de vestidos colgaban en las perchas luciendo con una tersura y elegancia triste como si fueran tesoros abandonados por un niño caprichoso, o miembros de una rancia familia de aristócratas repentinamente caída en desgracia.

-Te recuerdo que no llevamos nada de fruta y a ti te gusta por la mañana- fue lo primero que me dijo ya en el coche con un tono cortante, como para animar el cotarro, porque cuando estamos solos, o salimos de viaje se vuelve arisca de forma tan repentina como inexplicable. Para no aumentar la tensión y solucionar cuanto antes el problema detuve el coche en uno de los tenderetes que hay junto a la carretera en la espectacular cuenca que el río Guadalfeo ha ido labrando junto al Tajo de los Vados. Por la mirada de Puri supe que el puesto elegido no era ni el más higiénico, ni el más surtido de los posibles, pero ya estábamos allí. Un señor dormitaba en una tumbona debajo de un burdo toldo de cañizo rodeado de cajas por todos lados. Olía a mezcolanza de frutas en sazón, tanto que arañaba la nariz. El señor, entrado ya en años, abrió un ojo, me miró y lo volvió a cerrar. La vendedora, su esposa sin duda era también entrada en años, pero tenía un lustre en la piel y una viveza en sus ojos que traicionaban el carnet de identidad. La alegría, soltura y el desparpajo con que nos atendió sin perder en ningún momento la sonrisa, contrastaban con el hieratismo y la sequedad de Puri señalando la fruta con el dedo como si temiera hablar.

-Buenos días amigo- me saludó el dormilón.

-Buenos días- le respondí.

-¿Para la playa no?

-Pues sí -contesté-, a ver si nos reponemos del trabajo-, y me lanzó una sonrisita que entendí como de inteligencia pero cuyo sentido no llegué a captar, y siguió dormitando.

Pero cuando ya nos disponíamos a irnos el señor sin levantarse de la hamaca me llamó:

-Perdone Vd. Hay unas sandías muy jugosas que, fresquitas, entran muy bien-, me dijo insistiendo en su extraña sonrisa.

-Tengo entendido que son diuréticas ¿no?- dije por decir algo. Después de reflexionar unos instantes me miró y me dijo:

-No son sólo diuréticas. Muchas veces ignoramos el potencial de los alimentos hasta que alguien nos lo enseña. La sandía tiene nutrientes como el betacaroteno, el licopeno y sobre todo la citrulina. Y te aseguro que con ella el estandarte de la victoria volverá por donde solía. ¿Me comprende ahora?-. Yo le dije que sí. Reconozco que estaba un poco nervioso ante tanta insistencia pero no intuía por donde iba. Le compré dos y me regaló otra, y me apretó la mano sin dejar de sonreír con esa sonrisa especial sin dejar de mirar a Puri como si la estuviera sopesando. La mujer también sonreía y establecían entre ellos miradas de complicidad.

Cuando llegamos al piso, con unas generosísimas vistas sobre el mar, tuve que convencer a Puri de que no podíamos cambiar los muebles de sitio, pues, aparte de que no era nuestro, no valía la pena para una semana que íbamos a estar allí, por lo que, sin más, se refugió en el cuarto de baño «para no estallaaar», según iba gritando mientras cerraba la puerta.

Yo me animé con la sandía y corté una raja que sonó hueca como un ensalmo mágico. Devoraba la pulpa con ansia mientras con los ojos me bebía la plenitud inmensa del inabarcable., del glorioso mar. Después me tomé otra raja; estaba realmente exquisita.

Sentí que Puri estaría desolada en el cuarto de baño por mi negativa a cambiar los muebles de sitio y allí fui. Lloraba frente al espejo desconsoladamente. Se le había corrido toda la pintura por la cara y parecía un cuadro embadurnado. La abracé tiernamente esperando su rechazo. Curiosamente, sin dejar de dar alaridos, me abrió los brazos y todo lo demás y me aceptó. Poseídos por una pasión ciega fuimos saltando de habitación en habitación sin sentido aparente y en todas parecíamos dislocarnos y sentir efluvios eróticos desconocidos. Queríamos quedarnos allí pero enseguida huíamos en busca de otra que estuviera cerrada. Había cinco dormitorios, con cinco lechos. (Daniel tiene familia numerosa).

Durante los días que siguieron apenas salimos a la calle; sólo para comprar lo mínimo para subsistir y volver a retomar el circuito loco de habitaciones y lechos.

Cuando llegó el séptimo día, se cumplió el dicho bíblico y efectivamente descansé. Puri se había recuperado del stress pero parecía que venía de una guerra: agotada y llena de moratones, desgarros y heridas.

El último día mirábamos el mar en silencio. Ella me acariciaba los hombros con una mano mientras que con la otra me daba de comer como si fuera un pajarito. Al levantarme noté que las piernas me temblaban y estuve a punto de caer. Puri no cesaba de susurrarme al oído palabras de amor que nunca se había puesto en su boca y lloriqueaba sin parar, arrepentida de algo que no entendí.

De regreso decidí parar otra vez en el tenderete. El señor me recordaba porque ahora sí se levanto de la hamaca. La señora también pues me sonrió con picardía.

-Le quiero dar las gracias porque creo que entendí su mensaje y me fue muy bien-, le dije algo nervioso.

-Yo sabía que le vendría bien. El único inconveniente de la citrulina es el de los ardores.

-¿Qué ardores?-, pregunté yo extrañado.

-Los que provoca comer la corteza.

-¿A qué corteza se refiere?

-A la corteza de la sandía. Ahí es donde se concentra la citrulina.

Cuando regresé al coche Puri, sin dejar de maquillarse, hablaba con su madre por el móvil y le contaba sin parar las excelencias de nuestras excursiones por la zona y la maravilla de los restaurantes que invadían la costa.

-Por cierto- oí que le dijo con una voz pletórica:

-¿Tenéis sandías en casa? Es que después de una semana fuera tenemos la despensa vacía.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Vocento
Proveedor Servicios InternetRSS