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31.07.08 -

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EN ese gran circo dinerario que se ha dado en llamar Operación Triunfo (OT), tan jaleado por multitud de adolescentes y tan mediático de gentíos que aclaman y vitorean a esos aspirantes a barítonos, ha venido a ganar el concurso una dama andaluza, de cuento de hadas, una niña azul de ojos enigmáticos, como si la multitud de admiradores y entusiastas de estos aprendices de héroes, inventados por el efecto televisivo, hubiera querido votar el candor frente a la vulgaridad. Y es que tal vez con su voto los adolescentes han transformado en fábula ese gran circo mediático de la grosería y la vulgaridad, esa lastimosa academia que dirige un Ángel chocarrero y jalea la Noemí más hortera de cuantos partícipes de un jurado musical de televisión se conocen. Sin desmerecer, claro está, al jurado de otra perla televisiva: 'Tú sí que vales', un programa en el que los susodichos Ángel y Noemí comparten 'profesionalidad' con 'Los Morancos'. Ahí es nada.

Hemos asistido, así, al gran 'reality show' de la música, con la educación musical como pretexto, pero con la carrera de audiencias como justificación. No en vano el director de esta pantomima ejercía a la vez de patrono de un chat en el que él mismo pedía a sus alumnos que se desnudaran y que se besaran entre sí al mejor estilo de las comedias baratas del amarillismo ramplón.

Para los sociólogos y los entendidos en comportamientos sociales, acaso esta academia de majaderías ejerza de barómetro de una juventud que no parece aguardar nada, ni aguantar nada, sino que hace derroche de la prepotencia de quienes ejercen una suerte de tiranía sobre los demás. Una competencia devastadora, una falsía que supera con creces el más arbitrario absolutismo, el acoso por parte de los propios compañeros, y de los mismísimos profesores, lo vulgar y lo grosero a raudales, el alarde y la ostentación de los llamados caracteres diferenciales, el maniqueísmo, la falta de ingenio, la negación de la inteligencia se han derrochado profusamente en esta penosa academia sin cuecas ni charangos, del mismo modo que afuera, en la calle, se han despilfarrado páginas escritas en los periódicos y horas enteras en los programas de televisión.

Pero tal vez esa juventud que no escucha, ni aguarda, ni aguanta, esa juventud exhibida, mostrada a diario en el gran escaparate de los platós televisivos y los 'chats' de mensajes a 1,10 euros más IVA ha manifestado un sentido común que atrona los resultados de las encuestas y las estimaciones de opinión de los analistas. Tanto que, a la postre, el concurso se lo ha llevado de calle la más destronada de todas las aspirantes, la más desposeída, la más arrinconada, la única participante no adscrita a los clanes y las tribus y a los círculos de poder de esta academia de pandillas de barrio que, como ocurre en la sociedad diaria, se ha hecho notar descarnadamente entre artificios y prebendas.

Se diría, pues, que gana el candor frente a la prepotencia, la humildad frente a la afrenta, la discreción frente al exhibicionismo. Gana acaso la fábula del cuento de hadas, con su cortejo cuasi luctuoso de los caídos en el ejercicio de ese extraño y estrambótico combate. Caen símbolos amamantados durante semanas, caen favoritos de profesores, líderes de clanes, popes estigmatizados, caen lágrimas amargas y lágrimas falsas, y hasta cae el delirio de millones de euros sobre los que se sustentan grotescas ilusiones.

Así, la más enigmática, la más singular, la más frágil de todos los concursantes de este programa de multitudes -aunque siempre custodiada por el extravagante y controvertido Risto Mejide, ese profesor universitario y sumo sacerdote de la crítica inteligente y estrafalaria- se ha llevado el gato al agua y ha dejado con el ceño fruncido, no sólo a sus compañeros contrincantes, sino a muchos de los jurados, profesores de la academia, y comunes mortales de este moderno Reino de Taifas de a 1,10 euros el mensaje.

La dama azul de ojos luminosos -tan recatada en medio de un sufragio de procaces macarras- apenas fue vitoreada y felicitada en su victoria por algunos de sus compañeros que, a contracorriente de la más elemental cortesía, dieron buena muestra de su sectarismo, de su prepotencia y de la falsía que ha cundido en la academia de cantarines como si se tratara de una peste colérica. Como en la vida misma.

A algunas les faltó tiempo, una vez expulsadas de la academia, para quedarse en pelota picada ante los fotógrafos de Interviú. A otros les picó el arte que llevaban dentro, y oficiaron de comadreros, de esos que tienen por misión en la vida meterse en una ducha con alguien, hombre o mujer, sin pantalones y sin faldas y hacerlo público a los cuatro vientos, a ser posible ante las cámaras de televisión.

Así reza uno de esos comentarios de los foros de Internet: «Soy lesbiana y me da vergüenza que personajes (que no personas) como Iván y Ángel (el Miliki 'director' de la academia) tengan los típicos comportamientos de las conocidas 'mariquitas malas'. El mundo gay los ahorcaría. ¿Qué imagen! Un director de academia, aparte de buen pedagogo, debiera ser más serio, y ante todo un excelente profesional que sirviera de ejemplo a sus malcriados y vulgares, en este caso, pupilos. Valores como el compañerismo, el saber estar y la educación han brillado por su ausencia en esta edición de OT. Llácer y su circo de locas y leonas han convertido OT en un Gran Hermano de poca monta. Suerte del Mejide, que ha puesto el criterio necesario para salvar el nivel del programa».

Lástima que incluso la fábula, ese cuento de hadas que representa Virginia Maestro, la dama azul que ha cosechado la airada cólera de los tenores, los barítonos y los sopranos -y más de un arrebato de bilis de los jefes de los clanes-, pueda comprarse a razón de 1,10 euros el sms.
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