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19.07.08 -

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EL traslado de los restos de los muertos del camposanto de Lobres al nuevo cementerio ha desatado una polémica local que ha trascendido a nivel provincial. La imagen macabra de las tumbas abiertas puede ofrecer un rico filón de investigación a Iker Jiménez.

El nudo de la cuestión se ha centrado en la lentitud del desalojo y en el desagradable aspecto que ofrece el recinto. El escaso presupuesto del Ayuntamiento (para esto, claro) ha demorado en varios años el anhelado encuentro de muchos finados con sus descendientes y paisanos en el nuevo cementerio. Pero la cuestión es más profunda. Se trata de la demolición de un edificio histórico, decidida por un grupo de regidores municipales que hubiera paralizado cualquier obra, ante el hallazgo de un resto fósil de reptil o de cualquier otro animal. Y lo llamo histórico, porque es un camposanto que permanece junto a una ermita mudéjar, la ermita de San Antonio, recientemente restaurada en su exterior, que forma parte del núcleo urbano.

Las fosas de los pobres, que fueron abono de malvas y cardos y que sólo daban testimonio de su presencia por un pequeño caballón y una triste cruz de madera que las inclemencias del tiempo y la polilla se encargaron de devorar, se encuentran sepultadas por las nuevas edificaciones de nichos. Sólo se ha salvado la de don Bonifacio Caro, hombre bueno y con solvencia económica, que, consciente de que 'polvo era y en polvo se convertiría', quiso reposar en tierra y permanece bajo una lápida de mármol que le colocaron sus familiares, los Girón Caro. Y la lápida más antigua que consta en nicho es de finales del siglo XIX, de doña Elvira Ruiz de las Vacas Peña.

Los nichos son obra de 'artesanía'. Gran parte de unos albañiles inmigrantes: la familia Molina. Nichos construidos el mismo día de la muerte, bajo la lluvia, bajo el sol insaciable del verano o el azote despiadado de los vientos de otoño. Porque nadie quería ver levantada su tumba o cavada su fosa en vida... Nichos que, en determinados momentos, dadas las precarias condiciones en las que se construyeron, provocaron algún que otro problema de higiene en el entorno. Pero hoy los restos reposan ya serenos, sin reacciones químicas, y las tumbas son testimonio, con sus lápidas, de más de un siglo de historia de inmigrantes que, provenientes de diferentes lugares de la provincia (Murchas, Cástaras, Nigüelas, Mondújar, La Gorgoracha, Los Guájares...) repoblaron un pueblo con más de veinte siglos de historia, castigado y despoblado por fiebres pandémicas que asolaron la comarca. Inmigrantes que desde su feliz Arcadia ven hoy zozobrar las pateras con nuevas gentes que intentan conquistar por mar lo que ellos antes, y los rumanos ahora, alcanzaron por tierra.

La decisión, pues, del desalojo no es acertada. Es un error histórico, ya irremediable: van a desaparecer sepulturas de más de un siglo, con o sin su correspondiente identificación. Va a desaparecer el propio camposanto, anexo a una iglesia, como ya desapareció el recinto donde se enterraba a los que no morían cristianamente, para convertirlo en sala de autopsias, que nunca se ha utilizado. ¿A qué van a dedicar los trescientos o cuatrocientos metros de solar con innumerables restos humanos bajo la tierra? ¿A investigación antropológica? ¿O harán una plaza con un monumento a los antiguos pobladores? Ojalá en la mente de nuestros eminentes ediles florezcan ideas que tengan vida más gloriosa que la de desalojar las tumbas de nuestros antepasados, cuyas reliquias tendremos que sacar en treinta días. Esperamos una llamada para dar doloroso testimonio de un acontecimiento tan tétrico. Los muertos no son okupas: 'requiescant sine pace'.
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