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TRIBUNAABIERTA

18.07.08 -

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'A mi esposa, mis hijos y mis hermanos. Escribo estas líneas ante la perenne eventualidad de mi fusilamiento, de día en día más posible. Y quiero que sean en forma de testamento y como despedida de todos ellos a los que les hago presente, en estos momentos trágicos por los que paso, el desvelo y profundo cariño que por todos siempre sentí. Escribo hoy viernes 7 de agosto de 1936 y son las ocho de la noche. No sé lo que me sucederá esta noche. Y por ello quiero dejar ordenadas mis cosas dentro de lo posible. Cuanto hay en la casa y pueda perteneceros de la tienda son herederos obligatorios mi mujer y mis tres hijos Al suceder lo que espero, todos los días tened la seguridad de que mi último recuerdo será para vosotros. Os abraza vuestro esposo, padre y hermano. Luis».

Es la carta de despedida que escribió Luis Fajardo Fernández desde la cárcel, antes de ser fusilado por los franquistas. Luis Fajardo, que llegó a ser alcalde de Granada durante varios meses, fue ejecutado horas después de escribir aquellas palabras que son un ejemplo de valentía y entereza. Y la misma suerte corrieron otros alcaldes como José Palanco Romero, Constantino Ruiz Carnero y Manuel Fernández Montesinos. Un testimonio estremecedor que nos ilustra sobre la brutal represión que sufrieron miles de granadinos en el verano del 36.

Cada vez disponemos de más testimonios que documentan aquel trágico episodio de la Guerra Civil en Granada. La prisión provincial se convirtió en un campo de concentración y exterminio. Más de 2.000 detenidos se hacinaban en un recinto que apenas tenía capacidad para 400. Todas las noches había 'sacas' de presos, sin juicio previo, que los verdugos trasladaban en los llamados «camiones de la muerte» para fusilarlos en el cementerio. Los presos iban atados y eran colocados en fila, mirando hacia la tapia. Los golpistas no respetaban la costumbre castrense de ejecutar al condenado con los ojos tapados y de cara al pelotón. No había honores militares para los rojos. Eran fusilados por la espalda, como símbolo de humillación.

La escritora norteamericana Helen Nicholson, que se alojaba en el Hotel Washington Irving, muy cerca del cementerio, fue testigo de la matanza y describe su terrible experiencia en el libro 'Muerte en la madrugada': «Durante un tiempo se habían venido incrementando las ejecuciones a una velocidad que escandalizaba y disgustaba a todas las personas sensatas. El portero del cementerio, que tenía una humilde familia de veintitrés hijos, le suplicó a mi yerno que le encontrara algún lugar donde pudiera vivir su esposa y los doce hijos más jóvenes que tenía aún en casa. Su hogar, situado en las mismas puertas del cementerio, se había hecho insoportable para ellos. No podían evitar oír los disparos y a veces otros sonidos -los gritos y alaridos de los moribundos-, lo cual constituía toda una pesadilla».

El historiador Miguel Gómez Oliver nos dice que el pelotón estaba compuesto por guardias civiles que eran magníficos tiradores y algunos guardias de asalto enviados como castigo por su tibieza en los primeros momentos de la sublevación: «Forman dos filas: la primera, rodilla en tierra; y la segunda de pie. No hay orden verbal de fuego. Los disparos se producen cuando el oficial baja el sable desenvainado. Los presos caen agavillados y no todos muertos en el acto. El oficial desenfunda la pistola y asesta el tiro de gracia a cada uno de los ejecutados, también a don José Palanco Romero, cuyo cadáver fue enterrado en la fosa del patio de la Ermita del cementerio». Constantino Ruiz Carnero tampoco logró escapar de la masacre. En un gesto de solidaridad que les honra, Santiago Lozano, director de IDEAL, y Moreno Dávila, presidente de la Agrupación Profesional de Periodistas, intentaron salvar su vida, pero el sanguinario comandante Valdés se mostró inflexible. No tuvo clemencia para quien fue alcalde y director de 'El Defensor de Granada', el periódico que tanto hizo por la libertad, la igualdad y la justicia social en esta ciudad. El asesinato de Ruiz Carnero fue especialmente cruel. Según el investigador Agustín Penón, fue brutalmente golpeado en prisión y murió desangrado, ya que sus verdugos le negaron la asistencia de un médico. Más tarde, lo trasladaron al cementerio, lo ataron a un poste y fusilaron su cadáver.

Una foto de la Corporación municipal elegida el 14 de abril de 1931, día de la proclamación de la República, nos da una idea de la dimensión de la barbarie. De los 25 representantes municipales que se hicieron aquella foto de familia en el Último Ventorrillo de Huétor Vega, nada menos que 15 fueron ejecutados en la tapia del cementerio, marcada aún por los impactos de bala. El Ayuntamiento, gobernado por el Partido Popular, se niega a reconocer este lugar histórico. Ni siquiera ha tenido la cortesía de recibir a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica que pide la colocación de una placa para rendir homenaje a los 2.400 granadinos fusilados en la tapia por defender la legalidad democrática de la República. Entre las víctimas, muchos alcaldes y concejales, es decir, antiguos compañeros de corporación. El Partido Popular debe reflexionar, porque es inconcebible que, en plena democracia, Granada mantenga un monumento al fascismo en la plaza de Bibataubín y no haya una sencilla placa que recuerde a las víctimas del franquismo en la tapia del cementerio.
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