
Ayer por la mañana actuaron en Diputación y dejaron a todos los presentes con la boca abierta. Emociones a flor de piel. Cantan por los derechos de la infancia, para conseguir que el discapacitado no sea un invisible. Precisamente todo lo contrario que están sintiendo estos días. «Todos les felicitan por su trabajo, Europa les trata como héroes. Vuelven a casa como portavoces de la justicia», explica un voluntario de la oenegé.
Son veintiuna niñas y seis niños entre los once y los veinte años -aunque la inmensa mayoría está entre los once y los catorce-, juntos tras una historia excepcional: Los voluntarios de La Casa del Agua de Coco viajaron a Madagascar para analizar la situación de los niños discapacitados. Fueron centro por centro, hablando con responsables, conociendo casos, buscando soluciones. Pero fue en el poblado de Tulear donde, antes de marcharse, los niños de la zona les pidieron que se sentaran un momento porque les querían cantar una canción. «Salimos llorando», recuerdan los voluntarios. «Esto hay que darlo a conocer».
Hoy actúan en el Parque de las Ciencias a las 19.30 horas. El jueves en la iglesia de San Juan de Dios a las nueve de la noche. El viernes en Atarfe y el sábado en Benalúa. Para más información pueden consultar la web: www.aguadecoco.org. Además, entre ayer y el domingo que viene grabarán un disco en Deifontes para que su música no se silencie nunca.
Protagonistas
Cuando José Luis Guirao, presidente de La Casa del Agua de Coco -y padre de dos de las niñas del coro-, subió al estrado del patio central de la Diputación para presentar la primera de las tres canciones que 'Malagasy Gospel' había preparado, ya no quedaba nadie trabajando. «La letra está en margache y fue compuesta por ellos. En este caso, cantan un 'no' a la explotación infantil».
La primera voz sobrecogió. La segunda nota embriagó. Los asistentes se frotaban los brazos para controlar inútilmente los pelos como escarpias. No hace falta entender la letra, es absolutamente comprensible: un país entero entero cantando, exigiendo derechos, marchando a un lado y otro, como el ejército que, sin armas, jamás abandonó la batalla.
La segunda pieza la dedicaron al fresquito de la mañana. «Para ellos -sigue Guirao-, que viven en un país con tanto calor, es un regalo. Les ha encantado la nieve, los columpios, jugar en la calle y, sobretodo, comer todos los días». Ahora dieron pasos adelante y atrás, simulando la búsqueda y las cosas que han descubierto. Cargando la felicidad que se llevan a Madagascar.
Para terminar ofrecieron una de sus canciones estrella. Angelie tiene 16 años y es una artistaza. Ella dedicó un solo a los asistentes con el que cerraron la actuación.
Diálogos
Al terminar los niños se desperdigaron por el patio y atendieron a todos los presentes. Aunque hablar con ellos es prácticamente imposible, el diálogo de sonrisas es constante. A su alrededor hay una exposición de fotos tomadas por otro voluntario de La Casa del Agua de Coco. Son imágenes de Madagascar, de su pueblo natal y de los amigos que allí dejaron.
De la mano, una niña acompaña a un chico mayor, ciego, hasta uno de los retratos. Parece que le dice «aquí está», «la tienes delante». Él, alegre, roza las esquinas del marco y va cerrando círculos hasta llegar al centro de la fotografía. A su lado, un grupo de niñas señala las caras de cuatro zagales mientras repiten sus nombres religiosamente, presentándoles a los presentes a los que no han olvidado.





