'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal' resulta una anomalía en la era 'Matrix'. Los chavales que han crecido con filmes de acción sin pausas se aburrirán. Aquí, entre persecución y persecución hay diálogos irónicos para desmitificar al protagonista; hasta se le llama 'abuelete' y muerde el polvo en más de una ocasión. La trama -a ratos confusa- se detiene en la psicología de los personajes. Aunque a veces no baste el guiño cómplice del pasado para resucitarlos, como en el caso de la madura Karen Allen que, en certera y cruel definición de Nacho Vigalondo, resulta «demasiado Rosa León».
Quizá el daño ya esté hecho, y nuestra mirada, pervertida por el cine-videojuego, se aburre cuando la acción se empantana. Un mérito de esta cuarta entrega es, precisamente, que no busca apabullar por acumulación. No es el no va más de los efectos especiales, los escenarios exóticos y las peleas sin tregua. Si hace 27 años Spielberg y Lucas celebraron el cine de su infancia, ahora se permiten homenajearse a sí mismos y resultar políticamente incorrectos: esa calavera de cristal que espanta por igual a las hormigas rojas y a los indios de la Amazonia
Fruto de una familia divorciada, el autor de 'ET' se ha pasado todas sus películas en pos de la figura paterna. Al final ha conseguido el filme familiar por antonomasia, una gozosa celebración de la aventura que los emocionados cuarentones pueden ver junto a sus indiferentes hijos.





