La Torre de la Vela es la gran desconocida para esta ciudad y, paradójicamente, la edificación más antigua de las que existen en todo el municipio y la que tiene adosados a sus gruesos muros la mayor carga de historia e intrahistoria que ningún motrileño puede imaginar.
La torre, totalmente encerrada en nuestros días por las propias edificaciones parroquiales (incluido el pequeño jardín), además de las viviendas colindantes, lleva una década en el punto de mira tanto de la propia Curia como del Ayuntamiento de Motril. Precisamente, el empeño personal y profesional de quien fuera el mayor defensor de la recuperación de la Iglesia Mayor en su conjunto, el historiador (y en su momento concejal de Cultura), Manuel Domínguez García, obró dos grandes descubrimientos: Uno, la primitiva y original entrada a la iglesia-fortaleza, en el testero oeste (actualmente cegada y oculta) y, otra, el 'tesoro' que escondía la Torre de la Vela.
El propio Domínguez resta cualquier tipo de ingrediente macabro a la impresionante pirámide de osamentas y cráneos que colmatan su interior «En su interior se conservan los restos de la obra de madera que la dividía antiguamente en pisos y hay un gran osario procedente del cementerio del Carmen y que, según consta en las actas municipales, se depositó en la torre al quitar ese antiguo cementerio cuando a fines del Siglo XIX se construyó el actual». Luego, según el historiador, esa es la explicación lógica e histórica al singular y espeluznante hallazgo.
Sin fantasmas
Sin embargo, la presencia muda e inerte de tantos restos humanos no ha llenado, ni mucho menos, de fantasmas el lugar. Salvo el aleteo de alguna paloma que consiga meterse por la única tronera abierta al exterior (un pequeño resquicio por el que aquello exuda siglos de polvo y muerte) y que muere, inevitablemente, atrapada dentro del torreón. El párroco de La Encarnación, Daniel García Miranda, está convencido de que finalmente se dará un entierro digno a los restos de varias generaciones de motrileños «posiblemente en el cementerio nuevo que se construya» y que, con el traslado, se inicie la ansiada restauración y recuperación para la ciudad de su Torre de la Vela. En ella, y -según ha podido saber IDEAL- con todos los beneplácitos de la Curia granadina, podría ubicarse el tan ansiado museo religioso dedicado, especialmente, al Cardenal Belluga.
Varios candeleros y piezas de orfebrería regaladas a Motril por su hijo predilecto o incluso el famoso cáliz donado por un virrey a la ciudad (y que hoy 'descansa' en una caja fuerte en la capital y que desde los tiempos de la alcaldía de Juan Antonio Escribano Castilla se viene reivindicando para la ciudad a la que pertenece) podrían exponerse en las vitrinas de una sala cuya superficie no es superior a los 20 metros cuadrados, pero sobre cuyos muros aún se escucha el eco de las invasiones que alcanzaban el Motril de hace muchos siglos.
De esa opinión es Manuel Domínguez, para quien lo primero que se podía hacer con la torre seria vaciarla y restaurarla tanto interior como exteriormente, dejando exento de edificaciones todo su perímetro y «lógicamente recuperando el antiguo compás de la iglesia en el testero oeste, restaurando la antigua puerta, el gran arco que la defendía y los huecos por donde bajaban las cadenas de puente levadizo, un aljibe por el que se tomaba agua desde el interior de la iglesia en caso de asedio y el muro través que también defendía la entrada».
Una obra que Manuel Domínguez, en su época al frente de Cultura, no consiguió llevar a cabo, aunque si devolvió a Motril su conciencia histórica y el sueño de un lugar donde los siglos se habían parado, esperando una mano que los devuelva a las generaciones actuales.





