Hay algo de un beatífico dar de comer a las palomas en la estampa de anoche, aunque encantados todos de ir a picar a sus manos. Lo mejor que tiene un público no adolescente es que tiene muy claro lo que quiere: en este caso escuchar las canciones (sobre todo) de Dire Straits y el artista, que no lo ignora, se hace el remolón con su tranquilidad de nacimiento para ir enseñándolas de vez en cuando y graduar el tono del concierto.
Los que accedieron primero al albero se encontraron una imagen casi mística y publicitaria de la Fender Stratocaster, la roja, sola e iluminada en el centro del escenario como en un altar. Y eso que Knopfler las colecciona y tiene casi un centenar de guitarras, pero es ésa y no otra (bueno, casi sí: el dobro de 'Brothers in arms') la que representa a este artista en el inconsciente colectivo del público de dos generaciones, ya que desde los setenta hasta hoy padres e hijos lo han escuchado juntos.
Y allí estaban, en Atarfe, «a un precio asequible, porque ir y volver a Madrid, comer, cenar, quedarte a dormir y perder dos días sale mucho más caro que los sesenta euros que ha costado venir aquí», decía satisfecha Ángeles, que con su marido y su hijo mayor, Pedro, fue el año pasado a la capital de España para asistir al concierto que dio el escocés. «Yo soy más roquero, me gusta más el metal y el rock independiente, soy un loco de Lagartija Nick», comentaba su hijo de 20 años, «pero Knopfler es un clásico y esa forma de tocar la guitarra es única».
Sonido impecable
Con un sonido impecable (¿cabe imaginar algo distinto en un perfeccionista como Knopfler?), técnicamente puesto en manos de Tim Robim, el mismo ingeniero que hace sonar como los ángeles a Van Morrison o Eric Clapton, fueron llegando los primeros temas, los 'más suyos', como por ejemplo 'Cannibals', la juguetona melodía con la que comenzó la noche tras subir pausadamente (¿todo en este hombre lo es!) desde el camerino por una escalera de caracol que lo conectaba con el escenario. Al tema inaugural le siguieron 'Why aye man' (todo un homenaje al 'Maggies farm' dylaniano), 'What it is' y 'Sailing to Philadelphia', tres de sus números más llamativos en solitario, y 'True love will never fade', la pieza central del último trabajo, escasísima representación del nuevo álbum 'Kill to get crimson'. Vestido de calle en tonos oscuros, camiseta negra y otra camisa estampada sobre ella, Knopfler nunca fue la alegría de la huerta estéticamente.
En el primer tramo del concierto, tras 'Hill farmer blues', empezó en serio la fiesta al asomar la más pura esencia 'Straits' con 'Romeo and Juliet'; mano de santo, estruendo de aplausos, agua para el sediento sin trasvase ni barco cisterna ninguno; una melodía que asegura no cansarle y que levantó el ánimo del publico hasta la cubierta de la plaza de toros, contando con la satisfacción activa y cómplice del escocés que desde las cuerdas de su guitarra maneja el mando a distancia de las emociones del respetable.
En el escenario casi zen por su austeridad estaban también músicos como Guy Fletcher en los teclados y Danny Cummings en la batería, viejos amigos de la época de los 'Sultanes del swing', y elementos clave en el sonido exacto y sin la menor estridencia, recto, llano y previsible como la carretera que cruza de La Mancha, que escuchábamos; y en el que un tipo como el folclorista John McCusker también tuvo su momento de notoriedad en la versión campestre de 'The fish and the bird'.
Quizás la parte central de la actuación fuera la más autocomplaciente y horizontal, porque Mark Knopfler no es un tipo que se haya caracterizado por tener una gama infinita de posibilidades y no hay nada de nuevo en confirmar que corre el riesgo de ser un tanto redundante; así, cuando se relaja, la cosa funciona por inercia al borde del más de lo mismo, que viene a ser también más de lo de siempre. Un buen momento para ir a beber o a desbeber.
Y llegaron los sultanes
Pero cuando estás en la mitad de la cola es cuando aparece 'Sultans of swing', aquella canción que salió en 1978 (¿hace ya treinta años¿). Tras ese indeleble riff a pulso y ese estribillo perezosamente entonado con la nasalidad gangosa del viejo Dylan, ya nada volvió a ser igual en Atarfe: la gente se desentumeció, se levantó y el artista con su monacal sencillez escénica no necesitó de más focos para brillar por dentro como un Gusiluz, del swing obviamente.
'Brothers in arms' fue otro de los picos de su aseado concierto, ya lanzado, en el que cositas (¿menores?) como las más reconcentradas y personales 'Marbletown', 'Daddy's gone to knoxville' o 'Postcards from Paraguay' funcionaban como lechuga entre la col y col de 'Speedway at Nazareth' o 'Telegraph Road', cerca entonces del final.
A la hora de escribir está crónica, Knopfler estaba ya en plena apoteosis. Tenía previsto soltar en coso 'Our Shangri-la', 'So far Away' y el célebre 'Going home', de la película 'Local hero', pieza inflapechos con la que suele terminar este año sus actuaciones.







