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El profeta del futuro
Arthur C. Clarke, el fallecido autor de '2001: una odisea del espacio', exploró en su obra el contacto con extraterrestres y los beneficios del avance de la ciencia
20.03.08 -

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El profeta del futuro
NO sé dónde están físicamente en el mundo la mitad de mis amigos, y no me importa», decía hace ocho años Arthur C. Clarke. Dedicaba entonces varias horas diarias a mantener contacto por correo electrónico con amigos y colegas. Para ello y para escribir sus libros, tenía media docena de ordenadores en su casa de Colombo (Sri Lanka), donde murió el martes a los 90 años, a consecuencia de una crisis cardiorrespiratoria.

El padre de la ciencia ficción británica se había mudado al país asiático en 1956 atraído por la cultura india y el buceo: le apasionaba el submarinismo porque bajo el agua experimentaba lo más parecido a la ingravidez.

Clarke tuvo durante mucho tiempo la única antena parabólica de la antigua colonia británica. Recibía en ella las señales de televisión que enviaban unos ingenios cuya existencia había predicho doce años antes de que se lanzara el primero de ellos, el 'Sputnik'. Todavía no había debutado como profesional de la ciencia ficción cuando la revista 'Wireless World' publicó en octubre de 1945 su artículo 'Extra--terrestrial relays' (repetidores extraterrestres), en el que describía el funcionamiento de los satélites de telecomunicaciones puestos en órbita geoestacionaria, siempre sobre el mismo punto de la Tierra. «No creía que pudieran lanzarse satélites antes de fin de siglo. Así que ni se me ocurrió patentar la idea. Simplemente escribí el artículo, lo mandé y me pagaron por él 15 libras, que en 1945 era dinero», explicaba a 'The New York Times' en 1999.

Imaginación disciplinada

Arthur Charles Clarke nació en Minehead (Somerset, Inglaterra) el 16 de diciembre de 1917. Hijo de campesinos, pronto se aficionó a la astronomía y a la ciencia ficción a través de las revistas 'pulp' estadounidenses. Sirvió en la RAF como radarista durante la Segunda Guerra Mundial y, ya en tiempos de paz, se graduó en Matemáticas y Física. «Arthur se orienta fuertemente hacia la tecnología. Ha recibido una formación científica y su imaginación es disciplinada. Se pasea por el Universo, pero permanece encerrado dentro de los límites de las leyes naturales», escribió de él su colega Isaac Asimov en 1981.

Después de haber firmado varios relatos en 'fanzines' entre 1937 y 1945, dio el salto al profesionalismo de la mano de John W. Campbell, que en 1938 había descubierto a Asimov.

En su revista, 'Astounding', publicó Clarke el cuento 'Misión de rescate' en 1946. La consagración llegó con la quinta novela, 'El fin de la infancia' (1953), todavía hoy considerada indispensable para quien se inicie en el género. Cuenta la historia de un primer contacto entre los seres humanos y «una especie alienígena de apariencia demoniaca, pero de actitud benefactora, que traerá la utopía al planeta y aportará una nueva trascendencia a la especie humana», resume el crítico Miquel Barceló 'Ciencia ficción. Guía de lectura' (1990).

Clarke exploró en otras dos novelas posteriores el primer contacto -uno de los temas clásicos del género-, si bien evitó volver a retratar a los alienígenas. En '2001, una odisea espacial' (1968), los extraterrestres que tutelan el devenir humano sólo se muestran a través de uno de sus ingenios, el misterioso monolito. Clarke y Stanley Kubrick mantuvieron durante la redacción del guión de la película un encuentro con Carl Sagan para que les aconsejara sobre el aspecto que podrían tener los visitantes. «Sugerí entonces que cualquier representación explícita de un ser extraterrestre avanzado sin duda alguna mostraría, al menos, un elemento de falsedad y que la mejor solución sería sugerir a los seres extraterrestres en lugar de retratarlos 'sui generis'», explica Sagan en su libro 'La conexión cósmica' (1973). En 'Cita con Rama' (1973), Clarke sitúa el primer contacto en una nave espacial extraterrestre de cuyos creadores no hay ni rastro.

Ascensor al cielo

Como otros miembros de su generación, era un optimista tecnológico. Creía en las bondades de la ciencia y en un futuro esperanzador para un ser humano capaz de conquistar las estrellas. Sin embargo, su visión de la vida extraterrestre cambió con los años. Por lo menos, fuera de sus novelas. Así, en 1999 advertía de que no es posible que haya seres inteligente a menos de 50 años luz de nuestro planeta, ya que, si así fuera, habría habido tiempo suficiente para que les hubieran llegado nuestros programas de televisión y hubieran venido a poner fin a la emisión de basura. La del satélite de telecomunicaciones es su predicción más famosa, pero no la única.

La NASA estudia desde hace tiempo la posibilidad de construir un ascensor para poner en órbita carga y personas, tal como planteó en 'Las fuentes del paraíso' (1979). La base del elevador tendría que colocarse sobre el ecuador y la última parada, a 36.000 kilómetros de altura. «Lo bueno del ascensor espacial es que haría que los viajes costaran calderilla», decía Clarke hace ocho años. Lo malo es que está más allá de la capacidad tecnológica actual, por no hablar del coste.

Premiado

Al margen de la ciencia ficción -en la que ganó todos los premios posibles-, Clarke era escéptico respecto a las afirmaciones paranormales y muy crítico con las creencias religiosas. «Sospecho que la religión es un mal necesario en la infancia de nuestra especie... Hay muchas religiones diferentes, cada una convencida de poseer la verdad, cada una diciendo que sus verdades son claramente superiores a las de las otras. ¿Cómo puede alguien tomarse en serio una de ellas? Creo que es insano», sentenció en 1999 en la revista 'Free Inquiry'.
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