
Otra diferencia con las vendettas mafiosas: los protagonistas del incidente, el presunto verdugo y la víctima, eran menores de edad, apenas unos adolescentes. En lugar de limusinas y gabardinas mojadas en la oscuridad, en el escenario sólo había dos chavales y una bicicleta. Además, sucedió a plena luz del día en una localidad de la provincia de Granada.
Un muchacho con muy mala idea, según se desprende del relato de los hechos elaborado por la Fiscalía de Menores, se fija en varias bicicletas que están aparcadas frente a un edificio público. Escoge una al azar y le extrae los frenos de «ambas ruedas». El procedimiento que utiliza está basado en la maña, en la técnica, y no en la fuerza, así que el dueño de la 'bici' no debió observar nada extraño cuando la cogió -además, tampoco tenía ninguna razón para sospechar que iba a ser objeto de un sabotaje-.
Pendiente pronunciada
En un principio, el joven circuló por una zona llana y no cayó en la cuenta de que iba sin frenos, por la sencilla razón de que no tuvo que hacer uso de ellos.
Lo malo fue cuando enfiló una calle con una pendiente pronunciada. La bicicleta cogió una velocidad endiablada y el niño exprimió los frenos a fondo. Nada.
La descontrolada carrera acabó cuando el chico se estrelló contra una pared y se descalabró. Así de duro: el desenlace de la trastada fue sangriento. El choque fue tan violento que sufrió la fractura de la mandíbula, además de otras contusiones en el rostro. 45 días y siete puntos de sutura después, la víctima se recuperó de sus heridas.
El presunto saboteador está acusado de una falta de lesiones por imprudencia grave. Si es condenado, tendrá que dedicar cincuenta horas a un trabajo en beneficio de la comunidad.
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