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Una anécdota y dos ejemplos
24.01.08 -

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A cualquier anécdota se le puede sacar una conclusión ejemplarizante. Les voy a contar una que oí hace poco por boca del traumatólogo, y sin embargo amigo, Manolo Zabala, que por entonces, hace más de 30 años, era un recién licenciado en su especialidad.

Resulta que en Monachil murió un hombre muy querido en el pueblo y fueron un montón de conocidos y amigos a velarlo en su domicilio. Por aquellas fechas no había tanatorios ni nada parecido. Tanta gente se juntó en el piso (un primero) en el que vivía el muerto, que el suelo se hundió como el pasado lunes lo hizo el Ibex 35 (que todavía no sé qué coño es). Todos los que asistían al velorio (unos setenta) cayeron al local de abajo, una especie de almacén que servía de trastero a ocupantes del bloque. El follón que se lió fue tremendo. Algunas personas habían resultado heridas de gravedad y otras habían perdido el conocimiento. Tampoco en esa época existía el 061 y las pocas ambulancias eran insuficientes para trasladar a tanto herido. Los monachileños se movilizaron y los que tenían coche trasladaron a los accidentados al hospital de Traumatología, algunos de ellos, como digo, sin conocimiento. Los diligentes monachileños que ayudaban en evacuación, cogían para llevar al hospital todos los cuerpos que veían tirados en el suelo. En el servicio en el que trabajaba el joven Zabala, también el caos se adueñó de la situación. Los camilleros no daban abasto. Eran demasiadas las heridas que curar y los médicos iban de un lado para otro intentando reanimar a los accidentados. En un momento determinado, uno de los facultativos se dirigió a una camilla a atender a un hombre muy pálido que estaba tendido en ella. Después de examinarlo dijo:

-Este hombre no tiene pulso. Ha fallecido.

Al lado de esa camilla había otra ocupada por otro herido del accidente funerario de Monachil que esperaba que le pusieran una escayola en el brazo. Éste, al oír al médico decir que aquella persona que había auscultado estaba muerta, acercó su vista al paciente y dijo:

-Perdone doctor. Es que ese era el muerto al que estábamos velando.

-¿Y qué coño hace aquí el muerto? -preguntó el médico.

-No lo sé doctor. Lo que yo quisiera saber es a quién han metido en el ataúd porque cuando a mí me trajeron yo creo que había uno en él.

Los médicos llamaron a la policía local, que comprobó que, efectivamente, en la caja habían metido a una persona que cuando se produjo el hundimiento del piso se había desmayado del enorme susto.

Y ahora vienen las conclusiones. Primera, las casas son como la economía y la Bolsa, que si no tienen una buena base de ladrillos, se hunden. Y la segunda es que a la hora de confeccionar las listas para unas elecciones, a los partidos políticos les pasa como a los velatorios a los que acuden mucha gente, que en cualquier momento de confusión es fácil cambiar de muerto. Y si no que se lo digan a Gallardón y a Del Ojo.
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