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TRIBUNA
Un día de cólera
18.01.08 -

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HACE años, Truman Capote provocó un enorme revuelo en el mundillo literario cuando, en una entrevista, señaló que la novela 'En el camino', de Jack Kerouac, más que literatura, era únicamente mecanografía. Y me acordaba de aquella provocación mientras avanzaba, lenta y tortuosamente, entre las páginas de 'Un día de cólera'.

Si 'En el camino' le había parecido mecanografía, no quiero ni imaginar lo que el bueno de Truman hubiera opinado sobre la última, ¿novela?, de Arturo Pérez Reverte: ¿Morse? ¿Taquigrafía?

Lo que más me cabrea es haber caído otra vez, como un idiota, en la desmesurada campaña de marketing puesta al servicio de un producto paraliterario que, desde luego, no está a la altura de las expectativas creadas. Lee uno la verborrea de APR y sus entrevistas repletas de frases tan grandilocuentes como provocativas, se cree uno las críticas tan falsas como complacientes sobre su libro y sale corriendo a la librería para comprar 'Un día de cólera'. Abre sus páginas y empieza a leer una historia que arranca de forma interesante, cuando, al amanecer del día 2 de mayo, se masca la tragedia que está por venir.

Pero, después, la historia no levanta. Página tras página, 'Un día de cólera' no es sino una sucesión de nombres, apellidos y profesiones; una retahíla de armas blancas y de fuego y una prolija descripción de ropas y uniformes. Ni más ni menos. No hay tensión dramática, no hay argumento, no hay personajes que crezcan o evolucionen. Por mucho que APR sostenga que ha querido hacer un homenaje a las personas de a pie que protagonizaron los hechos del 2 de mayo, lo único que ha conseguido es parir un mamotreto que aburre hasta las ovejas.

Y yo creo que lo ha hecho a propósito. Hace unos meses, cuando presentaba otra de sus novelas, APR tuvo la osadía de decir que si mandaba a Alfaguara una guía telefónica firmada por él, Alfaguara la publicaría. Y eso es lo que parece haber hecho. Meterse en la Biblioteca Nacional, copiar los nombres y profesiones de cientos de personas, y ponerlas a recorrer Madrid, matando franceses.

Varias veces estuve tentado de abandonar la lectura de 'Un día de cólera', cuya mejor virtud es el título. Pero soy un empecinado y me gusta terminar los libros que leo. Para nada. Porque si las reflexiones finales resultan interesantes, las podía haber despachado en una de sus columnas o, en todo caso, en un reportaje para el Dominical.

Flaco favor nos hicieron los académicos de la lengua a los lectores, cuando ingresaron a APR en la docta Academia. Desde entonces, un escritor ameno y divertido que ya iba de sobrado, se lo ha terminado de creer. Y menudos pestiños nos está largando. Porque 'Un día de cólera', por muy bien documentada que esté, es una novela plúmbea y sosa que sólo proporciona al lector un puñado de horas de intenso aburrimiento.
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