El puente quedó sumergido en las aguas del pantano tras su primer llenado, en 1988 y emergió por primera vez en 1995, cuando aquella memorable sequía que obligó a aplazar un año la celebración del campeonato del mundo de esquí alpino.
Lo que resulta del todo sorprendente es que en 1925 los ingenieros de Obras Públicas se negaron a otorgar la licencia de funcionamiento al tranvía de Sierra Nevada porque pensaban que aquel puente, uno de los primeros construidos en España de hormigón y con una línea extraordinariamente atrevida para la época, no resistiría el paso del tranvía. Hoy, ochenta y cinco años después de su construcción y tras llevar casi veinte debajo de las aguas, el puente resiste como un testimonio vivo de aquella nostalgia.
Se ubica el puente a la salida de la estación del pueblo de Canales, hoy desaparecido, en el kilómetro 12,5 del trayecto del tranvía. Al salir de la estación, le vía cruzaba el canal de la Central Eléctrica de Pinos Genil, propiedad de la Compañía General de Electricidad, entraba en el túnel número 6, llamado de las Ciencajas, atravesaba el barranco del Blanquillo, con el puente del mismo nombre y ya en la margen derecha del río, se internaba en un nuevo túnel, llamado también del Blanquillo, para seguir su viaje a las alturas.
Constaba, y consta, el puente de un arco central de veintitrés metros de luz entre sus apoyos y cuatro tramos verticales de seis metros cada uno. Fue proyectado por el ingeniero Carlos Morales y construido hacia 1923. Pero cuando el ingeniero jefe de la demarcación de ferrocarriles, un tal Tomás Brioso, inspeccionó la obra antes de proceder a su legalización, no la autorizó hasta el que puente fuese reforzado. Así, cuando el 21 de febrero de 1925 se inauguró el tranvía de Sierra Nevada, en realidad no pudo pasar de Canales y la empresa propietaria tuvo que proceder a un notable ensanchamiento de la base del arco y a un macizamiento de sus pilares que no lo hicieron transitable hasta el verano de aquel mismo año.
Desde entonces y hasta el 19 de enero de 1974, casi cincuenta años, el tranvía llevó a la Sierra las ilusiones de varias generaciones de montañeros que encontraron en las cumbres el cansancio del cuerpo y en agrandamiento del espíritu.





