El cómputo de resultados no dejó lugar a las dudas. Jacob Zuma, de 65 años, la misma edad que Mbeki, barrió a su rival -«mi camarada, mi amigo y mi hermano», dijo en su discurso de aceptación-, sus seguidores coparon los puestos directivos del partido y también ganaron el control de la ejecutiva. Menos de una semana después, un fiscal, Mokotedi Mpshe, anunció que tiene suficientes pruebas para presentar cargos de corrupción contra Zuma, que habría aceptado sobornos multimillonarios para evitar que se investigase un enorme contrato de compra de armas a Thint, rama de la francesa Thales.
Zuma ya ha sido procesado por estos cargos. Su asesor financiero, Schabir Shaik, cumple una condena de cárcel después de que los tribunales le declarasen culpable de intentar sobornar a Zuma para detener la investigación. Pero, ¿logró Shaik lo que buscaba, la intervención de su amigo, entonces vicepresidente? La Autoridad Fiscal Nacional así lo creyó. El presidente Mbeki destituyó a Zuma, tras la condena de Shaik, y, en 2006, la Policía obtuvo órdenes de registro de su domicilio, del de su abogado y de la sede de Thint. Pero el proceso colapsó porque un juez creyó que las órdenes de registro eran excesivas.
No es la primera vez que el nuevo líder del CNA ,y casi seguro presidente tras las elecciones de 2009, tiene problemas con los tribunales. En 2005, fue absuelto de una acusación de violación de una mujer de 31 años, hija de un amigo suyo y también dirigente del CNA, que le visitó en su casa.
Durante el juicio, que se resolvió en favor de Zuma tras el testimonio de su propia hija, que estaba presente en la casa, y de otros hombres que habían sido acusados de violación por la misma mujer, el líder sudafricano permitió actos detestables y cometió al menos un error.
Sexo sin protección
Lo detestable fue que sus seguidores quemaran efigies de la mujer que le acusaba, creando una atmósfera de intimidación que la llevó a abandonar el país, junto a su madre, y a exiliarse en Holanda. Zuma manifestó en público que la víctima, que no ha sido identificada públicamente, no debía exiliarse. Y pidió disculpas por tener relaciones sexuales sin preservativo con una mujer que era activista pública como seropositiva, después de afirmar, bajo interrogatorio, que había tomado precauciones higiénicas, duchándose tras el coito. Eso es un grave error, aunque Zuma afirma que no se refería a la prevención del sida.
El virus destruye la estructura civil de Sudáfrica, el país del mundo con más número de seropositivos. Si Mbeki asoció el sida con la pobreza, si su ministro de Sanidad, Manto Tshabalala-Msimang, propugnó como antídoto una dieta de ajo, remolacha y aceite de oliva, la ducha de Zuma se percibió también como mortífera.
Sida y delincuencia
En su discurso de aceptación del liderazgo, Zuma cubrió sin embargo con énfasis las dos áreas en las que el acartonado, tecnocrático y autoritario Mbeki ha fracasado, el sida y la delincuencia, que se ha convertido en una plaga social que derrumba el optimismo que generó el fin del 'apartheid'.
Zuma es un líder popular y populista. Le apoyan los sindicatos y el Partido Comunista, la triple alianza de la 'revolución nacional democrática'. Pero, en su época de vicepresidente y en sus discursos tras su elección, ha mostrado el pragmatismo del político que sigue confiando en el libre mercado y la inversión extranjera.
Jefe de la rama militar, o terrorista, del CNA, en los tiempos del racismo blanco, encarcelado en Robben Island con Nelson Mandela, dio a su partido el bien más preciado en la nueva era, la pacificación de su tierra, KwaZulu-Natal, donde la contienda entre la guerrilla zulú de Inkhata y el CNA amenazaba con la guerra civil.
Desmiente las políticas etnicistas y ríe cuando se le recuerda que su padre le apodó 'Gedleyehlekisa', el que ríe y te pone en peligro. En sus apariciones públicas canta un himno guerrillero, cuya estrofa repetida se puede traducir como «tráeme mi metralleta». Y pide que vengan los juicios, porque todo es una conspiración política y él es inocente. El CNA se divide mientras el mundo de los negocios y la oposición liberal se alarman ante el ascenso de Jacob Zuma. De prosperar el caso por corrupción, el partido que domina de forma aplastante la democracia sudafricana podría descubrir al gran tapado del momento, el ex sindicalista y ahora empresario, Cyril Ramaphosa.








