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TRIBUNA
Extraterrestres Diez años de la 'Tertulia del Salón'
17.12.07 -

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USTEDES no pueden imaginar la cantidad de ellos que hay en Granada. No vayan a creer que tenemos la tez verdosa o antenita en el cenit de la coronilla. No. Desde aquel Gurb de Eduardo Mendoza, cualquier alumno de bachillerato debe saber que los extraterrestres adoptamos el aspecto de personas normales o que simple y llanamente, somos personas normales. ¿Personas normales? Normalidad también es mediocridad, estar hacia el centro de la campana de Gauss. En torno a esa campana, que nada tiene que ver con la de Huesca porque los extraterrestres somos pacíficos y buena gente, ronda todo el problema.

¿Hace falta hablar de normalidad? La extravagancia siempre ha sido mucho más interesante, ya nos avisó Tolstoi. Hablemos, así, de por qué somos extraterrestres los extraterrestres.

No contentos con reunirnos semanalmente para charlar de literatura y otros temas adyacentes, asunto ya de por sí bastante depravado, para colmo la mayoría escribimos (otros pintan o hacen cine, otras formas de ser excéntrico) y solemos leer. ¿Qué horror! Es evidente que en el aspecto podemos andar por los aledaños del centro de la campana, pero en las aficiones e ilusiones estamos claramente allí donde atiza el badajo.

Continuemos, con la profesionalidad de un antropólogo polinesio y si a ustedes no les fatiga, con los hábitos de estos extraterrestres que semanalmente nos vemos 'in vino veritas', aunque muchos de nosotros, por no decir todos, sólo bebemos agua y refrescos y quienes sí ingerimos otras pócimas lupulares o vitícolas, por prudencia, nos decantamos más hacia la veritas que hacia el vino, por el aquel que cantaba la chirigota gaditana de que si el civilón te pone el pipo, iii, iii, iii...

Bien, estábamos, entre tanto cerro ubetense, en el asunto de los hábitos. En cuanto a la temporalidad somos de costumbres fijas como ya se ha aclarado, pero en cuanto a localizaciones, alguna mala lengua nos ha llegado a tildar de 'itinerantes'. Los ambientes tabernarios que nos han acogido han oscilado desde las fotografías toreras o semanasantistas enmarcadas y colgadas en las paredes, pasando por el comedor digno-pero-sin-lujos, hasta el óleo con motivos arábigos y alhambristas cuyos floripondios y almocávares inspirarían la lira de románticos y modernistas, mas no de estos desgraciados inmigrantes extraterrestres a quienes sólo nos inspira nostalgia y sed, siempre ambas con moderación, claro está.

¿Qué hacemos en esos recintos estrafalarios, durante las noches blancas de días marcados en rojo en calendarios y agendas? Charlar (¿charlar de qué?, preguntaría un moderno, ¿charlar para qué?). Alguna vez nos pasamos primorosos trabajitos unos a otros para someterlos a la crítica severa y cariñosa de los colegas, nos noticiamos exposiciones, presentaciones de libros y demás actos de esa corrupción de la moral llamada cultura. En verdad somos raros. Extraterrestres, ¿qué se puede esperar?

Pero, y no por el aquel de que mal de muchos consuelo de los que te dije, sino para que queden ustedes avisados de que un fantasma recorre el mundo, hay y han habido otras tertulias semejantes a lo largo de la ancha Castilla y parte del extranjero.

Anna Ajmatova, excelsa poeta rusa fallecida bajo el yugo, escribió en un poema sobre aquellos cenáculos del Perro Vagabundo, asimismo taberna un tanto impresentable pero acogedora como útero, sita en la ciudad de San Petersburgo, «Sí, yo amaba aquellos encuentros nocturnos». Nosotros también los amamos. La tertulia del Perro Vagabundo fue cerrada por orden del gobierno del Zar, pero el siguiente gobierno, no sólo no la reabrió sino que fusiló a algunos de sus miembros y mandó a Siberia a otros. Nosotros, por suerte, no corremos semejante peligro. Sólo la del gesto extrañado de nuestros convencinos a causa de nuestras extravagantes prácticas, propias de seres chocantes y a contracorriente.

Ya en Granada hubo, hay y habrá otras tertulias con más extraterrestres raros dedicados a las más precarias aficiones y a los más peregrinos intereses. Las hay en todas partes, proliferan. Algunas duran tanto como ésta, otras caen cuando han de caer. Sin embargo, a otras las hacen caer a tiros o a desprecio. Tengamos confianza en que los terráqueos herederos de aquellos brontosaurios que asolaron el planeta (dicen que la contaminación producida por sus ventosidades generó tal efecto invernadero que todos, incluso los brontosaurios, perecieron porque, en lugar de cazar, multiplicarse o ramonear tranquilamente en los prados, se vieron obligados a taparse las narices con la garra delantera derecha) no vuelvan a las andadas, aunque los extraterrestres somos, en ese aspecto, bastante escépticos y pesimistas a pesar de haber decidido no ahorrar ningún esfuerzo para impedir a los reptiloides acabar con nosotros y con cualquier rastro de cultura o de buen gusto. No hace mucho, cierto venusiano (de quien ignoro si es venusiano por su procedencia o por la adoración que siente por Venus) me hablaba de una agrupación semejante allá en los helados humedales de la Alemania del norte a la que por nombre habían bautizado el Butacón. Decía que recibieron allí en distintas ocasiones a un total de cuatro premios Nobel de literatura. No es de tan altos vuelos nuestra tertulia del Salón (o del Pelín, o del Realejo, que de estas diferentes formas hemos decidido en llamarla para despiste de nuestros detractores) pero a los extraterrestres se nos juzga y conoce por nuestras obras, no por nuestros títulos, y aunque no salgamos tanto en los periódicos (evitando siempre la página de sucesos) como los premiadísimos y egregios publicados (que algunos ni eso somos, publicados) sí tenemos a gala el primor de nuestras labores, o al menos así lo intentamos, la vivacidad y diversión de nuestras pláticas y, sobre todo, el derroche de un bien escaso aunque muy renovable como es la amistad.
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