Sobrecoge el traqueteo que ha provocado la emoción en su discurso, que era firme y claro hasta el momento en que su mente viajó hasta el quirófano del Hospital Clínico, convertido aquel 21 de julio de 1970 en una morgue fría, desnuda, obscena...
Estremece porque Antonio Quitián es un hombre fuerte, acostumbrado a vivir en condiciones extremas, siempre a ras de suelo... al pie del cañón, de la carne de cañón, para ser precisos. En los pabellones paupérrimos de la Virgencica, el gueto creado a principios de los años 60 para dar cobijo a los habitantes del Sacromonte expulsados de allí por unas lluvias feroces, Antonio Quitián se fundió, ya para siempre, con las bases trabajadoras. Empezó a compaginar su labor evangelizadora con el oficio de encofrador... Cura y obrero, obrero y cura.
Las casas de la Virgencica tenían una superficie de 37 metros cuadrados y, aún así, sus habitantes lograban tabicar tres dormitorios, comedor y cocina. Lo que no consiguieron nunca fue ahuyentar el «asfixiante» calor del aguerrido verano granadino ni las gélidas temperaturas del acerado invierno.
Luego llegarían el Polígono o Pinos Puente, donde, a pesar de su avanzada edad, sigue, entre otras ocupaciones, trabajando con una treintena de presos.
No, Antonio Quitián no es de los que se asustan con facilidad. Cuando en 1975, las autoridades franquistas le dieron a elegir entre abonar una multa de 500.000 pesetas o ir a presidio por encerrarse en la Curia junto a los obreros, el religioso eligió la prisión. Y no sólo porque no tenía ni un duro: «Para mí la cárcel suponía un descanso».
Por eso impresiona el temblor de su voz cuando habla del paro de la construcción de 1970 y del dramático desenlace de la protesta: tres obreros muertos por disparos de la Policía. En los locales de su parroquia se mantuvieron numerosas reuniones preparatorias de aquel convenio.
Nada hacía presagiar un epílogo tan sangriento. Tras celebrar una asamblea en el viejo edificio sindical de la avenida de la Constitución -entonces llevaba el nombre de Calvo Sotelo-, los huelguistas descendieron por Severo Ochoa para animar a los albañiles que seguían trabajando a unirse a ellos. Allí estaba Antonio Quitián. Eran unas seis mil personas. La fuerza pública les escoltaba, pero no había tensión. «Incluso charlábamos con ellos amigablemente».
Tercer toque de corneta
Ese panorama cambiaría radicalmente poco después. La Policía avisa: los manifestantes deben disolverse al tercer toque de corneta. Antes de que eso ocurra, estalla la violencia. «Se escuchaban tiros, pero creíamos que eran de fogueo. Yo incluso llegue a calmar a una mujer que gritaba que estaban disparando balas de verdad», recuerda el sacerdote.
Antonio Quitián se equivocaba y, cuando comprobó que las cosas se habían puesto feas, corrió hacia el Hospital Clínico. Le dijeron que allí habían llegado varios obreros muy malheridos. La palabra 'muertos' saltaba ya de boca en boca. «Yo ya sabía que había, al menos, un fallecido». El cura, con la excusa de que quería ver al capellán del centro sanitario, logró superar el control policial que había blindado las puertas del Clínico.
Instantes después, estaba ante los cadáveres de dos jóvenes trabajadores. Habían entrado con un hilo de vida, pero los cirujanos no pudieron hacer nada por ellos.
La jornada terminaba con un aciago epílogo de tres féretros. La democracia aguardaba a la vuelta de la esquina, pero tres trabajadores que se sacrificaron por ella no la verían.
Antonio Quitián y otros como él sobrevivieron para contarlo.
carlosmoran@ideal.es








