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Hunter Thompson
El reportero salvaje
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Fue un escritor furioso y el chico malo del 'Nuevo Periodismo', un tipo duro y un enorme yonqui, un héroe contracultural y un 'cow-boy' machista, un tipo genial y un chiflado incontrolable.

En el cuerpo fibroso de Hunter S. Thompson cabían muchas personas. Eso parece tras leer 'Gonzo', una colección de testimonios sobre el heterodoxo periodista que acaba de aparecer en Estados Unidos. Jann Wenner, fundador de 'Rolling Stone', y Corey Seymour, asistente del escritor en los 90, se han entrevistado con gente que conoció bien al terrible Hunter. Todos coinciden en algo: estar junto a él era fascinante y peligroso como detenerse a sacar fotos mientras se acerca el huracán.

Para Corey Seymour, la respuesta más corta a las preguntas que le hacen sobre Hunter Thompson es simplemente 'sí'. Drogas, alcohol, trifulcas, destrozos, desvaríos: da igual de qué se trate. Él siempre lo hizo. Probablemente, lo hizo varias veces. Seymour le recuerda encerrado en un hotel, convenientemente disfrazado de sí mismo -pantalones cortos, camisa hawaiana, gafas de espejo y plastificada gorra de croupier- esnifando cocaína, bebiendo bourbon Wild Turkey y encargando cócteles de gambas mientras expiraba el plazo de un reportaje que ni siquiera había comenzado a escribir.

Adoraba las drogas, la bebida y las pistolas. Tras tomarse el primer güisqui del día, desayunaba frutas bañadas en ginebra. Mientras lo hacía, se fumaba un paquete de cigarrillos, utilizando siempre una boquilla dorada. Guardaba en su casa veinte armas de fuego y su idea de preparar un reportaje consistía en llenar un maletín de cocaína, éter, marihuana, ácidos y «pastillas multicolores para subir, para bajar, para chillar, para reír». El resultado eran unos textos desquiciados y ultratensos en los que el verdadero tema era siempre el propio Hunter: el periodista que se enfrentaba a la realidad con la cabeza borboteante de irrealidad.

Estilo violento

En 1970 comenzó a referirse a su trabajo como 'periodismo gonzo'. Ocurrió cuando, desesperado por no poder dar forma a un reportaje sobre el derby de Kentucky, arrancó unas páginas de su bloc de notas y se las envió a su editor. Lo hizo convencido de que era el final de su carrera, pero se equivocó: era el nacimiento de un género. A partir de entonces, su marca fue una implicación absoluta en las historias que contaba y un estilo desquiciado, violento e impresionista. Tenía una mirada punzante y una abrumadora capacidad para transformar el odio en una fiesta. Además era muy bueno acuñando eso que los anglosajones llaman 'one-liner', sentencias tajantes como portazos que, antes que una idea, encierran un estilo.

Miedo y asco

Sus mejores trabajos combinaron el riesgo físico y la extravagancia. Se jugó el pellejo con Los Ángeles del Infierno y, en un reportaje titulado 'Miedo y asco en la campaña presidencial de 1972', trazó un retrato letal de Nixon: «Alguien que puede estrecharte la mano y apuñalarte en la espalda simultáneamente». En 'Miedo y asco en Las Vegas' consiguió algunos de los mejores párrafos que se han escrito nunca sobre los años 60 en América.

El éxito le convirtió en uno de esos escritores de los que el público, antes que una buena página, demanda un buen escándalo. Hizo lo que se esperaba de él y, mediados los 80, ya no le quedaba una sola neurona en condiciones. Sobrevivió explotando con gracia su prosa alucinógena y su mala reputación.

En 1989 Terry Gillian llevó al cine 'Miedo y asco en Las Vegas', con Johnny Depp como protagonista. Hunter Thompson volvió entonces a estar de moda y aprovechó para correrse algunas juergas de propina. Publicó su última columna en febrero de 2005. En ella le explicaba al actor Bill Murray las excelencias de un deporte de su invención, el 'golf-escopeta', en el que los jugadores pueden disparar a las bolas de sus rivales.

El día 20 de ese mismo mes se pegó un tiro en la cabeza. No le sorprendió a nadie: los machos alfa que viven rodeados de armas nunca mueren de viejos. Tenía 67 años y dejó una nota titulada 'La liga de fútbol ha terminado'. El funeral fue costeado por Johnny Depp y se llevó a cabo según los deseos de Thompson. Sus cenizas fueron lanzadas desde una torre envueltas por una ráfaga de fuegos artificiales. De fondo sonaba 'Mr. Tambourine Man', su canción favorita.
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