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«¿Le han traído 'esposao'?»
El juicio al arzobispo de Granada sólo excitó a los medios de comunicación Las declaraciones de 'los Martínez' fueron densas, prolijas, tupidas, aburridas...
15.11.07 -

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LE han traído 'esposao'?», pregunta un ciudadano un tanto estrafalario al periodista en la misma puerta del Juzgado de lo Penal 5 de Granada, en La Caleta, un tribunal que preside el magistrado Miguel Ángel Torres -sí, el de la 'Malaya'- y en cuyo banquillo de los acusados se sienta, desde primera hora de la mañana, monseñor Francisco Javier Martínez.

-«¿A quién?», inquiere a su vez el cronista.

-«Al arzobispo».

-«No, hombre, la cosa no es para tanto».

-«¿Pero ha venido con el medallón?», insiste el curioso.

-«Llevaba un gran crucifijo a la altura del pecho, pero medallón... creo que no».

-«¿Iba vestido con la sotana?», prosigue con su interrogatorio el contribuyente en cuestión.

-«No, llevaba un 'cleryman', un traje de clérigo, vaya».

-«Ajá», se da finalmente por satisfecho el hombre.

Inmediatamente, toma la palabra un tipo bajito -recuerda a Danny DeVito- que asegura conocer bien al preguntón. «Soy abogado y es cliente mío desde hace más de un año... Tiene un montón de antecedentes. Y eso es lo malo. El gran problema de la Justicia son los prejuicios. Acabo de salir de defenderle. Le acusaban de haberse ido de un hotel sin pagar. Él ha dicho que se le olvidó, pero con tantos antecedentes... pues es difícil que le crean. Los prejuicios, ya digo», explica de un tirón el letrado sin que el periodista acierte a responder algo coherente.

-«¿O es que tú no te has ido nunca sin pagar de un bar? Le puede pasar a cualquiera», pregunta el picapleitos al cada vez más estupefacto informador.

-«Hombre, errar es humano», dice por decir algo el periodista, que a estas alturas de la conversación empieza a sospechar que está siendo víctima de una cámara oculta o algún otro juego por el estilo.

Pero no. No hay truco. El presunto y su abogado son reales.

Se busca japonesa

-«Mira, tú -dice el jurista a su cliente-, en este papel dice que buscan a Nagamura Atsuko, de Japón, por una falsedad. Le dan diez días para venir... lo tienen claro. ¿Hala, vámonos que tenemos que pasarnos por el 'seis' (juzgado)!».

El periodista, preso de una intensa sensación de alucine, observa el tablón de anuncios y comprueba que, efectivamente, la Justicia busca a la señora -o señorita- Nagamura, que, para más señas, nació en la ciudad nipona de Osaka.

Consciente de que ya no va a ocurrirle nada que pueda superar al episodio de la 'extraña pareja', el cronista está tentado de huir del inmueble judicial de La Caleta, en cuyo interior hace un calor enfermizo y narcotizante. Es lo que sucede con todos los edificios inteligentes: que son tontos e incómodos. Pero hay que ver en qué queda lo de monseñor y su acusador y tocayo, el cura Francisco Javier Martínez Medina.

Los interrogatorios

Han transcurrido dos o tres horas desde el inicio de la vista y los representantes de los medios de comunicación, que son los que se habían mostrado más excitados por el juicio contra monseñor, empiezan a notar los envites del tedio.

La expectación de primera hora de la mañana, con nube de fotógrafos y camarógrafos incluida, ha dejado paso a una calma chicha.

En el interior de la sala ya hay claros. Los interrogatorios de los dos Martínez -primero compareció el prelado y después, su acusador- están siendo prolijos, densos, tupidos, aburridos... No es fácil seguir el hilo. Demasiadas menciones a Cajasur o Roma, demasiadas disquisiciones sobre el arte sacro, demasiados dimes y diretes.

Veinte o treinta escalones más abajo, en la sala de vistas del Juzgado de lo Penal 4, no hay tantas enredaderas dialécticas y la expectación es 'cero patatero'. En los bancos destinados al público no hay nadie. Por faltar falta hasta el acusado -se pide para él una pena menor así que no es imprescindible su presencia: el arzobispo también podría haberse ausentado-. Su abogado admite sin problemas que su cliente, estando ebrio, estrelló su moto contra un turismo en la calle Poeta Manuel de Góngora. Para acabar de arreglarlo, forcejeó con los agentes de la Policía Local que acudieron a levantar un atestado de lo ocurrido. Los dos guardias confirman que el ausente, un tipo muy fornido -detallan-, llevaba un 'lobazo' de campeonato y que se resistió.

La juez -que curiosamente se apellida De la Torre- zanja el asunto con un par de firmas: el acusado es condenado por un delito contra la seguridad en el tráfico, desobediencia y algún cargo más.A esa velocidad y con los reos dando facilidades, la magistrada va a ventilarse media docena de juicios antes de comer.

Veinte o treinta escalones más arriba, la espesura. A las puertas del tribunal que dirige el juez Torres, nadie resiste ya.

Chismes y hechos

La expectación mediática se ha diluido... y la ciudadana brilló por su ausencia desde el principio: a diferencia de lo que ocurrió cuando el arzobispo declaró, no hubo fieles rezando en La Caleta: prefirieron orar en la Catedral.

Dentro de la sala de Torres, se siguen escuchando demasiados chismes -dicho sea con todos los respetos- y pocos hechos.

Veinte o treinta escalones más abajo, tres jóvenes ocupan el banquillo de la juez De La Torre por un supuesto delito de daños.

-«Vi cuatro plafones rotos», declara un guardia civil a preguntas de la magistrada.

He aquí un hecho: cuatro plafones rotos. Veinte o treinta escalones más arriba se echó de menos esa desnudez testimonial.

carlosmoran@ideal.es
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