En la sesión matutina del juicio, que se prolongó durante unas seis horas, Torres sólo dio un descanso de dos minutos medidos «para ir el servicio: uno para subir y otro para bajar», precisó con una sonrisa.
Animoso
Cuando se acercaban las tres de la tarde, el magistrado acordó decretar una pausa más extensa, más que nada, porque había que comer: «¿Nos vemos a las tres y media?», preguntó en un inexplicable tono animoso. Debió ver tal alarma en los rostros de las partes -fiscal, secretaria, abogados...- que quiso mostrarse generoso: «Vale, pues nos vemos a las cuatro». Media horilla más de tregua: todo un regalo.
Luego, la sesión vespertina no se alargaría demasiado: 'sólo' hasta las ocho y pico de la noche. Y, como el asunto no quedó visto para sentencia, el próximo miércoles, más.
Rápido en las réplicas
En resumen, que no exageraban en Málaga cuando resaltaban la capacidad de trabajo del togado granadino. Como no se modere, 'su gente' le monta una huelga... o se hacen millonarios con las horas extraordinarias.
Por ese lado no hubo sorpresas. Lo que sí llamó la atención a los observadores es su voz, que suena como la de un niño en el tránsito hacia la adolescencia. El hombre que ha mandado a la cárcel a millonarios que parecían intocables habla con un timbre juvenil la mar de chocante.
Miguel Ángel Torres es también muy ágil en sus réplicas. Un par de ejemplos: «Es que parece que me está acusando», dijo monseñor Martínez en referencia al otro Martínez. «Es que le está acusando», constató el magistrado.
«¿Puedo preguntar al abogado del arzobispo?», dijo Martínez Medina cuando era interrogado precisamente por dicho letrado.
«Pues no, no puede preguntar. Las preguntas las hace el abogado», dijo sin poder evitar una sonrisa. No fue la única que echó ayer.
El aviso pegado en la puerta de sala de vistas que anunciaba que, una vez empezado el juicio, no se podía entrar o salir, enseñó otro ángulo de Miguel Ángel Torres: parece que es un tanto tiquismiquis. Los humanos son imperfectos y, de cuando en cuando, tienen la necesidad de orinar. Al final se impuso la lógica y no hubo problemas por ese lado.
«Cuando estaba en Santa Fe no era así», decían unos abogados.
Cada cual que interprete como quiera el comentario. Eso sí, currar, curra.
carlosmoran@ideal.es








