
Aunque curan el alma, los psicólogos son de carne y hueso. Víctor Rodríguez Aguado, terapeuta de la Clínica Arabial, padeció ansiedad cuando era universitario. «En los 19, 20 y 21 años yo tenía determinadas fobias y, sobre todo, un problema de ansiedad e inestabilidad emocional. Lo pasé bastante mal, tenía mucha inseguridad», rememora. Decidió aplicarse las técnicas que estudiaba: «Fui mi primer paciente y me curé. Entré en la dinámica de descartar pensamientos que sabía que eran inciertos; de comprobar que lo que yo imaginaba no era verdad en la mayoría de casos. Me expuse poco a poco a situaciones que hasta entonces había evitado. Cambié mi forma de percibir y de enfrentarme a la realidad», explica este hombre que, a los 39 años, asegura con alegría haber «cambiado».
Barbará Montañés (29 años) acaba de descubrir tras un año de terapia que ha padecido una depresión. «Siempre he vivido con una sensación interior de malestar. Me acostumbré a ello, aunque no quería seguir así. Tenía muchas manías: hablar sola, pisar ciertos adoquines de la calle... Todo debido a una situación de opresión familiar. Desde pequeña me he sentido coartada». Esta opositora comenzó a sincerarse con su psicóloga hace dos meses. «He descubierto muchas cosas de mí. He aceptado algunos hechos y modificado y reconducido pensamientos. Mis manías y rarezas eran mi espacio de libertad». Hace unos días esta chica de palabra ágil experimentó un momento de «plena felicidad» con algo tan sencillo como cocinar en casa, tranquilamente, con música. «Hacía años que no me sentía así», agrega antes de espetar: «Es posible la superación».
A pesar de su clarividencia, Bárbara reconoce que le da vergüenza decir que va al psicólogo. «Muy poca gente lo sabe. Lo de la terapia está bien visto en las películas de Woody Allen, no en la realidad. Mis conocidos no lo entenderían porque aparentemente no tengo problemas. Además, no quiero dar tantas explicaciones de mi vida. Socialmente las personas con depresión no están muy aceptadas y parece que tener alguien así a tu lado es un marrón», concluye.
A Patricia Herrera (27 años) las crisis de ansiedad le enseñaron a controlar sus nervios y a pensar en positivo cuando el cuerpo y la mente le dan «señales de alarma». Hace unos seis años, esta educadora social sufrió durante meses ansiedad después de haber tenido una compañera de piso con quien la convivencia fue muy dura; un año académico malo y un ritmo de vida estresante.
«Angustia e irrealidad»
Entonces aparecieron aquellas sensaciones de «angustia, despersonificación, irrealidad, análisis continuo y exagerado de los pensamientos y fobias». Fue un día mientras fumaba marihuana. En los meses sucesivos se repitieron los episodios, aunque había dejado de fumar por miedo. «El primer ataque fue el peor. Luego me informé de lo que me pasaba y me tranquilicé, aunque me encontraba muy mal y por momentos creía que no iba a salir de aquello, que me iba a quedar en aquella especie de locura», narra esta joven que vive en las faldas de la Alhambra.
Patricia se puso en manos de una psicóloga. «Hablé del tema con mis amigos; desmitifiqué esta enfermedad que se pasa y se supera como otra cualquiera; aprendí a vivir con ella mientras me duró y vi cómo iba desapareciendo. Ahora sé que no es para tanto, pero creí que era lo peor de mi vida». No obstante, esta joven señala que aquello duró demasiado tiempo. «Si me ocurriera ahora también tomaría medicación».
Para el psicólogo Víctor Rodríguez Aguado, la depresión y la ansiedad son «necesarias para sanar emociones y adaptarnos al mundo». Si ese dolor emocional anula nuestra existencia y dura más «de dos o tres semanas» se transforma en una «enfermedad que debemos curar para que no se convierta en crónica».
Irene Muñoz (24 años) estudia Educación Física, es campeona de España de tenis de mesa y lleva tres años en terapia para quererse, valorarse y subir su autoestima. «Quiero superar problemas familiares de mi infancia, conflictos que llevo en mi interior desde pequeña», confiesa esta deportista que se ve con «fuerza». En estos últimos años, Irene ha pasado algunos meses algo deprimida. «Sin embargo, cuando estoy fatal digo que estoy estupenda, incluso le digo a Petra, mi psicóloga, que me dé el alta, que estoy bien». Según Irene, la gente no quiere dar a conocer a los demás su verdad y sus problemas. «Vamos de maravillosos y no queremos enfrentarnos a la realidad», añade. Para ella ha sido fundamental llevar a rajatabla su terapia, ser constante en su camino de mejoría, no mirar al pasado y no frecuentar lugares ni personas que le hagan mal. «Estoy decidida a ser feliz».
Antonio Morales no tiene reparo en contar su experiencia. «Sufrí un fuerte episodio de ansiedad con 23 años por problemas en el trabajo y con mi padre», relata este informático de 30 años que pensó que se «volvía loco; a veces no sabía ni quién era». «Hace dos meses salí de una depresión en la que caí tras morir mi hermano en un accidente de tráfico. Ya lo estoy superando, pero deseé morirme fulminantemente e incluso barajé la posibilidad de matarme. No quería pasar por aquello», asevera antes de reconocer que gracias al «amor y apoyo» de su mujer y a su psicóloga decidió «coger el toro por los cuernos. En el fondo siempre tuve claro que había una fuerza dentro de mí que me ayudaría a salir y disfrutar de la vida. Trataba de hacer aquello de lo que solía disfrutar antes de caer enfermo. Me obligaba a mí mismo a ir al psicólogo, a pasear, a comer fruta...», añade este joven. «Hablando con mi psicóloga me di cuenta de que muchas personas habían tenido ideas tan raras y agobiantes como yo. Lo malo es que casi nadie lo cuenta a sus amigos, a veces ni a su pareja, por miedo a que lo tomen por loco - apostilla-. Ahora, de nuevo, veo la luz».
Rosario Domínguez, 44 años, sufrió durante un año y medio un trastorno alimenticio -«me dio por no comer»- que le desembocó en depresión, ansiedad y estrés. Tenía motivos, aunque prefiere callarlos. «Lloraba, no tenía fuerza para nada, deseaba quedarme acostada y pensaba en morirme, e incluso suicidarme. Lo veía todo negro, aunque seguía trabajando», rememora. Hace cuatro meses que esta vigilante jurado dejó atrás el bache emocional. «No fui al psicólogo, quería superarlo sola, aunque si me volviera a ocurrir iría de inmediato. Ha sido fundamental que me comprendan y ayuden. Al principio hasta mi marido me decía que la 'depre' nos la habíamos inventado las mujeres. 'Estás tonta, plántale cara a los problemas' tuve que escuchar muchas veces», concluye.
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